Death: la banda proto-punk que se adelantó al destino

David ya no estaba para verlo, pero aquella predicción que le hizo a su hermano terminó cumpliéndose: un día el mundo vino a buscar esas canciones.

octubre 21, 2026

Por Arturo Roti

¿Has oído hablar de Death, la banda de Detroit que ya llevaba ese nombre más de diez años antes de que Chuck Schuldiner fundara su propia Death en Florida? Si nunca habías escuchado de ellos, ponte cómodo, porque esta historia tiene de todo: rock, tragedia, terquedad y un secreto familiar que permaneció guardado durante más de treinta años. Lo más increíble es que los propios hijos de uno de sus integrantes crecieron sin saber que su padre había formado parte de una banda que, con el tiempo, se convertiría en una pieza perdida de la historia del rock.

Todo comenzó en 1964, cuando tres hermanos, David, Bobby y Dannis Hackney, se sentaron frente al televisor para ver a los Beatles en el programa de Ed Sullivan. Su papá estaba ahí con ellos. Quizá aquella noche no imaginaban hasta dónde los llevaría la música, pero algo se encendió en esos tres muchachos. Vivían en Detroit, una ciudad donde Motown, el soul y el R&B formaban parte del paisaje cotidiano, así que no tardaron en armar su propia banda, a la que llamaron Rock Fire Funk Express. El nombre lo decía todo: tocaban funk y seguían el camino que parecía natural para tres hermanos negros criados en aquella ciudad.

Pero entonces se atravesaron The Who y Alice Cooper. Los vieron en vivo y David, el mayor y el que parecía tener las ideas más descabelladas, quedó fascinado. ¿Por qué seguir tocando lo que todos esperaban de ellos si podían hacer algo mucho más ruidoso, veloz y salvaje? Los hermanos afilaron las guitarras, subieron el volumen y comenzaron a tocar como si el mundo estuviera a punto de acabarse. Sin saberlo, estaban encontrando un sonido que se adelantaba varios años a la explosión del punk.

Y justo cuando aquella aventura comenzaba a tomar forma, la vida les dio un golpe que cambiaría todo.

Su padre murió en un accidente de tránsito. Un compañero de trabajo había sufrido un accidente y él se había ofrecido a llevarlo al hospital en su camioneta. Durante el trayecto, un conductor borracho los embistió. El padre de los Hackney no sobrevivió.

Piensa por un momento en esos tres hermanos, todavía jóvenes, tratando de entender cómo alguien puede salir de casa para ayudar a otra persona y no regresar jamás. La música seguía ahí, pero ahora había un dolor que ninguno sabía muy bien dónde acomodar.

David encontró su manera de enfrentarlo. Pocos días después del funeral reunió a sus hermanos y les anunció que la banda cambiaría de nombre. A partir de ese momento se llamarían Death.

Bobby y Dannis no podían creerlo. Apenas acababan de perder a su padre y David quería bautizar al grupo con la palabra que les recordaba aquella tragedia. Para él, sin embargo, el nombre tenía otro significado. Quería darle la vuelta a la idea de la muerte, quitarle su carga negativa y convertirla en algo luminoso, en una forma de hablar de la vida y de lo que dejamos atrás. Según Bobby, su hermano incluso escribía una ópera rock alrededor de ese concepto.

A los otros dos no terminaba de convencerles la idea, pero los Hackney tenían una regla familiar: si uno de los hermanos se lanzaba a hacer algo, los demás lo respaldaban. Así que aceptaron, mandaron imprimir camisetas y siguieron adelante. Desde entonces, Death dejó de ser solamente una palabra dolorosa para convertirse en el nombre de su banda.

En 1975 llegaron al United Sound Studios de Detroit y grabaron siete canciones. Lo que salió de aquellas sesiones tenía guitarras filosas, una batería que parecía querer derribar las paredes y una velocidad que no encajaba con lo que la industria esperaba de ellos. Aquellos tipos estaban tocando una música que parecía venir del futuro, aunque todavía faltaban años para que el punk se convirtiera en una revolución.

Y entonces apareció una oportunidad que pudo cambiarles la vida.

Clive Davis, uno de los hombres más poderosos de la industria musical, se interesó en el grupo y les pagó la sesión de grabación. Por fin parecía que alguien estaba dispuesto a escuchar lo que aquellos hermanos tenían entre manos. Pero había una condición: debían cambiarse el nombre. Death era demasiado incómodo para vender discos, demasiado oscuro para los planes de la compañía.

Ahí fue donde David se plantó. Podían discutir la música, los arreglos o cualquier otra cosa, pero el nombre no estaba en venta. Davis se retiró y la oportunidad se esfumó. Los hermanos se quedaron con sus siete canciones y con la sensación de haber llegado hasta la puerta de entrada para descubrir que alguien acababa de cerrársela en la cara.

