Los libros El chicano rap en Monterrey, de Erik Mejía Rosas, y El ritmo no perdona, de Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo exploran, en estilos y registros distintos, dos momentos clave de la historia del rap en ambos países.
Por: José Juan Zapata Pacheco
Podemos imaginar que arranca el beat y contamos lo que significó para la escena underground del rap en Monterrey el lanzamiento en 1997 de Mucho barato, el disco que encumbró a Control Machete no sólo como la punta de lanza de lo que se conocería como Avanzada Regia, sino como uno de los primeros discos masivos de rap en Latinoamérica. La historia sería de molestia y desconfianza. No sólo porque Toy, Pato y Fermín no pertenecían a los barrios populares del área metropolitana. Vaya, ni siquiera por su asociación al rock. Sino por la manera en que esta legitimación por medio de las majors dejó a un lado a los actores clave de una escena que venía construyéndose desde los años ochenta.
Para Erik Mejía Rosas (del crew Mexican Fusca) ese suceso fue el inicio de una misión: narrar la historia del rap regiomontano desde adentro. Y eso significó su encuentro con la licenciatura en Historia en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. En el ambiente de la academia tradicional fue difícil encontrar interlocutores que fueran receptivos a la temática de su investigación, hasta que se integró al equipo del doctor José Juan Olvera, pionero en los estudios de rap en la ciudad. El resultado fue la publicación en 2022 del libro El chicano-rap en Monterrey. Orígenes, circulación y apropiación en la construcción de una escena musical 1989-2000, por parte de la editorial universitaria de la UANL.

En el otro lado del mundo, en la Argentina, donde vivo hace más de una década, fue también una grata sorpresa la publicación en 2025 de El ritmo no perdona, una historia crítica del trap, el hip-hop y el RKT en el nuevo siglo argentino, (Editorial Caja Negra), de Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo. No sólo por la sorprendente similitud de las portadas de ambos libros, sino por la manera en que estos trabajos exploran, cada uno en estilos y registros distintos, dos momentos clave de la historia del rap en sus respectivos países.

Si bien la bibliografía sobre rap es copiosa en Estados Unidos y otros lugares de Iberoamérica, en México y Argentina se cuenta con lagunas y puntos oscuros por aclarar, así que ambos trabajos plantean misiones y retos específicos. En el caso de El chicano rap en Monterrey es un trabajo de corte más académico, pero también de resistencia: es la reivindicación de la escena underground hecha a un lado por la atención mediática que recibieron agrupaciones ajenas a ese mundo. Y en el caso de El ritmo no perdona la tarea es acaso más compleja: historiar un movimiento muy reciente que ha alcanzado status masivo ante el estrellato de figuras como Cazzu, Duki o Catriel y Paco Amoroso. No sólo a nivel Argentina sino en toda Iberoamérica.
Pelear la plaza
En ambos trabajos hay algo que me parece indispensable para leer el presente: el papel clave de la esfera pública, el espacio en que las juventudes necesitan encontrarse como iguales, cara cara, en la calle, en las plazas, en los barrios y en las esquinas para plantar una bandera identitaria. En momentos donde la virtualidad y las inteligencias artificiales parecen hechas para destruir las dinámicas de la juventud, y el adultocentrismo prefiere burlarse de inocentes fenómenos como las “batallas de farmear aura”, es un recordatorio y una advertencia que es preferible no pasar de largo.
Y es que la cultura de los barrios del área metropolitana de Monterrey y las batallas de freestyle del Parque Rivadavia en el Buenos Aires comparten esa necesidad de ocupar el espacio público de dos juventudes atravesando problemáticas particulares: por un lado la desintegración social del Monterrey industrial de mediados de los años ochenta, con el cierre de Fundidora y las crisis económicas que acrecentaron el fenómeno del pandillerismo en los barrios. Y en el caso de las juventudes argentinas de la segunda década del siglo XXI la precarización general de la economía, la pandemia y la explosión de la hiperconectividad y el streaming.
De esta manera, entre las canchas del Penny Riel en Monterrey, epicentro en los años noventa de la cultura rap regiomontana, y el Quinto Escalón del Parque Rivadavia de Buenos Aires post 2010 existe un hilo interconector, y a la vez una metodología, una forma de crear escena y de explorar los lazos comunitarios. Si al final una de ellas derivó un fenómeno masivo es lo de menos. El mapa puede crear el territorio.
