Manifiesto del Ojo Eléctrico 

Llegamos a otro aniversario de Ojo Eléctrico en su casa Posdata y la nostalgia me gana la mano. El lugar donde cada semana un disco, un solo de guitarra o una canción vieja encuentran por fin a alguien que los escuche con calma.

octubre 31, 2026

Por Arturo Roti

Llegamos a otro aniversario de Ojo Eléctrico en su casa Posdata y la nostalgia me gana la mano. El lugar donde cada semana un disco, un solo de guitarra o una canción vieja encuentran por fin a alguien que los escuche con calma. Los aniversarios me ponen a contar los años en canciones, y esta vez quiero dejar por escrito en qué creo, qué he aprendido de la música y por qué sigo escribiendo sobre ella con el asombro del primer día.

Todo indica que la música ha acompañado a la humanidad a lo largo de los siglos, y que existía antes que las palabras. La voz y el golpe sobre un tronco ya sonaban en las primeras comunidades, tal como lo documentó con rigor científico “El Cavernícola”, aquel “documental” de Ringo Starr donde el baterista de The Beatles volvía a las cavernas a seguir dándole a los palos. Desde entonces la música no ha dejado de sonar en ninguna época ni cultura. Antes de que alguien supiera decir “te quiero”, alguien lo cantó. Dicen los médicos especialistas que cada uno de nosotros empieza la vida escuchando el latido de la madre desde adentro, ese es el primer compás que conocemos.

Creo que la música es el idioma que el ser humano inventó para las emociones que no caben en las conversaciones. Hay canciones de amor para el que ama y de desamor para el que perdió, para la felicidad que se baila y la tristeza que se llora a solas, para la rebeldía que se grita y el asombro que deja callado. Muchos de nosotros tenemos un tema para cada momento de la vida, y basta con que suene para que nos transporte: regresa el cuarto, el olor, la gente, el que éramos entonces. Una canción es una máquina del tiempo con las puertas abiertas.

En mi caso hubo canciones cuya letra jamás entendí y aun así me provocaron algo por dentro. El oído llega antes que el diccionario. La melodía, el timbre y el ritmo hablan directo al pecho, y quien alguna vez se estremeció con un coro en un idioma desconocido sabe que la emoción viaja sin traducción.

Creo también en la música como bandera. Cada generación encontró un sonido para decir “aquí estamos”: la guitarra distorsionada que le da voz a la rebeldía, el himno de protesta cantado a coro con el puño en alto, la playera con el logotipo de la banda que se porta como credencial. La música junta a los que se sentían solos y los vuelve tribu.

Yo traigo la música desde que nací. Se la debo a mi papá, Don Carlos, melómano y coleccionista de discos toda su vida. Mi casa era el centro de reunión de mis padres y sus amistades, y las noches se alargaban sin apuro. Mis hermanos y yo no acostumbramos a dormir bajo el arrullo de la Sonora Santanera, la Matancera y los tríos, y ya entrada la madrugada sonaba el rock and roll. Daba igual el día o la hora: en esa casa siempre había canciones, y el silencio era la rareza.

Agradezco toda esa educación musical a mis jefes que dejaron mi oído abierto. Mi pasión fue siempre el rock, y aun así en mi cabeza vive un archivo enorme de tríos, cantantes de los cincuenta, baladistas de los sesenta y setenta, pop, country y disco. Nunca me cerré a ningún género, con tres excepciones que confieso entre risas: el reguetón, los corridos tumbados y la banda. Cada quien con su oído, y el mío se formó en una casa donde cabía casi todo.

Hay temas que me traen recuerdos enormes y muy lindos. Otros que en su momento no me decían nada, el tiempo les fue dando su sentido. “Amor eterno”, de Juan Gabriel, ya no la puedo escuchar sin soltar el llanto, porque en cada compás aparece mi jefa. Las canciones esperan con paciencia el momento en que la vida les da la razón, y cuando llega nos desarman.

Por eso escribo. Detrás de cada columna del Ojo Eléctrico hay una canción que esperó su turno: una rolita, un solo de guitarra, un disco prestado, una banda que rechacé a los dieciséis y aprendí a quererla veinte o treinta años después. La música sigue sorprendiéndome. Hay días en que escucho algo nuevo y siento que me llena el alma, igual que aquel niño que se dormía entre los arrullos de “La Boa”

Creo, entonces, lo siguiente:

Que toda casa debería tener algo sonando.

Que el mejor género es el que te sacude, lleve la etiqueta que lleve.

Que una canción sigue viva en quien la escuchó, aunque el disco ya haya terminado.

Que se puede llorar con una canción que antes no decía nada.

Que escuchar con atención es una forma de cariño.

Que la curiosidad mantiene joven al oído.

Gracias a Posdata por la casa, y a los lectores por pasar a escuchar. Afuera ya es de noche y, en algún cuarto, bajito, empieza otra canción.

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