Por June Jordan
Diciembre, 1981
* En este ensayo autobiográfico, June Jordan habla de algunos momentos de su vida que culminan con la muerte de su madre. Una ensayo crudo que reflexiona sobre la incesante labor de las mujeres que luchan día a día por el significado de su existencia. Así como la fuerza de su resistencia ante las presiones del mundo patriarcal. Un ensayo personal donde el trauma revela, de la manera más terrible, una epifanía: honrar a partir del suicidio de su madre, a la mujer-madre, ella misma y a todas las mujeres de su vida. Honrarlas por los desafíos que afrontan con sentido de justicia, amor y lucha. Por estar ahí siempre, las unas con las otras, apoyándose, desafiando a la indiferencia.
Minerva Reynosa
Cuando mi madre se quitó la vida, yo estaba buscando trabajo. Eso fue hace quince años. No tenía dinero ni comida. Por el lado amable, tenía un último paquete de cigarros Pall Mall y más de media botella de wiski J&B. Necesitaba buscar un trabajo, porque necesitaba ser capaz de mantenerme a mí y a mi hijo de ocho años, lo más pronto posible. Mi plan era juntar suficiente dinero, así podría rentar un departamento en un distrito escolar más o menos aceptable, para septiembre. Ese plazo me dejó con menos de tres meses para cambiar por completo mi fortuna.
Parecía que tenía que hacer todo al mismo tiempo. De algún modo, tenía que mover todas mis cosas, mayormente libros y juguetes de donde vivía, después que la renta se venciera una vez más. Debía hacerlo sin dejar que mis vecinos se enteraran de mi miseria y divorcio, que agregaba más vergüenza personal y fracaso. Esos mismos vecinos me habían visto a mí y a mi esposo como el ideal de pareja joven, en muchos sentidos: inseparable, adorable, ambiciosa. Ellos me tenían ocupada riendo en las duras semanas, después que mi esposo se fuera al posgrado a Chicago; habían sido esos que lo recuerdan afectuosamente a través de comentarios y preguntas divertidas, durante aquel largo año en que me quedé sola, esperando su regreso; mientras me convertía en el único sostén «provisional» de nuestra peculiar relación de familia a larga distancia, por teléfono. Fueron esos que amablemente detuvieron las bromas y preguntas cuando el año terminó, y mi esposo, el padre de mi hijo, no regresó. Ellos nunca me preguntaron y yo nunca les dije lo que sentía. No creo que realmente lo supiera.
Podía ver cómo mi esposo seguía, relativamente de forma natural, del posgrado a la carrera profesional de su elección; tal y como había cambiado rápidamente conmigo, su esposa, la esposa de otro hombre, otra mujer. Lo que no podría ver, era cómo debía seguir adelante, ahora, de forma fluida y racional. Como madre sin esposo, como poeta sin editor, periodista freelance sin trabajo, una urbanista sin contrato; me parecía que varias necesidades incuestionables y contradictorias, se habían borrado de repente en la elección de mi vida.
Mi esposo y yo acordamos que él tendría el divorcio cuando quisiera, y yo tendría al niño. Este ordinario acuerdo es, como muchas millones de mujeres podrían testificarlo, tan absurdo como decir, «te llamó, te encaras de todo». En todo caso, como explicó mi abogado, la ley es la misma que la de antes; los tribunales seguro me darían una cantidad razonable de los ingresos del papá para la manutención, pero al mismo tiempo dirían que no pueden hacer cumplir su propio fallo. En otras palabras, de acuerdo a la ley, lo que el padre debe dar a su hijo, no es tan severo comparado con lo que le debería al banco por un carro o unas vacaciones. Resulta lamentable, pero es verdad, que en nuestra sociedad los tribunales no pueden retener el salario de un padre, ni congelar su cuenta, ni incautar sus bienes en beneficio de sus hijos. Aparentemente, esto es porque un niño no es un carro o un sillón o un bote (supongo que esta es una definición bastante viable de la diferencia entre un niño estadounidense y un carro).