De chicanos a cholos
El chicano-rap en Monterrey recoge más que una década de intercambio entre México y Estados Unidos, donde los pioneros como Kid Frost, Delinquent Habits, Cypress Hill en Los Ángeles, o South Park Mexican y The Most Hated en Houston reivindicaron el discurso del movimiento chicano y comenzaron no sólo a rapear en spanglish o en español, sino también a utilizar ese mismo imaginario, no sólo con referencias al pasado azteca o a la Revolución Mexicana, sino también al uso de bases y samples de inspiración “latina” o sonidos mexicanos.
Este fue el sonido que impactó directamente en el área metropolitana de Monterrey, donde el chicano-rap pasó a ser “cholo”, ya que al sur la frontera perdía el componente social de migración que distinguía a los chicanos en Estados Unidos. Pero la estética, sonido e idioma impactó en los barrios y en los MCs regios. En este caldo de cultivo, agrupaciones como Vagabundos Underground, Los Bastardoz, Acsinoz y Mexican Fusca iban construyendo ladrillo a ladrillo su escena, y de pronto vieron como agrupaciones ajenas a este movimiento, como Control Machete y Cartel de Santa, lograban un éxito masivo.
Creo que uno de los momentos más significativos que recoge El chicano-rap en Monterrey es el momento fundacional de 1992 en que unos jóvenes breakers de Monterrey retan a una batalla en el kiosko de la Macroplaza a un extranjero que pasaba por ahí, que resultó ser el bailarín de popping neoyorkino Steffan “Mr. Wiggles” Clemente, de visita en la ciudad como parte del elenco de una obra de teatro.
Mr. Wiggles no les enseñó la cultura hip hop a los chicos regiomontanos, porque ya la conocían y practicaban desde los años ochenta, con la migración de numerosos jóvenes y padres de familia a Estados Unidos, y el intercambio consecuente de cintas, discos, estilos de vestimenta, grafiti y baile. Pero lo que sí aportó fueron más detalles acerca de la escena underground de Nueva York, por lo que esos jóvenes lo referenciaron poniéndole Vagabundos Underground a la agrupación que estaban formando y que resultó ser la banda pionera del rap en Monterrey. El “Vagabundos”, en cambio, venía del nombre de un crew amigo de breakers de Torreón.
El chicano-rap en Monterrey elude hábilmente que su escritura caiga en un lenguaje académico engorroso. Si bien hace un necesario contexto histórico y un interesantísimo repaso por la historia del pandillerismo en las colonias de Monterrey, es al final de cada capítulo, donde Erik Mejía presenta fragmentos de la “autoetnografía” que realizó para su investigación, donde la voz toma la primera persona y nos aporta una visión personalísima que enriquece el trabajo, como alguien que perteneció a la escena y puede contar desde dentro la experiencia del barrio y de la música.
El escalón a La Mansión
El libro de Mejía continúa su repaso por la escena underground del rap en Monterrey con la influencia de la escena española (7 Notas 7 Colores, El Chojin) en los raperos regiomontanos, la emergencia de nuevos artistas y la llegada del Internet como modo de difusión. Y es justo acá, donde la historia regiomontana termina, donde puede tomar la posta el libro de Caamaño y Gandolfo, que explora una juventud que crece con las redes y nuevas herramientas para crear y masificar su trabajo, creando en el camino una escena que aún no ha alcanzado su tope.
El ritmo no perdona, una historia crítica del trap, el hip-hop y el RKT en el nuevo siglo argentino, recorre los orígenes y desarrollo de las nuevas corrientes del rap en la Argentina del siglo XXI. Sus autores, Camila Caamaño y Amadeo Gandolfo son hijos de aquella generación de los blogs que mutó en las newsletter. Caamaño es periodista y ha escrito para Infobae, La Agenda y Página 12, mientras que Gandolfo es historiador y doctor en Ciencias Sociales. Por lo tanto, el estilo es ensayístico y periodístico, pero también con un fuerte rigor académico en el uso de las fuentes.
El rap en la Argentina de los años noventa también tuvo un desarrollo parecido a México, pero con un underground que debió luchar por reducir la distancia y el aislamiento geográfico respecto a Estados Unidos, y por encontrar su lugar en un imaginario popular dominado por el rock, que en la Argentina es un asunto sensible de identidad nacional. Y si bien también en esa época existieron figuras de un mainstream rapero más bien ajenas a la escena subterránea (Illya Kuryaki and the Valderramas, podríamos citar en corto), la verdadera explosión del rap se dio pasando el año 2012, coincidiendo con la parte final de la “década ganada” del kirchnerismo y la emergencia de diversos gobiernos de derecha que persisten hasta la actualidad.
