Millennial le grita a la nube

El estilo aforístico de Byung-Chul Han en No-cosas: Quiebras del mundo de hoy resulta en un libro lleno de afirmaciones, muchas de las cuales el filósofo no se molesta en fundamentar, y que, a primera vista, pareciera ser un punto débil.

enero 26, 2026

Por Luis Fernando Cantú

El estilo aforístico de Byung-Chul Han en No-cosas: Quiebras del mundo de hoy resulta en un libro lleno de afirmaciones, muchas de las cuales el filósofo no se molesta en fundamentar, y que, a primera vista, pareciera ser un punto débil. Sin embargo, no representa un problema mayor para quienes están familiarizados con los argumentos esgrimidos por autores como Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de vigilancia acerca de cómo el mundo digital constriñe nuestra libertad y autonomía. Tampoco significará un obstáculo para quienes en sus propias vidas alcanzan a ver el cerco que las grandes empresas tecnológicas se esmeran en construir a nuestro alrededor. Las ideas, fundamentales para comprender el sistema de dominación que somete a la humanidad del siglo XXI, se engarzan como eslabones de una cadena a lo largo de las escasas páginas del libro.

En el primer ensayo, “De la cosa a la no cosa”, Han afirma que el orden digital carece de historia y de memoria. Estas palabras me llevaron a recordar un ejercicio que me planteé hace un año. En ese entonces revisé el tiempo diario que pasaba en aplicaciones como Instagram y Twitter. Tres horas al día, veintiún horas a la semana. Una inversión así debería de haberme remunerado de alguna manera. Intenté con poco éxito traer a la memoria los videos o los tuits vistos, y habré recordado dos o tres de ellos. Imposible hilarlos para contar una historia. A diferencia del acontecer de las redes sociales, la cotidianeidad del hogar, una visita del plomero e incluso la rutina del desayuno son hechos que se pueden narrar. El mundo digital no da lugar a sucesos memorables, lo que pasa en las redes pronto se olvida, y cuando perdura es gracias a la débil relación que guarda con el mundo terrenal.

Las miles de horas, quizás decenas de miles, que pasamos frente a las redes sociales no pueden conformar una narrativa sólida. Es muy difícil. Por esta razón, Instagram y TikTok nos inundan con un flujo infinito de videos cortos, de los cuales podemos ver cientos en un día. Simulan la narración. Aborrecen el vacío, y lo llenan, por ejemplo, con videos de gatitos o con memes de brainrot. ¿Pero cuántos de estos videos recordamos al día siguiente de que lo vimos?, ¿y un mes después?, ¿y al año? El orden digital carece de memoria porque es imposible construirla con semejante materia prima.

Dos o tres veces a la semana, cuando estamos a punto de dormirnos, mi pareja me muestra los reels de Instagram que ha seleccionado para mi disfrute. A veces son de perros y gatos que pelean entre ellos —los gatos siempre ganan—. Otras veces son las criaturas del brainrot italiano, manufacturadas por medio de los modelos de inteligencia artificial. Incluso vemos a Don Silverio, un personaje que imita el habla áspera de los rancheros del Bajío. Estas imágenes se han convertido en parte de nuestra rutina. No forman memorias por sí mismas, pero cuando hablamos de ellas las traemos a la realidad y las engarzamos en el tejido del mundo material. Los desarrollos en la inteligencia artificial generativa, tanto en los modelos de lenguaje como en los de imágenes y videos, amenazan con llevar este ruido digital hasta sus últimas consecuencias. Este año los modelos rebasaron a las personas en cuanto al número de artículos publicados en la web. Además, las nuevas aplicaciones de video de OpenAI y Meta abaratan los costos de producción del entretenimiento, uno más personalizado que nunca, una fuente infinita que está al alcance de nuestros dedos. Es otro paso más hacia la dominación perfecta mencionada por Han: la inactividad ocasionada por el espectáculo puro.

No conforme con robarnos nuestro tiempo, el orden digital también nos roba nuestra privacidad. Para Han esto representa un intercambio, nos emancipamos del trabajo manual, pero nos subordinamos al espionaje de las empresas de tecnología. Aunque pareciera que tenemos más libertad, es una ilusión: la elección de consumo, dice Han, no es una libertad verdadera. Indicar las cosas con el dedo nos llevará a la imposibilidad de actuar en el mundo, de crear algo nuevo con nuestras manos.

