Por Eduardo Ramírez
La velocidad trata la visión como materia prima, con la aceleración viajar equivale a filmar. […]
Las inmensas colas de espectadores que se mecían los sábados y domingos frente a las taquillas de cine, cierran filas ahora y con la misma frecuencia en los puestos de peaje de las autopistas. Simplemente, lo que antes empujaba a las masas a ocupar los sillones de las salas de cine, los empuja ahora hacia el asiento del coche.
Paul Virilio
07/08/26. La televisión, el automóvil y el crecimiento de la ciudad moderna en la segunda mitad del siglo XX definieron la manera de experimentar la realidad urbana de toda una generación a través de la capitalización de la experiencia.
Veo el capítulo en History Channel sobre la construcción de Disneyland. En ella detecto ciertas claves del actual urbanismo gentrificador, del origen de la industria audiovisual y de la experiencia en la ciudad moderna.
Estos dispositivos (automóvil, televisión, ciudad moderna) crearon una mediación con la realidad a través de la visualidad y de la experiencia como espectáculo.
Sintetizo la narrativa del episodio.
A principios del siglo XX, las empresas de tranvías construyeron parques de diversiones al final de cada línea para asegurar su pasaje los fines de semana en que disminuía, debido a que los trabajadores no requerían movilizarse hacia sus centros de trabajo.
Al construirse la ciudad moderna —por la influencia de la industria automotriz— enfatizando su trazo en vías de alta velocidad, se dejaron atrás a los tranvías como principal transporte urbano y, como efecto secundario, a los parques de diversiones.
En esa debacle de los parques de diversiones, Walt Disney pensó, además de producir largometrajes de dibujos animados, materializar ese mundo de fantasía en un parque temático. Uno de los problemas que enfrentó fue que construirlo costaría tres veces más que producir una película. Su costo sería de más cinco millones de dólares, casi 10.
Para encontrar un terreno amplio y barato para su parque sigue la lógica de las líneas de tranvías. Se basó en el plan de redes carreteras de California. Sabiendo hacia dónde se dirigirá esta red y el crecimiento de la ciudad de los Ángeles, escogerá Anaheim como el destino de su parque temático.
Más que repetir la lógica de los parques de diversiones cuyo foco de atracción era la rueda de la fortuna y la montaña rusa, Disney piensa en una experiencia más amplia. La fantasía como una forma de participar en una historia, un escape. Pensó en su parque temático como una película donde no fuera la imagen la que cautivara al espectador estático, sino que el espectador fuera el foco/centro de la experiencia y, al moverse, construir esta narrativa.
Por eso decide tener/contar con una sola entrada. Eso controla la experiencia narrativa. El diseño de la ruta del parque se estructura con un castillo como centro y desde ahí surgen rutas para distintas Tierras (lands) que, a nivel de experiencia, tienen que ver con las películas que se están produciendo: la Tierra de la Fantasía (los cuentos de hadas), la Tierra de la Aventura (documentales), Tierra Fronteriza (tierra de piratas y del viejo Oeste) y Tierra del Mañana (el espacio y la ciencia ficción).
¿Esto anticipa la urbanización de la ciudad ordenada en términos y zonas de capital y en su construcción más dirigida a la espectacularidad que a la funcionalidad?
Como el financiamiento a través de los bancos se dificultó por lo incomprensible del proyecto, se pensó en otra forma de financiamiento. Las formas de financiamiento de este parque se convirtieron en el origen de la industria del entretenimiento, de la experiencia que actualmente rige. La primera forma de financiamiento fue licenciar su nombre, volverlo un copyright. Como el dinero tampoco alcanzaba se pensó en financiarlo a través de un programa de televisión, industria en surgimiento entonces.
Para la segunda mitad de los cincuenta, las cadenas televisivas estadounidenses competían por generar nuevos contenidos para posicionarse en el mercado audiovisual. Entonces la televisión y la industria cinematográfica se veían como competencia. Se pensaba que la naciente industria de la televisión recibida en casa gratuitamente, podría restarle audiencias a la cinematográfica a la que tenías que acudir implicando un pago.
Disney no lo vio como competencia. En 1954 le ofreció a la cadena ABC la realización de un programa para, con sus ganancias, financiar la construcción de Disneyland.
La televisión es también una forma de convocar a las familias de clase media hacia su parque temático.
La ABC, con la producción del programa, se vuelve socia del parque. El programa semanal se vuelve un espacio de publicidad gratuita y una mediación audiovisual de la narrativa de la experiencia del parque por venir.
Para el día de la inauguración del Disneyland se planeó una transmisión en vivo que implicó un despliegue técnico de instalaciones y cámaras jamás realizadas por la cadena.
En julio de 1955 se realizó esta transmisión. Se estima que 90 millones de televidentes sintonizaron el evento, más de la mitad de la población del país. Lo que cuadruplicó el récord de audiencia hasta el momento.
A través de la televisión se estandarizó el deseo de vacaciones familiares.
Disneyland recibió un millón de visitantes en los siguientes dos meses. La mancuerna televisión, industria creativa, experiencia inmersiva, puso en el mapa económico a la industria turística como destino.
Hoy en día, la industria de los parques temáticos, son una industria global de 50 millones de dólares al año.
¿Qué nos revela Disneyland del actual modelo de ciudad (en su concepción, financiamiento y construcción :: automóvil, televisión y audiovisualización de la experiencia) como un ensayo de planeación urbana, de la ciudad como campus creativo?
¿Los videos o reels que promocionan los gobiernos y las inmobiliarias no son resultado de esa audiovisualización de la construcción de la ciudad moderna como fantasía?
¿Esta es una nueva forma de entender la construcción de la ciudad moderna como un parque temático de la experiencia de La Tierra del Progreso?
¿Las ciudades intermedias, y su búsqueda de adscribirse a eventos y certificaciones globales, es una forma de entrar al circuito de las ciudades que se capitalizan por la industria de la experiencia, de la ciudad como marca?
¿Las torres de usos mixtos con sus amenidades, podrían ser entendidas, más que como barrios comunitarios, como parques temáticos privados e inmersivos del habitar?
¿Así entenderíamos el apego de las clases privilegiadas por el rescate de edificios y estética de la modernidad, por la producción y su consumo de objetos experienciales (diseños, artoys) como suvenires de esta experiencia de ser turistas en nuestra propia ciudad?
¿No es irónico que paguemos excesivos costos económicos, afectivos, de uso fragmentado del tiempo, de salud por vivir momentáneamente en lo que nos venden como la Tierra del Progreso?
¿Más que el mundo de la fantasía y evasión, la ciudad moderna se volvió una película de terror para quienes no viven en la Tierra del Privilegio?
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Fotografía: Clement Couturier | Pexels.



