Por Arturo Roti
Voy a decirlo sin rodeos: no me gusta Bad Bunny. No conecto con su música, no me seducen sus letras y sigo pensando que buena parte de lo que ha logrado responde más a una maquinaria de marketing perfectamente aceitada que a una genialidad musical incuestionable. Muchas de sus canciones me incomodan, no por provocadoras, sino por explícitas, misóginas y poco sutiles. Y no, no hablo desde un pedestal moral. Crecí escuchando rock lleno de excesos, abusos, violencia y letras que hoy serían impresentables. Ídolos que rompían habitaciones de hotel, destruían personas a su paso y aun así fueron canonizados. Lo sé. Lo viví. Lo sigo escuchando. Justo ahí está el punto incómodo.
Al rock se le perdona todo porque ya es “clásico”. A sus excesos se les llama contexto histórico, rebeldía juvenil, “eran otros tiempos”. Al reguetón —y a Benito Antonio Martínez Ocasio en particular— se le exige ser pedagógico, ejemplar y políticamente correcto al mismo tiempo. Esa doble vara dice más de nosotros que de él. Aun así, nada de eso explica del todo lo que pasó este domingo en el Super Bowl LX.
Esto no iba de música. Iba de presencia. El medio tiempo de Bad Bunny musicalmente se me hizo bah, salvo la actuación de Lady Gaga cantando salsa. En fin, no salí tarareando nada ni sintiendo que había presenciado un momento histórico en términos musicales, repito, en términos musicales. Pero me obligó a mirar otra cosa: el discurso cultural. No el político de consigna fácil, sino el que incomoda precisamente porque no pide permiso. Un medio tiempo completamente en español, en el evento televisivo más visto del planeta, no es una casualidad ni una provocación barata. Es una declaración. Y no vino envuelta en sermón, sino en fiesta: bodas eternas, salsa sonando, familias completas ocupando la pista, generaciones conviviendo sin explicaciones. Y ese niño dormido en medio del ruido, una imagen mínima y brutalmente reconocible que decía más que cualquier discurso. Eso no era escenografía. Era vida latina sin traducción.
Se habló mucho de letras, de baile, de moral. Pero seamos honestos: lo que realmente molestó fue el idioma. Que millones entendieran sin subtítulos. Que otros millones no entendieran nada y aun así el mundo siguiera girando. Que el español no apareciera como accesorio exótico, sino como centro del relato. Por eso el enojo fue tan visceral. No por misoginia —esa lleva décadas normalizada— sino porque el espejo esta vez no devolvió una imagen cómoda. De pronto, Estados Unidos se vio a sí mismo como lo que ya es: un país atravesado por lo latino.
Y entonces, como era de esperarse, ladró el perro naranjoso desde el lugar habitual. El viejo animal del enojo reaccionó como sabe hacerlo: calificó el show como uno de los peores de la historia, dijo que nadie entendía una palabra y que aquello no representaba los “valores estadounidenses”. Nada nuevo. El mismo libreto, el mismo tono, el mismo miedo. Pero su reacción fue reveladora. No estaba criticando un espectáculo. Estaba reaccionando a una pérdida de control simbólico, a que el evento más visto del país no le hablara a él, no le guiñara el ojo ni le pidiera permiso, a que el relato avanzara sin consultarlo. Porque si algo incomoda profundamente a ese personaje —y a lo que representa— no es la vulgaridad, ni la misoginia, ni el exceso. Eso lo ha tolerado siempre. Lo que no soporta es no ser el centro del relato.
Su enojo no fue moral, fue territorial. Habló de tradición, de grandeza, de estándares, palabras huecas que, traducidas, significan lo mismo de siempre: esto ya no es solo nuestro. El problema no fue el baile ni las letras, sino que el medio tiempo no le habló en su idioma ni desde su imaginario. Y cuando un presidente se siente personalmente ofendido por un espectáculo musical, no estamos frente a una crítica cultural, sino frente al pánico de quien ve cómo el país que cree poseer ya no se parece al que imaginó.
Decir que Bad Bunny politizó el Super Bowl es una ilusión. El Super Bowl siempre ha sido político. Lo fue cuando Beyoncé en su actuación incluyó referencias a los Black Panther, el año pasado cuando Kendrick Lamar arrancó con la frase “La revolución está a punto de ser televisada; elegiste el momento correcto, pero al tipo equivocado», lo que se interpretó como un comentario político directo en un contexto de división en Estados Unidos, o cuando U2 convirtió el escenario en un memorial. Esta vez el discurso llegó con ritmo, idioma y cotidianidad. Y eso, para muchos, resultó más peligroso que cualquier protesta frontal, porque una protesta se desacredita, pero una cultura viva no se puede apagar.
Quizá lo que más incomoda de todo esto es aceptar que el centro del relato cultural ya no es fijo ni intocable. Que hoy lo ocupan otros lenguajes, otros ritmos, otras narrativas que no piden validación. No son mejores ni peores, son distintas, y eso cuesta aceptarlo. Yo crecí viendo medios tiempos que buscaban “hacer historia” desde la solemnidad o la majestuosidad. Este no buscó eso. Buscó representar. Fue desordenado, ruidoso, contradictorio, incómodo para muchos. Como toda cultura viva.
Mientras desde la rabia se escupían insultos y nostalgias mal digeridas, el cierre del espectáculo decía otra cosa: “The only thing more powerful than hate is love”. No es una frase brillante ni profunda ni revolucionaria, pero frente a alguien que ha construido una carrera política basada en dividir, excluir y gritar, funcionó como contraste brutal. De un lado, la furia territorial. Del otro, una fiesta imperfecta y ruidosa, pero viva. Y aunque no me guste su música, aunque no sea fan y no lo tenga en mi playlist, una cosa quedó clara: el problema nunca fue Bad Bunny. El problema fue el espejo.


