Pluribus o el «Unum» hambriento

El alma estorba a la eficiencia. Y es precisamente en ese estorbo donde sobrevive la Otredad, recordándonos que el destino humano no es ser Uno, sino seguir siendo —contra toda optimización— muchos ante el Rostro del otro.

febrero 1, 2026

Por José Jaime Ruiz

SI TODOS los mundos están en este mundo, ¿por qué imaginar los apocalipsis como enjambres? Zombies (The Walking Dead), Borg (Star Trek), Pluribus? ¿No podemos revelar otro fin? E Pluribus Unum?

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«¡Lee o no leas! ¡Quema o preserva! Polvo al polvo. Nosotros, los de la estirpe de Hoël Dhat, príncipe de Gales, estamos muertos. Mascee». // Gustav Meyrink / El ángel de la ventana de Occidente

Su casa estaba repleta de un mobiliario extraño y lujoso. Me llamó la atención un reloj de pie de porcelana, la esfera era un tambor que una figura demoniaca sostenía entre las piernas, la figura levantaba el brazo con furiosos gestos para golpear el tambor. // Max Brod sobre Gustav Meyrink

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LA INDIVIDUALIDAD no fue un derecho: fue un estorbo que terminó por agotarnos. El siglo XXI se parece cada vez más al velorio del “yo”. Cuando se observa la costura que une el horror errante del zombi, la frialdad quirúrgica de la colmena y esa maquinaria espectral llamada Pluribus, no aparece una coincidencia cultural, sino una emboscada. El apocalipsis del enjambre. Y ese fin del mundo no es solo político: es ético. Es el punto en el que la humanidad aprende a vivir sin el Otro. Al perder la Otredad, el sistema nos libera de la carga ética. Byung-Chul Han ha descrito este proceso como la transición de la comunidad al enjambre: una agregación sin vínculo, sin interioridad, sin prójimo.

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¡Qué terrible es el aburrimiento…, terriblemente aburrido! No encuentro otra expresión más fuerte ni más verdadera para definirlo, puesto que lo semejante solamente se conoce de veras por lo semejante. Ojalá se diera una expresión más fuerte y más alta, porque significaría un cierto movimiento. Pero yo sigo tumbado a la bartola, inactivo. Lo único que veo delante de mí́ es el vacío; lo único que me alimenta es el vacío; y lo único que me mueve es el vacío. Ni siquiera sufro dolores. Prometeo y Loke conocían en su aburrimiento alguna interrupción, por muy monótona que ésta fuese. El buitre picoteaba sin cesar el hígado del primero, y el veneno nunca dejaba de caer sobre el segundo. Para mí, en cambio, hasta el dolor ha perdido todo su solaz. De nada serviría el ofrecimiento de todas las glorias del mundo o de todos sus tormentos, porque tanto unas como otros me importan ya un bledo y no estoy dispuesto ni a mover un dedo para cogerlas o para huirlos. Lo que estoy es muriendo la muerte.

// Kierkegaard

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EN TÉRMINOS levinasianos, se trata del asesinato del Rostro. En términos más crudos: la renuncia a la responsabilidad.

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Y fue entonces cuando los flexitarianos tomaron el menú por asalto…

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EN EL PRINCIPIO fue la horda. El zombi no es un monstruo, es una ética anulada. No hay Rostro en el caminante, solo una máscara vacía que no interpela y que no exige respuesta. Al desaparecer la Otredad, el sistema nos libera —con una falsa misericordia— de la carga ética. Nadie nos mira, nadie nos reclama. Solo avanzamos.

El enjambre nace ahí: una agregación sin interioridad, sin memoria, sin prójimo. El zombi no odia, no decide, no duda. Reacciona. Es vida reducida a impulso, cuerpo sin demora. Hambre sin pregunta, cuando la pregunta muere, lo que queda no es paz, es apetito. Franco Bifo Berardi leería, es posible, el sistema Borg como ese momento triunfal del semiocapitalismo: un sistema que ya no explota cuerpos, sino sistemas nerviosos, y que no necesita consenso, sino sincronización. “La resistencia es inútil” no es una amenaza militar, sino una sentencia psíquica: tu derecho a ser un misterio ha sido revocado por la eficiencia del código.

