Valor sentimental

Una pregunta flota en el aire, como el espíritu de Dios sobre las aguas primordiales: ¿era necesario que Gustav fuera un prestigioso director de cine y Nora, una actriz, para hablarnos de los conflictos entre padre e hija?

enero 30, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

La historia transcurre alrededor de la casa familiar, con más de cien años de antigüedad, y está narrada por una voz en off que a ratos desaparece y que nos informa de los hechos del pasado: la muerte del bisabuelo, el arresto de la abuela durante la ocupación alemana y un largo etcétera. Estamos en Noruega, las hermanas Nora y Agnes Borg (Renate Reinsve e Inga Ibsdotter Lilleaas, respectivamente) están afanadas en la recepción posterior al funeral de su madre, cuando reciben la visita de su padre, Gustav Borg (Stellan Skarsgård), un supuestamente prestigioso director de cine. Nombre es destino y Nora es una actriz de teatro con problemas emocionales, incapaz de mantenerse en una relación estable, que mantiene un affair con un compañero de la misma compañía, casado. Agnes, la hermana mayor, es una historiadora casada y con un hijo.

Gustav no es del todo bienvenido, pues abandonó a la familia décadas atrás después de varios problemas e infidelidades, un hecho que, como era de esperarse, afecta las vidas de las hermanas Borg. Y Gustav, el muy ladino, no regresa sólo para darles el pésame, sino para proponerle a Nora el papel principal en un proyecto cinematográfico, tal vez el más importante de su vida.

“Es un papel que escribí pensando en ti” le dice.

A lo que Nora debió responder, no sin cierta ironía: “qué original eres, papá”.

Pero Nora, como todo el mundo, padece de daddy issues y rechaza el papel con una respuesta mucho más original:

“¿Cómo podríamos trabajar juntos si nunca no hemos podido comunicar?”, y le hace una escena en el café donde Gustav la ha citado.

Gustav, además, tiene algunos problemas con la bebida, es un espíritu atormentado por el suicidio de su madre cuando era un niño —y de un poco de eso (y no) va su supuesto gran proyecto. De esta forma, el suicidio de la abuela y la separación del padre van de la mano de una manera transgeneracional, pues todos estamos heridos de alguna forma. También está el problema de la casa, que una vez muerta su ex esposa, pertenece a Gustav Borg, y es ahí donde pretende filmar su supuesto gran proyecto. Es finalmente, la casa, la que representa el valor sentimental y por eso la historia gira en torno de ella. La casa, el reino, la madre, Hamlet, la casa de muñecas, Nora, el jardín de los cerezos y todo eso que te enseñan en el propedéutico de literatura dramática.

Sin embargo, las hermanas Borg continúan con su vida y Gustav viaja al Festival de Cannes, donde hay una retrospectiva sobre su obra. Hay pequeñas cortinillas líricas y de música folk para marcar las transiciones del tiempo, y también fundidos en negro que duran un poco más de lo normal. Si en literatura, el “corte a” representa un cambio de párrafo, el fundido en negro es un blanco activo narrativo, estos fundidos largos podrían equipararse a saltos de página. Nos queda claro.

Vemos un fragmento de una supuesta película de Gustav en donde dos niños huyen de la Wehrmacht por un campo de trigo. Termina la función. Un critico entrevista a Gustav y este responde cosas no muy originales, pero los espectadores seguimos todavía dentro de la ficción. Entre el público está Rachel Kemp (Elle Fanning), una supuesta estrella de Hollywood que llora hasta desvariar con el final, como mi hija de seis años con el final de KPop Demon Hunters. La señorita Kemp es un poco tonta, pero extremadamente sensible, por lo que invita a cenar a Gustav, impresionada por su gran arte. Como muchas estrellas de Hollywood, está aburrida de su existencia vacía y glamurosa y quisiera un papel donde mostrar sus dotes histriónicas. En resumen: ella es una estrella de cine, él un director marginal sin financiamiento y establecen una amistad de transferencia padre e hija o algo así, dando comienzo a una especie de triángulo amoroso. El personaje de Rachel es algo plano, pero sin duda también debe de tener daddy issues; a lo mejor su padre era un alcohólico de Wisconsin que hacía su propio moonshine de papa, la familia vivía en un remolque, pues perdió la casa por culpa de un tornado, y ella es una especie de Norma Jean del siglo XXI. En fin, todos los personajes son reconocibles porque ya los hemos visto muchas veces y, como espectadores de esta tragicomedia, nos sentimos sumamente cómodos, a nuestras anchas en la butaca del cine, lo que no representa ningún reto. Esta historia ya me la han contado muchas veces, pero esta vez de manera mucho más bonita. Selah.

Y como Rachel es también un poco a lo Emma Stone, tiene una productora y Gustav, sin dudarlo, le propone el papel que le había propuesto a su hija (y que había escrito pensando en ella). Rachel acepta, aunque no pueda dar la envergadura que el supuesto papel requiere. Ambos regresan a la casa familiar de los Borg, provocando en Nora otra crisis emocional, pues ya había pasado antes por algunos episodios de depresión aguda y no está como para que su padre la sustituya por una actriz de fama internacional. Y por su parte, Agnes intenta mediar entre ambos, e investiga por su cuenta sobre la abuela para mostrarnos un episodio oscuro de Noruega bajo la ocupación alemana, donde la policía local colaboró con los nazis, arrestó y torturó a ciudadanos noruegos que militaban en la resistencia, como la abuela. En todos lados se cuecen habas “y en la mía a calderadas».

Sin embargo, el espectador sensible se reconocerá en esta tragicomedia, pues trata de un conflicto universal. Aunque una pregunta flota en el aire como el espíritu de Dios sobre las aguas primordiales: ¿era necesario que Gustav fuera un prestigioso director de cine y Nora, una actriz hipersensible, para hablarnos de los conflictos entre padre e hija? Y otra: ¿no podría Gustav haber sido un dentista o un operario de maquinaria pesada y Nora una camarera o recepcionista en las oficinas de una siderúrgica? La propuesta de Joachim Trier peca de absoluta ingenuidad. Los fragmentos del supuesto guion, la obra maestra Gustav Borg que leen primero Fanning, a moco tendido, y después las hermanas Borg (de igual forma) bien las podía haber escrito Corin Tellado. Las sentencias de Borg, ya con unos tragos de más, acerca del arte y los pequeñoburgueses se los he escuchado a mis amigos escritores de tres al cuarto más de una vez. De tal manera, ese guion dentro del guion, el ficticio, se asemeja más a una caricatura enaltecida de manera casi ridícula por un necio. Lo mismo ocurre con las escenas que supuestamente serán filmadas más adelante y los pucheritos de Fanning, que además le valieron una nominación al Oscar. Aquellos fragmentos del guion de Gustav me recuerdan a los supuestos fragmentos de las supuestas novelas de Sandra, la protagonista de Anatomía de una caída, leídos por el fiscal durante el juicio. ¿Veo un patrón aquí?

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

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