En “Smartphone”, habla acerca de cómo este aparato nos habitúa al control del mundo digital, y cómo volvemos consumibles las cosas al seleccionarlas con el dedo. Nos aislamos en una burbuja que nos blinda y vuelve más difícil el contacto en situaciones no controladas. A manera de ejemplo, encuentro una notoria diferencia de hábitos telefónicos entre mi generación y la de mis padres, que atribuyo a la diferencia en la destreza en el uso del smartphone. Cuando quiero llamar a alguien de mi edad tengo que preguntárselo vía mensaje, mientras que a los coetáneos de mis padres simplemente les llamo. Nuestra generación no llama por teléfono a los demás porque implicaría una pérdida de control, tanto para quien genera la llamada como para quien la recibe. Por eso les escribimos mensajes de texto o correos electrónicos, y les pasamos la bolita. Email is someone else’s to-do list, como dicen en YouTube varios gurús de la productividad. En Google y en Google Maps todo se encuentra a nuestra disposición, solo hay que tocarlo. Lo podemos mover y amplificar con los dedos, pero nos frustra no poder hacerlo en el orden terrenal.

Este texto me habría sido imposible de escribir de no haberme encerrado en el cuarto lleno de tiliches que llamo oficina y, de manera más importante, de no haber dejado el smartphone en la mesa del comedor. De otra forma, el aparato me distraería cada pocos minutos con el repicar de docenas de notificaciones. A pesar de que hace unos meses las había apagado por completo, el mundo poco a poco me obligó a exceptuar algunas de ellas, por lo que ahora me ahogo en un mar de mensajes de empresas y amigos que quieren captar mi atención. Es de este exceso del que habla el autor en “Silencio”, en donde describe la marea de mensajes como un tsunami. Quien se hipercomunica, afirma Han, no pone atención, y es así como liga esta exigencia compulsiva de nuestro siglo al concepto de la vida contemplativa que aparece en La sociedad del cansancio, el libro que lo catapultó a la fama. Quien no contempla, quien no descansa, dice Han, no puede orar, no puede escribir, no puede crear, se vuelve pura reacción. Y yo agregaría que quien está siempre comunicado, no puede ni dormir. Cualquier repiqueteo, cualquier vibración del smartphone puede despertarnos. Al igual que cuando buscamos concentrarnos, es mejor dejarlo fuera de vista para lograr una noche pacífica. De no hacerlo, el ruido del orden digital nos impediría todo lo que hace que la vida valga la pena.

Si quedan rincones del mundo donde lo digital no ha llegado, no tardarán en conectarse. El ruido digital será capaz de seguirnos a todas partes gracias a miles de satélites diminutos —para ser satélites—, futura basura espacial. Surgirán por generación espontánea las barras de café de especialidad, las panaderías artesanales, y las galerías de arte aesthetic, y con ellas vendrán las hordas de nómadas digitales dispuestas a reclamar su sacrosanto derecho al matcha latte y a una conexión de alta velocidad. No habrá escapatoria.

Al final del libro se encuentra la Digresión acerca de la gramola, que relata la historia de cómo, después de un accidente de bicicleta, el autor dio por casualidad con un local en el que se vendían rocolas restauradas de mediados del siglo pasado. Del tipo de cosas que tal vez solo suceden en Berlín o en Portland. Compró una, la llevó a su hogar y vive con ella desde entonces. Es tanta la emoción que la gramola produce a Han que, aun siendo su dueño, se rehúsa a utilizar el botón que le permitiría ahorrarse el pago por escuchar alguna canción. Lo deleita el ruido de la moneda al caer, así como los movimientos mecánicos que ésta desencadena dentro de la rocola.

Esta historia de amor es una muestra de resistencia, un ejemplo de cómo oponernos al orden de lo digital. Sin embargo, no representa más que una solución individual frente a un fenómeno sistemático. Y frente al dominio del mundo digital, quizá el arte sea la única respuesta. No sorprende, entonces, que se encuentre bajo el asedio de los gigantes tecnológicos, quienes no conformes con haberse adueñado de nuestros rincones más íntimos, hurtan las creaciones artísticas de la humanidad entera y las dan de alimento a una máquina hambrienta y carente de imaginación. Si Meta o X le drenan el sentido a nuestras vidas, no nos queda más remedio que oponernos por medio del arte, arrebatarles los vestigios de interacción social presentes en sus plataformas, y engendrar algo nuevo con ellos. Intervenir nuestros mensajes instantáneos, nuestros tweets, nuestros reels. Dotarlos de sentido y de una narrativa que hoy en día no tienen: componerlos, contrastarlos, contraponerlos, seleccionarlos, destruirlos; escribir historias, pintar murales, filmar películas, acercarlos al mundo de lo material, y así traerlos de vuelta a la vida.

Luis Fernando Cantú (Monterrey, 1992) combina la escritura y el análisis de datos como métodos para leer el mundo. Economista con estudios en Ciencias de la computación, se dedicó durante varios años al desarrollo de modelos de aprendizaje automático para políticas sociales en América Latina y el Caribe. Su obra literaria parte de lo íntimo para explorar cómo la tecnología y las estructuras sociales moldean la experiencia cotidiana.

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