La Sexorcisto, octubre y 57 minutos de carretera

Cada octubre me da por sacar “La Sexorcisto: Devil Music Volume One” y ponerlo de principio a fin. Es una costumbre que se repite desde hace años y que ya forma parte de mi ritual de temporada.

octubre 12, 2026

Por Arturo Roti

Cada octubre me da por sacar La Sexorcisto: Devil Music Volume One y ponerlo de principio a fin. Es una costumbre que se repite desde hace años y que ya forma parte de mi ritual de temporada. Hay discos que uno escucha por las canciones que contiene y hay otros que necesitan escucharse completos, como una película que conoces de memoria pero que vuelves a ver porque sabes exactamente en qué momento viene esa escena que todavía te provoca algo. La Sexorcisto es de esos.

Y lo curioso es que ese disco llegó a mí por pura casualidad, gracias a uno de esos intercambios de música que eran tan habituales entre los amigos en aquellos años. Mi entrañable y ya fallecido amigo Heraldo Reyna me lo ofreció a cambio de alguno de mis discos. No recuerdo cuál le di ni cómo se dio exactamente el trueque. En aquellos tiempos era sencillo: un disco que ya no te llenaba tanto podía cambiar de dueño si aparecía otro que te llamara la atención. Acepté la oferta y hasta hoy no recuerdo qué salió de mis manos para que La Sexorcisto llegara a ellas.

Creo que salí ganando.

Desde la primera escucha hubo algo que me atrapó. Tal vez la voz aguardientosa de Rob Zombie, la guitarra de J. Yuenger, el bajo de Sean Yseult, aquella mujer de melena rubia y rizos que se plantaba con su instrumento en medio de una banda de tipos, o la traca de Ivan de Prume detrás de la batería. Quizá fue todo junto, porque este disco tiene algo que todavía me cuesta explicar: me corre por el cuerpo.

“Welcome to the Planet Motherfucker” arranca y de inmediato sabes que entraste en otro lugar. La guitarra de Yuenger, la voz de Rob y, entre los versos, los diálogos de aquellas películas de serie B que empiezan a mezclarse con la música hasta que ya no sabes dónde termina una cosa y comienza la otra. A mitad de la canción baja la velocidad y nos mete en “Psychoholic Slag”, con ese ritmo pesado e hipnótico que sigue acompañado por voces salidas del cine.

Y entonces llega la radio.

El sintonizador gira, aparece aquella voz en español que anuncia: “Ahorre, no compre sin visitar…”, y de pronto un boletín de otra década, uno de esos que avisan de un ejército de asesinos sueltos. Es un fragmento de La noche de los muertos vivientes, de 1968, de George A. Romero.

Y sin respirar entra “Thunder Kiss ’65”.

Yuenger dispara el riff, Sean entra con el bajo, Ivan de Prume revienta la batería y Rob suelta aquella frase que desde la primera vez se me quedó pegada: Living fast and dying young, like an endless poetry. Ahí entiendes que White Zombie no estaba haciendo simplemente metal; estaban construyendo una película que podía escucharse.

Y eso es apenas el principio.

Porque después vienen más películas, más voces, más riffs, más groove y una colección de referencias que parece sacada de la videoteca de alguien que pasó demasiado tiempo encerrado en un autocinema. The Exorcist, Dawn of the Dead, Hellraiser II, Star Trek, Russ Meyer, anime japonés, radio y hasta Daniel Santos aparecen en algún momento de este viaje.

Lo de Daniel Santos me hizo sonreír desde que lo descubrí, porque su voz ya era conocida en mi casa gracias a mi papá, fan de aquel cantante puertorriqueño que también pasó por la Sonora Matancera. Así que, de repente, aquella voz que yo asociaba con mi infancia aparecía escondida dentro de un disco de White Zombie. Cosas que solamente pueden hacer los discos: juntar dos momentos de tu vida que jamás imaginaste que tendrían algo que ver.

Cuando salió en 1992, La Sexorcisto todavía era una criatura del underground. Tardó en despegar y “Thunder Kiss ’65” necesitó varios empujones hasta convertirse en el himno que conocemos. Después llegó “Beavis and Butt-Head”, el video empezó a circular y White Zombie encontró un público mucho más grande. El disco terminaría vendiendo millones de copias.

Pero esa parte de la historia ya la conocemos.

Lo que a mí me sigue interesando es lo que ocurre cuando vuelvo a ponerlo en octubre y dejo que avance completo. No necesito saber de dónde salió cada voz ni reconocer cada película para disfrutarlo. De hecho, prefiero dejar algunas cosas sin resolver, porque parte de la magia está precisamente en escuchar algo que no conoces y preguntarte qué demonios acabas de oír.

Quizá por eso sigo regresando a él. Y ni madres, no es para recordar los noventas, sino para volver a sentirlo.

Y si nunca lo has escuchado completo, hazlo como debe ser: desde Welcome to the Planet Motherfucker hasta Warp Asylum, sin brincar canciones y sin buscar antes qué película aparece en cada sample.

Déjate sorprender.

A lo mejor descubres por qué este disco todavía me corre por el cuerpo.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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