Como sea, quería salirme del departamento donde vivía lo más pronto posible. Pero iba a necesitar ayuda, porque no podría agacharme ni cargar nada pesado; y no podría decirle a mis padres sobre esos problemas, porque no quería pelear con ellos de las razones detrás de estos problemas, que era lo mismo por lo cual no podía caminar, ni sentarme derecha para leer o escribir sin vomitar, y sin sentir un dolor abdominal agudo. Mis padres habrían adivinado la razón de mi terrible secreto, compuesto por un terrible crimen; una vez más la mujer soltera había quedado embarazada. Por más que había intentado interrumpir este embarazo, aunque este intento concreto, implicó no solo uno sino tres abortos en total; cada uno de forma ilegal e impresionantemente costosos, así como evidentemente mal practicado.
Mi madre, contra la reacción furiosa de mi padre hacia mí y lo que veía como mi error, ofreció lo que podía; no tenía dinero, pero había espacio en la vieja casa de mi infancia. Viviría con ellos durante el verano, mientras encontraba la manera de hacer dinero, y ella pasaría tiempo con Christopher, su único y amado nieto; a medida que su enfermedad no diagnosticada que empeoraba, se lo permitiera.
Después de que ella sufriera un ataque cardiaco, su figura serenamente imponente se había encogido hasta convertirse en una cáscara de desorden crónico, hambrienta y desequilibrada. En los últimos dos años, su condición física la forzó a retirarse de la enfermería; y pasaba la mayor parte del tiempo en una cama improvisada contra la pared del comedor, al lado de la cocina. Podía hacer un par de cosas por sí misma, además de servirse galletas o jugo en una taza, para luego tomarlo.
En junio de 1966, me mudé del departamento donde vivía a casa de mis padres, con la ayuda de una mujer llamada Sra. Hazel Griffin. Ella había sido mi peluquera desde mi adolescencia. Cada día, todo el día, ella estaba trabajando, lavando y alisando cabello en su ocupada estética el «Arco de la Belleza». La Sra. Griffin nunca se había casado, no había terminado la escuela y dirigía el Arco de la Belleza con un imperturbable y contagioso sentido del éxito. Tenía una hija de mi edad que trabajaba a su lado, cumpliendo las fantasías de los clientes. Gradualmente, la Sra. Griffin y yo nos volvimos cercanas, a medida que mi propia madre se quedaba cada vez más desmoralizada, postrada en la cama; la Sra. Griffin fue generosa y aparecía en casa de mis padres para hacerles la cena, o llamándome por teléfono para desearme buena suerte en alguna aventura freelance, y otras cosas. Fue la Sra. Griffin quien cerró su estética por todo un día, y manejó desde Brooklyn a mi nuevo departamento en Queens. Fue la Sra. Griffin quien empacó, por así decirlo, llevándome a mí y mis cajas de regreso a Brooklyn, de regreso a casa de mis padres. Fue la Sra. Griffin quien ignoró a mi padre, parado en la escalera de la entrada, enojado, sin decirle una palabra, un gracias; sin ayudarle a cargar algunas de las cosas que subía con dificultad, cuando pasaba junto a él. Mi padre odiaba a la Sra. Griffin porque era orgulloso y porque era ajeno a su compasión. Mi padre odiaba a la Sra. Griffin porque era así algunas veces: amargado e insensato. Mi padre alternaba entre ataques de llanto y autocompasión, y fuertes ataques de ira contra los dioses, que aparentemente decidían arruinarlo. Estas fueron sus reacciones secundarias al debilitamiento de mi madre, su depresión estoica. Creo que estaba asustado; ¿quién lo cuidaría? ¿Se recuperaría y todo volvería a estar bien?
Así fue cómo organizamos la casa, arreglé el cuatro de mi hijo en el último piso. Yo dormí en el piso del salón, en el cuatro de enfrente. Mi padre dormía en el mismo piso, pero en el cuatro de atrás. Mi madre se quedaba en la planta de abajo.
