Archivo expiatorio

La investigación es lo que da sentido a los archivos. Y la primera investigación necesaria es de quien los acumula o define de origen.

febrero 6, 2026

Por Eduardo Ramírez

El tipo de memoria que produce la cultura no es tanto una de archivo (una memoria de disco duro); sino más bien, y sobre todo, una memoria de proceso, de interconexión activa y productiva de los datos (y de interconexión también de las máquinas entre las que ellos se encuentran distribuidos, en red); una memoria de programa y procesamiento (la memoria del procesador, RAM) y no más una de archivo, una memoria red y no más una memoria documento; una memoria constelación, fábrica, y no una memoria consigna, almacén.

José Luis Brea

29/07/25. Vivo y me muevo cotidianamente entre cajas llenas de papeles, revistas y manuscritos acumulados.

En ese cambiar de casas por la ciudad y de canales frente a la televisión, un día doy con el programa Acumuladores compulsivos en A&E. Me impacta ver cómo algunas personas desarrollan ciertos apegos que las llevan a condiciones que vuelven casi imposible vivir dentro de su propia casa y de su cuarto.

Al mismo tiempo me identifiqué y me era incomprensible esa indistinción en el apego. Cualquiera puede decir que es irracional andar cargando con tantas cajas y papeles a lo largo de tantas ciudades y casas como yo lo hago. Al mismo tiempo no llego a comprender cómo –alguien que veo en esa serie–, se niega a tirar un peluche sucio y aplastado que rescataron del fondo de un montón (o de un periódico de hace años) solo porque le recuerda un momento de su vida y al tirarlo siente que pierde ese momento.   

Durante dos años, cuando estudiaba la maestría en periodismo, tenía que revisar tres periódicos locales y cuatro nacionales. Cada día, después de leerlos, los dejaba en el suelo. En los dos años del posgrado se formaron, de piso a techo, dos columnas de periódicos que me llevó una semana acarrear a la calle para tirar a la basura.

Fácilmente puedo identificarme con el particular orden que da sentido a mi biblioteca, con la cantidad de cuadernos y textos que guardo porque de algún modo en ellos me vierto y convierto.

Me es difícil identificarme con esas cajas que, a lo largo de decenas de mudanzas, llevo años sin abrir y que dentro, además de polvo ya no sé ni lo que guardan. ¿Esas cajas, cada uno de los documentos que contienen, conforman en sí mismos un archivo?

Hace poco, buscando una publicación en particular, las abrí. Aproveché para poner un poco de orden en ellas. Siguiendo esa energía, la semana siguiente emprendí la misma labor en los papeles que guardo sobre una publicación que edité durante siete años. Descubrí que guardar en folders los apuntes y la burocracia que surgía durante ese proceso no conforma un archivo.

Lo que hace un archivo es el orden y el sentido.

El orden da claridad y propone una lectura. Ese montón de papeles acumulados, si se fechan y se les asignan categorías, se convierte en información al someterse a una clasificación.

Pero eso no basta. A esos papeles es necesario proveerlos de una narrativa que le dé sentido. De ese modo, la correspondencia y papelería de una persona común puede generar historias sobre las formas de ser de una época, la intimidad de género, las implicaciones temporales inmersas en el formato de las cartas. Una narrativa visibiliza y activa una memoria colectiva.    

Algunas instituciones culturales están adoptando la tendencia de promover la donación de archivos. Pero poco se acompaña esta petición de un programa de investigación. La investigación es lo que da sentido a los archivos. Y la primera investigación necesaria es de quien los acumula o define de origen.

¿Quién soy? ¿Quiénes somos?

¿Este mundo de consumo y deshecho inmediato nos lleva a la ansiedad de buscar algo donde podamos encallar nuestra triste experiencia?

¿El obsesivo presentismo por el que registramos cada comida, estado de ánimo, paisaje, selfie, hace que a la semana tengamos en nuestro smartphone y en nuestras redes miles de fotos y huellas de nuestra experiencia?, ¿nos hace pensar que tenemos un archivo memorable de nuestra experiencia o nuestro tiempo?

¿Este presentismo provoca una nostalgia apresurada del pasado y esta nostalgia se convierte en una estética que a cualquier papel amarillo metido en un folder le llama archivo?

¿La misma pulsión por acumular información es el origen de la destrucción de cualquier archivo, es la que convierte cualquier dato, en vez de documento, en un basural inexpugnable?

La melancolía del instante plantea una confusión entre la memoria y un olvido producido casi industrialmente.

¿La tendencia de las redes nos vuelve a todos acumuladores compulsivos, se convierte en nuestro propio alzheimer de polvo, en un montón de datos que solo aprovecha y capitaliza el algoritmo?

¿Perdemos más acumulando obsesivamente o deshaciéndonos de nuestra historia –o la historia colectiva–, por falta de espacio y valorarlo, de poder entender en qué narrativa colectiva puede cobrar sentido? 

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.


Foto: fish socks | pexels.

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