Por Arturo Roti
La música no es un pasatiempo trivial ni un simple fondo sonoro para la vida diaria. Es disfrute, claro, pero también es memoria, advertencia y espejo. La usamos para bailar, para enamorarnos, para recordar lo que fuimos; pero también para señalar lo que duele, lo que incomoda y lo que muchos prefieren no ver. Desde siempre, la música ha sido la voz del pueblo cuando otras voces se apagan. Por eso no podemos ser indiferentes —ni hacer de la vista gorda— frente a los acontecimientos que atraviesan a una sociedad, especialmente cuando la violencia se normaliza y los nombres comienzan a desaparecer detrás de siglas, discursos y versiones oficiales.
Eso es lo que Bruce Springsteen enfrenta de manera frontal en «Streets of Minneapolis», una canción publicada el 28 de enero, cuando los hechos aún estaban frescos y la herida seguía abierta. No es una reflexión tardía ni una pieza escrita con distancia: es una reacción inmediata, casi instintiva, frente a una realidad que todavía no termina de asentarse. Escrita y grabada en cuestión de días tras las muertes de Alex Pretti y Renee Good durante operativos de agentes de ICE, la canción no pretende analizar a distancia, sino responder desde la conciencia. No busca consenso ni suaviza el mensaje. Es un gesto claro: no callar.
Desde el título, Springsteen dialoga con su propia historia. Las «calles» han sido siempre un territorio moral en su obra: lugares donde se revelan las grietas del sueño americano. Pero si «Streets of Philadelphia» era una elegía íntima y silenciosa, Minneapolis es todo lo contrario. Aquí no hay contemplación, hay tensión. Las calles no son un paisaje emocional, son un escenario donde el Estado y el ciudadano chocan de frente.
La letra avanza como una caminata nocturna. Hay nieve, patrullas, sirenas y cuerpos que no regresan a casa. La nieve —símbolo de silencio, de pureza— se convierte en una metáfora incómoda: intenta cubrirlo todo, pero también delata cada huella. Nada desaparece del todo. La calle recuerda incluso cuando el poder intenta limpiar la escena.

Uno de los actos más contundentes de la canción es nombrar a los muertos. Alex Pretti y Renee Good no aparecen como recurso lírico, sino como afirmación humana. En un contexto donde las víctimas se reducen a cifras o «daños colaterales», decir sus nombres es un acto político. Springsteen entiende que el olvido es una forma de violencia y que la memoria, cuando se canta, se vuelve resistencia.
Cuando la letra señala directamente al «ejército privado» y apunta a ICE y al aparato federal de seguridad, la ambigüedad desaparece. Aquí no hay metáforas abiertas ni interpretaciones cómodas. El lenguaje es directo porque la situación lo es. Streets of Minneapolis no busca agradar; busca incomodar. No invita a reflexionar desde lejos, obliga a mirar.
El coro —con el grito colectivo de «ICE out now»— no funciona como consigna vacía, sino como eco de la calle. Springsteen no se coloca por encima del conflicto: se mezcla con él. La canción no habla por la gente, amplifica una voz que ya existe, una rabia que ya está ahí.
Musicalmente, el tema acompaña esa intención. Comienza desnudo, casi frágil, como quien duda antes de decir algo que sabe necesario. Conforme avanza, los arreglos crecen sin excesos. La armónica no embellece, lamenta. Los coros no celebran, acompañan. Todo suena a vigilia, a noche larga, a espera sin justicia.
Es inevitable vincular esta canción con otros momentos de protesta en la obra de Springsteen, como «American Skin (41 Shots)». Pero aquí hay algo distinto: la inmediatez. No es una reflexión escrita con distancia histórica; es una reacción ética. Un recordatorio de que el silencio también toma partido.
«Streets of Minneapolis» no promete cambios ni ofrece redención. Su fuerza está en negarse a normalizar la violencia, en insistir en la memoria cuando el sistema apuesta por el cansancio. Nos recuerda que la música no solo acompaña épocas: también las señala, las incomoda y las deja registradas.
Tal vez la música no pueda cambiar el mundo, pero mientras alguien cante sus nombres en medio del ruido, habrá calles —y conciencias— que se nieguen a quedarse en silencio.