Justo en la época de vacío post tragedia de Cromañón (un incendio en una sala de conciertos que dejó 194 muertos en 2004) y de deriva del rock nacional, donde unos pocos se aferraban a la insurgencia del indie platense (Él Mató y contemporáneos), “la mayoría de los chicos”, escriben Caamaño y Gandolfo, “estaban escuchando Eminem y viendo 8 Mile”. Por ello no es de extrañar que la idea de uno de ellos, Alejo Acosta (YSY A) de convocar a batallas de rap en el Parque Rivadavia de Buenos Aires, encendiera una mecha difícil de apagar. Así nació el Quinto Escalón en 2012, que fue el gran semillero de la escena hasta su cierre en 2017. Mientras tanto, el trap (ese subgénero del rap surgido en Atlanta a principios de los dosmiles) emergió como una especie de lingua franca de la sonoridad “urbana” latinoamericana, desde el Caribe a la Argentina, pasando por España.
Del rap al folclore
Siempre me saca una sonrisa ver esos videos que circulan en redes, con un Milo J de apenas diez años de edad observando con un gesto de sorpresa las batallas de Wos en el Quinto Escalón, porque pocos podrían imaginar en ese momento la fuerza que adquirió su obra más reciente, de una madurez prodigiosa. Tampoco podrían imaginar YSY A y Duki, cuando alquilaron la casa de Antezana 247, que esta propiedad del barrio de Villa Crespo se convertiría al paso de los años en “La Mansión” una especie de museo del trap argentino.
El libro de Caamaño y Gandolfo es extenso y detallista. Y además de ofrecer textos escritos a cuatro manos, también deja espacio para la escritura de ambos autores en lo individual, generando un dispositivo de diálogo y complemento, sobre todo en los capítulos dedicados a perfilar a las máximas figuras de esta escena, como Duki, Cazzu, Catriel y Paco Amoroso. Este dispositivo hace que el libro abra sus costuras como si asistiéramos a la dinámica de la construcción de su entramado textual.
Entre otros momentos históricos, explora el momento en que el rap y la cumbia colisionaron para que emergiera desde los barrios del conurbano el RKT, un subgénero con sus propios nombres, como L-Gante, La Joaqui y El Noba, quien murió como vivió: a las chapas en su motocicleta. Otro es el capítulo dedicado a la popification de la escena, abriendo el abanico a muchas artistas que son asociadas al mundo del trap, por más que sus propuestas apelan a sonoridades distintas como el R&B o el pop. Específicamente cantantes como Nicki Nicole, María Becerra, Emilia o incluso Lali. Y finalmente destaco el capítulo dedicado a los productores, donde hay que reconocer la omnipresencia de Bizarrap como nuevo Rey Midas de lo urbano global.
Es una pena que el lanzamiento del libro no alcanzara a registrar el momento que domina actualmente entre varias de sus figuras, que han optado a una vuelta al folclore, tendencia que potenció Bad Bunny con su exitosísimo Debí tirar más fotos, y que en la Argentina enarbolan, entre otros, Milo J (La vida era más corta), Cazzu (Latinaje) o Broke Carrey (Hijo del país), todos ellos lanzados entre 2025 y 2026. En ese sentido, es más que simbólico que Benito invitara a Cazzu, Khea y Duki a su recital este año en Buenos Aires para interpretar ese primer gran himno de 2017 del trap argentino, “Loca”, con lo cual el círculo termina de cerrarse.
El chicano rap en Monterrey y El ritmo no perdona se convierten así en dos piezas para entender, o para al menos acercarse al complejo mosaico del rap en Latinoamérica. No porque las experiencias de México y Argentina resulten asimilables al resto del continente, sino porque nos brindan algunas pistas para entender, analizar y diferenciar otras escenas que requieren de sus propios análisis y distinciones, como la colombiana, chilena o centroamericana. Pero eso ya será tarea de otros obsesivos: no dejar que el beat (y su registro) se detenga.
José Juan Zapata Pacheco (Torreón, México, 1984). Periodista. Vive y trabaja en Buenos Aires, Argentina. Ha colaborado en medios de ambos países. Trabaja como profesional de accesibilidad audiovisual para los canales de TV Encuentro, Pakapaka y DeporTV. Formó parte del proyecto Los 600 Discos de Latinoamérica.
Fotografía: Jimmy Maffio | Pexels.