Más o menos una semana antes de mudarme, mi madre me preguntó acerca de mis planes. Le dije que las cosas no eran terribles, pero que había dos trabajos diferentes que esperaba conseguir pronto. Uno de ellos involucraba un estudio sobre las nuevas ciudades en Suecia; y que el otro involucraba un análisis de las consecuencias sociales de una enorme presa hidroeléctrica en construcción, en Ghana. Mi madre me vio sin comprender y luego me insistió en buscar un trabajo en la oficina postal cercana. Nosotras peleábamos amargamente sobre lo que ella criticaba, como mis pretenciosas ideas; y ahí supe que era nuestra última conversación significativa.
Mi primer recuerdo de él, era que mi padre siempre había trabajado en la oficina de correos. Su turno favorito era el de noche, llegaba a la casa generalmente entre las tres y las cuatro de la mañana.
Hacía calor. Finalmente me quedé dormida esa noche; noches después de la discusión entre mi madre y yo. Ella parecía estar recuperándose; aquella tarde, ella y mi hijo pasaron mucho tiempo en el patio, olvidándose del calor y de los moscos. Ambos estaban cansados pero serenos, tranquilos, cuando volvieron a entrar a la casa con alboroto, tomándose de la mano torpemente.
Alguien tocaba la puerta de mi cuarto. ¿Por qué debería despertarme? Sería imposible agarrar el sueño otra vez. Hacía mucho calor. Los golpes continuaron. Prendí la luz de junto a la cama: 3.30 a. m. Debía ser mi padre. Molesta, me puse un short y una playera. «¿Qué quieres? ¿Qué pasa?», le dije, a través de la puerta. ¿Se había vuelto loco? ¿Qué tenía que hablar a esa ridícula hora?
«Ok, voy». Dije, frotándome los ojos para despertarme, mientras caminaba a la puerta y abría. «¿Qué?».
Para mi sorpresa, mi padre estaba ahí, muy raro.
«Es tu mamá», me dijo; en una voz fuerte, enérgica. «Creo que está muerta, pero no estoy seguro». Evitaba mirarme.
«¿A qué te refieres?», le contesté.
«Quiero que bajes y te fijes».
No podía creer lo que me estaba diciendo. «¿Quieres que vaya a ver si mi mamá está viva o muerta?».
«¡No tengo idea!, ¡no sé!», gritó enojado.
«Santo Dios», murmuré molesta y para mis adentros.
Me voltee y miré al cuarto pensando si podría encontrar algo para llevarme a esta encomienda, ¿qué se usa para determinar un vida o una muerte? No pude encontrar nada obvio, que fuera útil.
«Te espero aquí», dijo mi papá. «Gritas y me avisas».
No lo podía creer, un hombre casado con una mujer más de cincuenta años y no podía revisar si estaba viva o muerta; y levantaba a su hija para decirle: «Fíjate tú».
Estaba al pie de la escalera. Me paré justo afuera del comedor donde mi madre dormía. ¿Y si realmente estuviese muerta? ¿Y si mi padre no estaba de necio y odioso? «No». Sacudí mi cabeza y entré con seguridad al cuarto.
«¿Mamá?», le llame alto. En la orilla del colchón, mi madre estaba inclinada hacia adelante, con un brazo apoyado para levantarse. ¡Ella trataba de levantarse! Me apuré. «Espera. Te voy ayudar», dije.
Y extendí mis manos para levantarla. El cuerpo de mi madre estaba tieso. No estaba helada todavía, pero estaba tiesa. Tal vez acababa de bajar justo a tiempo. Intenté aflojarle los brazos, cambiar su posición, ayudarla a acostarse.
«Mamá», seguí diciendo. «¡Mamá, escúchame!, ¡estás bien! Estoy aquí. Solo relájate. ¡Relájate! Dame la mano ahora. Estoy tratando de acostarte».
Su cuerpo no se relajó. No me respondió. Pero no estaba fría. Sus ojos no estaban cerrados.
Desde las escaleras mi padre estaba gritando: «¿está muerta? ¿está muerta?».
«No», le grité. «¡No, ella no está muerta!».
Ante esto, mi padre bajó las escaleras y entró a cuarto. Luego se detuvo.
«¿Milly?», le habló, dudoso. Luego me gritó y golpeó las paredes. «Estúpida. No ves que ya se fue. Ya se fue». Y comenzamos a pelear.