Cualquiera habría pensado que ahí terminaba la historia. Sin contrato, sin una compañía detrás y con una industria que no sabía qué hacer con ellos, lo más fácil habría sido guardar las guitarras y buscar otro camino. Pero David y sus hermanos todavía tenían algo que decir.

En 1976 decidieron hacerlo por su cuenta. Fundaron su propio sello, Tryangle, y publicaron un sencillo con dos canciones: “Politicians in My Eyes” y “Keep on Knocking”. Mandaron prensar apenas 500 copias. Imagínate: quinientos discos para una banda que prácticamente nadie conocía, con un nombre que las compañías consideraban un problema y un sonido que parecía llegar de otra época.

No se convirtieron en estrellas. No llenaron estadios ni aparecieron en las portadas de las revistas. La mayoría de aquellas copias desapareció en manos de unos cuantos compradores, mientras el mundo seguía girando sin enterarse de lo que acababa de perderse. Décadas después, ese sencillo se transformaría en una pieza codiciada por coleccionistas, con ejemplares que llegaron a alcanzar precios cercanos a los mil dólares. Lo que en su momento pasó casi inadvertido terminaría siendo una pequeña fortuna para quienes tuvieron la suerte de conservarlo.

Después, la vida llevó a los hermanos por caminos distintos. Se mudaron a Vermont, donde tocaron gospel y más tarde reggae con la banda Lamb’s Bread. Death quedó atrás, al menos en apariencia. David regresó a Detroit en 1982 y continuó haciendo música a su manera, sin saber que algún día aquellas grabaciones encontrarían a quienes estaban destinados a escucharlas.

En el año 2000, David murió de cáncer de pulmón. Antes de partir, le entregó las cintas a Bobby y le dijo algo que terminaría cobrando un significado enorme: algún día el mundo vendría a buscarlas.

Bobby guardó las grabaciones en una caja blanca de cartón y la subió al ático de su casa, en Vermont. Ahí se quedaron, entre el polvo y los años, mientras la vida seguía su curso. Ni siquiera sus propios hijos sabían que existían. Para ellos, su padre era su padre; no tenían idea de que había formado parte de una banda que había grabado música capaz de sacudir los cimientos del rock.

Y entonces ocurrió algo que parece escrito para una película.

En 2008, algunas canciones de Death comenzaron a circular por internet en archivos MP3. Julian Hackney, hijo de Bobby, vivía en California y terminó escuchándolas. La voz le resultó familiar. ¿Cómo no iba a reconocerla? Era la voz de su propio padre, grabada más de treinta años antes.

Los hijos comenzaron a hacer preguntas. ¿Qué era aquello? ¿Por qué nunca les había contado que había formado parte de Death? Bobby tardó en entender de qué estaban hablando; al principio creyó que se referían a Lamb’s Bread. Pero cuando finalmente comprendió lo que sus hijos habían descubierto, llegó el momento de abrir aquella caja que llevaba tantos años guardada.

Ahí estaban las cintas.

Todo ese tiempo habían permanecido en el ático, esperando una segunda oportunidad. Los hijos de Bobby se encargaron de que aquellas canciones volvieran a sonar y formaron una banda llamada Rough Francis, un nombre tomado del apodo de su tío David. Querían tocar esa música, mantener vivo aquel sonido y demostrar que las canciones de Death todavía tenían algo que decir.

En febrero de 2009, el sello Drag City publicó …For the Whole World to See, el álbum que reunió aquellas grabaciones. Habían pasado treinta y cinco años desde que los hermanos entraron al estudio. Tres décadas y media en las que el mundo había descubierto el punk, el hardcore y un montón de bandas que jamás habrían imaginado que, en el Detroit de los setenta, tres hermanos negros ya estaban haciendo algo parecido, a su manera y sin pedir permiso.

La historia de Death tiene una de esas ironías que el rock sabe contar mejor que nadie. Una banda que pudo haber cambiado su destino si hubiera aceptado cambiar de nombre terminó convertida en una leyenda precisamente por conservarlo. David se negó a renunciar a una palabra que para él significaba mucho más que oscuridad, y sus canciones tuvieron que esperar a que otra generación estuviera lista para escucharlas.

Al final, las cintas no estaban perdidas. Estaban guardadas en una caja blanca, en el ático de una casa de Vermont, mientras el mundo seguía su camino sin saber que ahí arriba dormía una pequeña bomba de tiempo musical.

David ya no estaba para verlo, pero aquella predicción que le hizo a su hermano terminó cumpliéndose: un día el mundo vino a buscar esas canciones.

Y las encontró.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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