Por Daniel Espartaco Sánchez
Un simple accidente es el artefacto argumental que detona una serie de acontecimientos: el atropellamiento de un perro en una oscura carretera semirrural y un desperfecto en el auto en medio de la noche, que lleva a una familia a buscar ayuda en un garaje, donde Vahid (Vahid Mobasseri), un trabajador manual, cree darse cuenta de que el padre de esta familia es ‘Pata de palo’, como apodan al agente policial que lo torturó —pues en el pasado fue arrestado por participar en una huelga— y que, no sólo le arruinó la existencia, sino que le causó un daño renal irreparable, por el que padece de dolores en la espalda. Vahid sigue al padre de familia hasta su casa y, al día siguiente, a bordo de una furgoneta, lo secuestra después de noquearlo con una pala. ¿Qué tan terrible puede llegar a ser la humillación mediante la tortura, que lleve a un hombre decente, trabajador, hombre de familia y afable como Vahid, a cometer un acto tan violento? Esta es una de las muchas preguntas que plantea Un simple accidente de Panahi. Y así, Vahid lleva a Pata de palo a un descampado, donde cava un hoyo para enterrarlo vivo (una de las imágenes icónicas del filme), pero, ante las súplicas de la víctima, duda de si es realmente Pata de palo, por lo que decide buscar a un compañero de cautiverio para que le ayude a corroborarlo: el dueño de una librería. Éste se niega a ayudarlo —no somos como ellos, le dice—, pero le pasa el contacto de una mujer, Shiva (Mariam Afshari), una periodista que también estuvo en la cárcel. Una cosa lleva a la otra y Vahid emprende un viaje —el del héroe— para encontrarse con una serie de personajes, todos ellos víctimas de la represión del régimen de los ayatolás: una estudiante que se encuentra en el día de su boda con el hijo de un comerciante —la minoría silenciosa— y un exsoldado que ha perdido la cabeza por causa de las torturas. Cada personaje escenifica cada uno de los estamentos de la sociedad iraní. A manera de glosa: la inclusión del hijo de un comerciante como personaje tuvo una especie de valor profético, como se ha visto en las mas recientes protestas en Irán, donde los comerciantes del bazar, que tradicionalmente habían permanecido pasivos —esa minoría silenciosa—, salieron a protestar a las calles.
De esta manera, la frase “no somos como ellos” resuena en la consciencia del espectador. Si tuviéramos en nuestras manos a nuestro torturador, ¿seríamos capaces de ser tan crueles como él? Desde diferentes posiciones, los variopintos personajes a bordo de una furgoneta en constate movimiento se enfrentan hasta ese dilema en un viaje que los lleva en su búsqueda de respuestas, en un guión que bien podría ser una representación teatral: ¿es realmente ‘Pata de palo’ y es válido hacerse justicia por la propia mano? ¿Somos humanos o somos torturadores? Un dilema que a mí me recordó El caballo amarillo de Borís Sávinkov. El propio Pahani, que ha sido encarcelado en repetidas ocasiones por el régimen de los ayatolás, sabe de lo que está hablando. Y Un simple accidente, como obra suprema de arte que es, no ofrece respuestas sencillas, y deja un espacio abierto —o no— a una posible reconciliación.