«!Está viva! ¡Llama al doctor!».
«¡No!».
«¡Sí!».
Al último, mi padre dejó el cuarto para llamar al doctor.
Me incorporé. Me sentía completamente exhausta tratando de tener respuesta de mi madre. Ahí estaba ella, justo al borde de la cama, a punto de levantarse. No pude ayudar. Sus ojos estaban fijos en algún punto del suelo.
«¡Mamá!», zarandee su mano tan fuerte como pude, para ver si reaccionaba. Luego se dejó caer sobre la cama, pero helada y en la posición incorrecta. Me di cuenta que podría estar muerta. Tal vez esté muerta.
Mi padre reapareció en la puerta. Él no se acercaría más. ¡El Dr. Davis dice que ahí viene. Y va llamar a la policía!».
¿La policía? ¿Sabrían ellos si mi madre estaría viva o muerta? ¿Quién lo sabría?
Fui al teléfono y le llamé a mi tía. «Ven rápido». Le dije: «papá cree que mamá ha muerto y aquí está, rígida».
De pronto, la casa estaba rara y fea y llena de gente y creí que perdía la cordura.
Tres policías blancos estaban ahí parados y me dijeron que mi madre estaba muerta. «¿Cómo lo saben?» pregunté; se encogieron de hombros y lo volvieron a repetir. El doctor nunca llegó. Pero mi tía y mi tío llegaron y me confirmaron que estaba muerta.
Después de la conversación con la policía, mi tía desapareció; cuando regresó sostenía un bote en una de sus manos. Ella y la policía siguieron musitando un poco más. Luego, uno de los policías dijo: «No se preocupe. No diremos nada». Mi tía me señaló para que la siguiera al pasillo donde me dijo que mi madre se había quitado la vida.
No podía asimilar la noticia: suicidio.
Me alejé de mi tía y corrí al teléfono. Le llamé a una amiga, una mujer que me hablaba sin rodeos, para que me diera cuenta que mi histeria iba en aumento y pusiese controlarla. Después llamé a mi prima Valerie, que vivía en Harlem; se despertó al instante y me apuró para ir con ella lo más pronto posible.
Corrí al último piso y traté de levantar a mi hijo dormido, a que se pusiera de pie. Quería que estuviese fuera de esta casa de la muerte, más de lo que jamás habría deseado. No podía levantarse, así que bajé los dos pisos cargándolo en brazos hasta la calle; y lo puse en el asiento trasero y arranqué.
En casa de Valerie, mi hijo siguió durmiendo; lo pusimos en la cama, cerramos la puerta y platicamos. Mi prima me hizo comer unos huevos, tomar wiski y bañarme. Ella cuidaría de Christopher, dijo. Debía volver y lidiar con la situación en Brooklyn.
Cuando llegué, la casa estaba totalmente llena por mujeres de la iglesia, vestidas como si fueran a la comunión del domingo. Me pareció que cada una de ellas, con sus sombreros y guantes, tomaban el café y solemnemente preparaban la invitación al funeral; y yo no podía encontrar a mi madre por ningún lado, y no podía encontrar un espacio libre para sentarme y fumarme un cigarro.
Mi madre estaba muerta.
Sintiéndome totalmente fuera del lugar, me encaminé a la puerta, lista para irme. Mi padre me agarró detrás del hombro y me hizo dar vuelta toscamente.
«¿Ves esto?», sonreía, agitando un documento en el aire. «Tu madre nos dejó un seguro, ¿ves?».
Lo miré.
«Pero lo voy a quemar en la estufa antes de dártelo para que los tires a la basura».
«¿Es dinero?», reclamé. «¿Mi madre me dejó dinero?».
«Jeje», se rió. «¡Y no lo vas a obtener de mí. No hoy ni mañana. No hasta que me muera y me entierren!».
Mi padre me tomó por el brazo y me aparté de él. Me pegó en la cabeza y le devolví el golpe. Estábamos peleando.