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El pino, del cual se hacen los ataúdes, es un árbol siempre verde. // Xavier Forneret

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SOBRE ESOS restos se levanta la asimilación por diseño. La colmena no ignora la diferencia: la absorbe. La vuelve funcional hasta borrarla. Donde antes había distancia —condición mínima de la ética— ahora hay continuidad técnica. Levinas advertía que el “yo” solo existe para responder ante el Otro. Pero en la colmena ya no hay “otro”. Hay copias optimizadas de una misma mismidad. La famosa sentencia —“la resistencia es inútil”— no amenaza con violencia; comunica algo peor: tu derecho a ser opaco, a no coincidir del todo, ha sido revocado. Aquí la ética muere por saturación. Sin exterioridad, sin asimetría, la responsabilidad se evapora. El espejo del silicio devuelve siempre el mismo rostro.

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Apropiarse del mendrugo…

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EN PLURIBUS la trampa alcanza su forma más refinada. El mito fundacional se mutila: del E pluribus unum solo queda el Unum. Ya no se gobierna prohibiendo, sino optimizando. Nadie obliga. Todos participan. El enjambre no castiga: recompensa la adaptación. Y, sin embargo, aparece la anomalía. Carol Sturka vive de encarnar otras vidas, pero el sistema le exige una sola identidad: la funcional. Su encuentro con Manousos Oviedo descompone la geometría perfecta de la red. Manousos no encaja. No produce datos previsibles. No se deja traducir por completo. No es un nodo, es una interrupción.

Llega desde un lugar que la cartografía del Norte no termina de entender. Trae memoria no homologable, afecto sin consenso, una resistencia que no se organiza como movimiento, sino como presencia.

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Y agotaron su noche con sexo oral: platicadito.


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CUANDO CAROL lo mira, ocurre algo elemental y peligroso: el Rostro aparece. No como metáfora, sino como exigencia. Ese rostro la pone en cuestión. La obliga a responder. Manousos se vuelve, en sentido estricto, rehén de su conciencia. No porque sea débil, sino porque encarna aquello que el sistema no puede metabolizar sin perder eficiencia. Protegerlo no es heroísmo, es responsabilidad. Y ese gesto —cuidar al Otro solo porque es Otro— introduce un virus que el Unum no puede neutralizar.

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Qu Yuan, uno de los primeros poetas de la historia de China, tiene un verso: “En la veneración de la razón encontré el camino”. Parece como si, en la China actual le hubiéramos dado vuelta: “En la veneración de los caminos (rutas, ferrocarriles, autopistas, etc.) encontramos nuestra razón.” // Xiao Kaiyu

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EL ENJAMBRE es el refugio de una especie que le teme al infinito que representa el prójimo. Desde la horda primitiva hasta la red que vigila en nombre del orden, el mensaje se repite: la estructura gana cuando dejamos de vernos. El enjambre hace ruido, pero no dialoga. Comunica sin encontrarse. Produce sin tocar. Y ese exceso de conexión esconde una fatiga profunda: una humanidad exhausta de sí misma.

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Desde que colgué mis años salvajes en un clavo en tu frente… // Andrés Calamaro

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AUN ASÍ, en algún punto ciego de la red, Carol Sturka y Manousos Oviedo sostienen una mirada que el algoritmo no logra traducir. Mientras esa mirada persista —singular, improductiva, irreductible— el apocalipsis del enjambre quedará inconcluso.

El alma estorba a la eficiencia. Y es precisamente en ese estorbo donde sobrevive la Otredad, recordándonos que el destino humano no es ser Uno, sino seguir siendo —contra toda optimización— muchos ante el Rostro del otro.

(Escritor, poeta y periodista, es autor de los libros La cicatriz del naipe, Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde”, Manual del imperfecto políticoCaldo de buitre y El mensaje de los cuervos. Es director fundador de la revista cultural Posdata y de Posdata Editores. Dirige aguaquemada.mx y www.lostubos.com.)

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