Por Arturo Roti
No soy fan de BTS, no los seguí en su ascenso, no formaron parte de mi educación musical ni ocupan un lugar emocional en mi memoria sonora. Mi relación con ellos ha sido siempre la del observador externo: cifras que rompen récords, multitudes imposibles, titulares globales, un fenómeno que aparece una y otra vez aunque uno no lo esté buscando.
Justamente por eso, su regreso en 2026 me resulta imposible de ignorar. No por la música —que, para bien o para mal, pertenece a otro territorio estético—, sino por todo lo que ocurre alrededor. Porque cuando un grupo logra movilizar no solo a fans, sino a instituciones, empresas y autoridades, el asunto deja de ser musical y se convierte en fenómeno cultural.
Una pausa que no encaja en el molde pop
En la industria del entretenimiento, la ausencia suele ser letal. El pop castiga el silencio y glorifica la inmediatez. BTS hizo lo contrario: se detuvo en el punto más alto de su carrera como grupo para cumplir con una obligación externa —el servicio militar obligatorio en Corea del Sur— y anunció, con claridad poco habitual, que volvería.
Desde fuera, eso parecía una apuesta riesgosa. Cuatro años sin gira grupal, sin disco conjunto, sin el engranaje completo funcionando. En otros casos, eso habría significado desgaste, olvido o fractura. Aquí ocurrió algo distinto: la pausa se volvió parte del relato. BTS no desapareció. Se fragmentó sin romperse. Y su público aceptó ese acuerdo.
La espera como experiencia compartida
Para entender el regreso hay que observar menos al escenario y más a las gradas. ARMY —el fandom— no se comportó como un público impaciente. No exigió resultados inmediatos ni sustituciones simbólicas. Acompañó carreras solistas, sostuvo la memoria del grupo y organizó la espera como quien cuida algo que no quiere perder.
Eso, visto desde fuera, ya es inusual. La cultura pop está llena de fans fervorosos, pero pocos fandoms entienden la espera como un proceso activo. ARMY lo hizo. Traducciones colectivas, archivo constante, presencia digital organizada. El grupo estaba ausente; la comunidad no. Por eso el regreso no se vive como sorpresa, sino como cumplimiento.
Un regreso adulto
Hay otro detalle que rompe el molde: este no es un regreso juvenil. BTS vuelve después de atravesar una experiencia que los iguala a millones de hombres en su país. Vuelven con otra edad, otro peso simbólico. Y su público también cambió.
Desde fuera, se percibe claramente: no hay solo gritos, hay alivio. No hay solo euforia, hay orgullo. El regreso no es gritado, es respirado. Como si algo pendiente, por fin, se cerrara.
Cuando el fandom deja de ser de utilería
Todo esto podría quedarse en análisis emocional si no fuera por lo que ocurrió después. Porque el verdadero punto de quiebre no estuvo en el anuncio del tour, sino en lo que pasó con la venta de boletos.
Frente a prácticas opacas de Ticketmaster y Ocesa —precios no publicados, mapas confusos, preventas fallidas, reventa anticipada— ARMY hizo algo que la industria no espera de un fandom: actuó como colectivo ciudadano.
No fue berrinche digital. Fue organización. Quejas formales, correos masivos, solicitudes documentadas. Marchas pacíficas. El tema escaló hasta Profeco, que intervino y exigió transparencia. Llegó incluso a mencionarse en la conferencia presidencial matutina.
Un fandom obligando a empresas transnacionales a dar explicaciones públicas.
Eso no es común. Y no es casual.
El activismo como clímax cultural
Aquí es donde el fenómeno se vuelve realmente interesante. El ARMY no solo defendía su derecho a comprar boletos; defendía condiciones justas. Transparencia previa, combate a la reventa, claridad en la distribución. Demandas que benefician a cualquier asistente a conciertos, no solo a fans de BTS.
Desde fuera, el mensaje es claro: este fandom aprendió a moverse. A usar las herramientas del sistema para presionarlo. A no confundir pasión con docilidad.
Lo que incomoda a la industria
La industria del entretenimiento prefiere públicos ruidosos pero desorganizados. Sí, nosotros los metaleros, los rockeros de festival, los que gritamos, compramos, levantamos el puño y luego nos vamos a casa convencidos de haber resistido algo. Fans intensos, pero previsibles. Públicos que aceptan filas eternas, cargos ambiguos, precios inflados y monopolios normalizados como parte del ritual.
BTS, sin proponérselo directamente, ha sido catalizador de algo distinto: una comunidad que entiende procesos, derechos y presión colectiva; que no solo reacciona, sino que actúa. Que no confunde pasión con docilidad.
Eso incomoda. Porque rompe la asimetría tradicional entre empresa y consumidor. Porque muestra que el entusiasmo no está peleado con la exigencia.

Intentar entender, aunque no sea mi música
No hace falta ser fan de BTS para reconocer lo que ocurre. Basta mirar con atención. El regreso de 2026 no solo trae canciones nuevas y estadios llenos; trae de vuelta a una comunidad que aprendió a esperar, a organizarse y a exigir.
Desde fuera, uno puede no compartir la devoción ni la estética. Pero sí reconocer el impacto. Porque cuando un fandom logra sentarse —aunque sea momentáneamente— frente a empresas, autoridades y medios, deja de ser sólo un público. Se convierte en actor cultural. Y eso, en tiempos de consumo rápido y memoria corta, es quizá lo más disruptivo de todo este regreso.