De repente, las mujeres de la iglesia se movían de un lado para otro y se empujaban, aterrorizadas, entre nosotros. Era un pecado, dijeron, que padre e hija pelearan en la casa de la difunta, que aún no había sido enterrada. Tan buena mujer que era, decían. Era una buena mujer, una buena mujer, todas coincidían. Por el respeto a la memoria de esta bondadosa mujer, en consideración a mi madre que se había suicidado; las mujeres sacudieron sus sombreros e insistieron en que no peleáramos: no debería pelear con mi padre.
Muy molesta y desorientada regresé a Harlem. Para cuando llegué a casa de mi prima, comencé a sangrar muchísimo. Valerie dijo que estaba sangrando excesivamente, así que llamó a su novio y ambos me llevaron cojeando al Hospital Harlem.
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando abrí mis ojos, me encontré en el área de ginecología, con un catéter intravenoso en mi brazo. Después de poco, Valerie apareció. Christopher estaba bien, me dijo; mis amigas se estaban tomando turnos para cuidarlo. Pero pasara lo que pasara, no debía aceptar que me había sometido a un aborto; o la metería a ella o a mí en un problema. Solo hacerle a la ingenua y descansar. Tendría que quedarme en esa área por varios días. El funeral de mi madre era mañana en la tarde. ¿Qué quería que le dijera del porqué no estaría ahí? ¿Qué mentira podría decirle?
Pensé sobre ello y decidí que no tenía nada qué decir; si no podía decir la verdad, entonces a la chingada.
Me acosté en esa cama del Hospital Harlem, reflexionando y dormitando. Quería recuperarme.
Quería ser fuerte. Nunca quise ser débil, de nuevo, mientras viviera. Pensé acerca de mi madre y su suicidio; y pensé acerca de cómo mi padre no pudo saber si estaba viva o muerta.
Quería recuperarme, y lo quería hacer lo más pronto posible; cuando estuviese fuerte de nuevo, lo que quería hacer en realidad, era vivir mi vida para que supieran sin duda que estoy viva, para que cuando finalmente muriera, supieran claramente la diferencia entre mi vida y mi muerte.
Pensé acerca de la idea de mi madre como una buena mujer y me rehusé a eso; porque no veo cómo es bueno darse por vencida, o cooperar con aquellos que te odian, cuando limpias y planchas y coses inagotablemente por el bien de las personas que aman la forma en que te matas día tras día, silenciosamente.
Y pienso que todo esto se trata sobre las mujeres y su labor. Definitivamente, esto es acerca de mí como mujer y mi labor en la vida.
Me refiero a que no estoy segura si el suicidio de mi madre fue algo extraordinario. Tal vez la mayoría de las mujeres luchan con un orden similar, el legado de una mujer cuya muerte no puedes determinar con exactitud porque murió tantas y tantas veces; y porque antes de convertirse en madre, la vida de esa mujer fue tomada, o más bien, arrebatada.
Y de hecho, era para honrar a mi madre por lo que pelee con mi padre, que fue incapaz de reconocer si estaba viva o muerta.
Y en realidad, es para rendir homenaje a la Sra. Hazel Griffin y a mi prima Valerie y a todas las mujeres que amo, incluyéndome; por lo que estoy esforzándome para tener el coraje de admitir la verdad, como alguna vez Bertolt Brecht escribió: «se necesita valor para afirmar que los buenos fueron vencidos, no por ser buenos, sino por ser débiles».
Valoro la misericordia y la gracia del trabajo de las mujeres. Pero sé que hay una nueva tarea que también debemos emprender, esa nueva tarea hará que la derrota sea insoportable. Esa nueva tarea para las mujeres significará que no nos moriremos tratando de levantarnos: viviremos así, manteniéndonos firmes, sólidas, de pie.
Llegué demasiado tarde para ayudar a mi madre a levantarse.
Gracias eternamente a todas las mujeres que me han ayudado a seguir viva, me estoy esforzando para no volver a llegar nunca tarde.
* «Many rivers to cross» pertenece al libro One Call. Political Essays. South End Press: Boston, 1985. pp. 19-26. La versión en español es de Minerva Reynosa.



