Por Raúl Quintanilla Alvarado
El cine es un misterio sólo porque la vida misma es uno. No es un secreto para los iniciados, pero tampoco es un algoritmo que pueda ser deducido. Parecido a como Roger Penrose describe la conciencia, es el resultado de procesos cuánticos que escapan a la computación clásica. Sin embargo, los humanos podemos percibir la verdad en el cine aun cuando esté repleto de hoyos narrativos, aun cuando no se sostiene ante la mente inquisitiva de Gödel. El cine no es ciencia ni filosofía.
Y si hablo de la verdad no me refiero a esa papa caliente que se trafica en la política y los medios. No se trata de mi verdad por encima de los hechos, se trata de una revelación. No una revelación entera que se pueda sostener a sí misma, sino como la punta de un iceberg que nos permite imaginar un mundo entero. Werner Herzog encontró en una leyenda persa la mejor definición de la verdad, con ella abre su nuevo libro El futuro de la verdad, aunque nada quita que quizás haya inventado él mismo la leyenda: “Dios tenía un gran espejo y cuando miraba en él veía la verdad. Un día Dios dejó caer el espejo y éste se quebró en mil pedazos. Los hombres pelearon para obtener una pieza para ellos mismos. Cada uno miró en su fragmento y se vio a sí mismo, y cada uno pensó ver en él la verdad.”
La verdad es entonces un misterio, es una revelación para ojos bien cerrados. Está ahí a tu lado mientras no vuelvas tu mirada a ella y, como Eurídice, desaparezca. Mientras no voltees, la verdad puede ser onda o partícula, ficción o realidad. Así, para un niño que no sabe de dónde provienen las imágenes, cree en el cine y cree en los sueños. Todos seguimos siendo niños, seguimos en la caverna. La realidad última no se nos ha sido revelada.
La realidad es banal porque es común a todos. Una imagen puede ser común a todos, pero nunca la experiencia, esa no se presta a transcripciones, así como el sabor del chocolate tampoco. Una imagen cinematográfica puede ser ceros y unos, puede ser químicos emulsionados, pero la experiencia de una película, cuando cruzamos el umbral, es tan sublime y misteriosa como la desaparición de las colegialas en Picnic at Hanging Rock o la música de Zamfir que acompaña esas imágenes.
El misterio abunda en el cine si lo buscamos y lo imaginamos. Son menos las películas que han sido diseñadas para evocarlo. En Vértigo lo hallamos no sólo en la historia que sabemos es un fraude orquestado para confundir al protagonista, sino en el halo que ilumina el rostro de Kim Novak cuando Jimmie Stewart la ve por primera vez, así como en el bosque de secoyas y en las calles de San Francisco. Podemos apreciar el misterio cuando el viento sopla salvajemente en The Red House de Delmer Daves. Eso nos recuerda al lamento de D.W. Griffith al final de su vida cuando se le preguntó sobre el cine moderno y contestó que “lo que le falta es la belleza del viento meciendo los árboles”. Todo el cine de David Lynch está colmado de misterio, hasta las escenas más cotidianas como alguien barriendo o un señor paseando a su perro, sabe transformarlas en enigma. El cine moderno tiene sus directores que saben evocar secretos, Burning de Lee Chang-dong crea un misterio que se multiplica en cada escena y que se rehusa a resolver. Apichatpong Weerasethakul de Tailandia sumerge sus películas en la lógica de los sueños.
Quizás el misterio del cine pase desapercibido para los distraídos. Quizás sí necesite de un ritual para iniciar a sus adeptos. Habría que retomar los Misterios Eleusinos y prometer con una ceremonia secreta la vida eterna, quizá si se practica a una edad más impresionable no sea necesario recurrir a alucinógenos, los mitos serán suficientes. Para aquellos de mente escéptica habría que convencerlos con metáforas, se les explicaría cómo el cine preserva su imagen y semejanza. A los tecnófilos habría que prometerles una nueva manera de capturar su persona y subirla a la nube. El resto, la mayoría, estamos listos para creer en algo más grande que nosotros.
Un misterio es siempre más grande de lo que primero aparenta. Quien se adentra en él no conoce el fondo. Si uno se acostumbra al vértigo que provoca, podría hallar en él una verdad, un vacío firme y estable. Quien cierra los ojos a la duda y se abre al Cine, podría llegar a atisbar la Verdad, no un reflejo de uno mismo, sino de algo más grande. Sobra decir que no es necesaria una pantalla para ver el Cine, está siempre presente y nos rodea.


