Maya VIII: En sueños

El propósito de los sueños en la vida no es aún claro, quizás en el cine sea más fácil definirlos. Intentar enumerar ejemplos sería una tarea interminable, en especial si consideramos que ya cualquier película es casi un sueño, por más realista que esta sea.

marzo 31, 2026

Por Raúl Quintanilla Alvarado

El propósito de los sueños en la vida no es aún claro, quizás en el cine sea más fácil definirlos. Intentar enumerar ejemplos sería una tarea interminable, en especial si consideramos que ya cualquier película es casi un sueño, por más realista que esta sea. Buster Keaton abrió esa posibilidad cuando, en Sherlock Jr., un proyeccionista se queda dormido y entra a la historia en la pantalla. Otra aportación de la obra es cómo resalta cada corte de la película a la que ingresa como brincos espaciales que confunden al protagonista. Es normal que en un sueño cambien los lugares sin que uno sospeche que está soñando, pero un sueño que tuve me reveló el terror de percibir esas elipsis y no poder explicarlas. No pude reconocerme dentro de un sueño, pensé que había muerto.

Habría que retroceder a los inicios del cine para rastrear lo onírico. Georges Méliès dirigió El sueño del astrónomo en 1898 para retratar la invasión de una Luna devoradora entrando por la ventana. Aunque esta fantasía febril es un ejemplo muy burdo, nos deja claro que el lenguaje de los sueños tiende a lo absurdo. Queda también claro que en esa época no existe la carga psicoanalítica para explicar lo que ocurre cuando dormimos. En contraste, Spellbound de Alfred Hitchcock depende en gran medida del psicoanálisis y el arte de Salvador Dalí para armar una de sus películas más débiles. Estos dos extremos son en mi opinión, dos usos poco interesantes del material onírico ya que reducen las posibles interpretaciones.

Aunque los sueños se prestan para unos experimentos plásticos muy bellos, esto suele ser insuficiente. En 1919, Douglas Fairbanks escribió, actuó y produjo una comedia bastante improbable, donde un psiquiatra malévolo quiere enloquecer al protagonista para orillarlo al suicidio. En un homenaje a los cómics de Winsor McCay, el villano le da de cenar cebollines, langosta y Welsh rarebit a Fairbanks, provocándole una pesadilla donde intenta huir en cámara lenta mientras lo persiguen estos mismos bocadillos (actores en botargas) en cámara rápida. Ese mecanismo de movimientos aletargados en una emergencia es algo con lo que todos podemos relacionarnos. Un uso más creativo de los sueños lo haría Carl Dreyer en Vampyr, donde los desdoblamientos y las alucinaciones están mejor integradas con la narrativa, incluso creando un ambiente onírico en las escenas, en apariencia, más normales. Un ejemplo: el recorrido que presenta el punto de vista de un muerto y lo que observa desde su féretro.

Son necesarios grandes artistas como Luis Buñuel, Jean Cocteau o Maya Deren para en realidad explorar los sueños. Empezando con Un perro andaluz creo que tenemos un verdadero ejemplo de cine onírico. No creo que la intención haya sido tal cual retratar un sueño sino tomar lo aparentemente absurdo de su lenguaje, multiplicando las asociaciones libres, las imágenes surreales y lo inexplicable. En lo personal prefiero a Maya Deren en Meshes of the afternoon porque parece más enfocada en darle consistencia y una lógica interna a su cortometraje, más que impactar. Asimismo, La sangre de un poeta de Cocteau deja claro que se requiere de un poeta para potenciar los sueños en algo más trascendente.

Quizás uno de los usos más molestos del sueño es cuando al final de una historia el protagonista despierta y anula toda la aventura. Estoy de acuerdo en que es un recurso flojo, pero se me ocurre un buen ejemplo que podemos hallar en la filmografía de Fritz Lang, prefiero no mencionar el título, solo diré que a veces las ideas más sencillas pueden ser las correctas. Estoy seguro de que si exploramos todas las películas con Freddy Krueger encontraríamos muy buenos ejemplos del lenguaje onírico. En cambio, una de mis películas favoritas, Vértigo de Hitchcock, creo que es un ejemplo muy pobre del uso de las pesadillas. Sueños de Kurosawa tampoco parece aportar al tema, aunque está repleta de imágenes increíbles.

A veces el tema de los sueños es el enfoque principal en la película, como es el caso de Waking life de Richard Linklater y Paprika de Satoshi Kon. De Linklater me gusta que nos ofrece múltiples explicaciones sobre los sueños, es casi un manual para el soñador. De Kon aprecio lo fluido y febril de su animación, pero en especial, la idea de un sueño colectivo que se desborda al mundo real, quizás una buena metáfora de lo que es el cine.

Por más que aprecio todas las escenas surrealistas intercaladas en las películas de Buñuel, el verdadero tesoro es cuando estas abarcan el total del largometraje. Tomo de ejemplo El fantasma de la libertad y La vía láctea que dejan ver a un artista muy libre y despreocupado, en total control de su medio, aunque no dejan de ser excusas para hacer una crítica social, más que una exploración de lo onírico.

Mis ejemplos favoritos son directores que parecen borrar la línea delgada entre el sueño y la vigilia. Mi película favorita es 8 1/2 de Federico Fellini, en donde cruzamos esas fronteras de manera casi imperceptible, vamos del presente al pasado, del sueño a la fantasía, al final ya no estamos seguros dónde estamos, parecería que estamos en estados opuestos simultáneamente. Luego tenemos toda la filmografía de Tarkovsky que parece correr en un tiempo cristalizado, donde confluyen la fantasía y la realidad, pero en especial su película El espejo es prácticamente un sueño hecho filme, en todos los sentidos. En palabras de otro grande, Ingmar Bergman: “Tarkovsky es el más grande, el que inventó un nuevo lenguaje, fiel a la naturaleza del cine, ya que captura la vida como un reflejo, como un sueño”.

Bergman también alcanza momentos extraordinarios, por mencionar uno, Persona abre esa puerta al otro mundo y la deja entreabierta. En un punto deja de importar lo que es realidad, ficción, sueño o vigilia, al final parece todo confluir en una sola cosa. En palabras de Calderón de la Barca “la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, pero habría que actualizarla: “la vida es sueño, y los sueños, cine son”.

También habría que mencionar a Werner Herzog que sabe elevar sus películas a ese estado onírico, incluyendo sus documentales como Fata Morgana que fluyen como un sueño. Y cómo olvidar cuando Herzog hipnotizó a casi todos los actores de su película Corazón de cristal, para darle esa aura onírica a todo el filme. Otro ejemplo claro es Sergei Parajanov cuya obra entera es como el sueño de un pintor y poeta que no tiene miedo a convertir el cine en sueño. Y por último, pero quizás el director más inmerso en ese lenguaje, está David Lynch. Desde su primer largometraje, Eraserhead, dejó claro que él no tenía los pies en la tierra, los tiene en algo más profundo y trascendental, en una sustancia oscura y misteriosa, origen y fin de todo, esa sustancia es el sueño.

Raúl Quintanilla Alvarado (Monterrey, 1982). Desde los 17 años se ha dedicado a la producción audiovisual, con una filmografía de más de 500 cortometrajes y 7 largometrajes, en donde ejerce los puestos de productor, guionista, director, actor, fotógrafo, editor y colorista. Recibió el premio de adquisición en la Bienal Artemergente 2012 y el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2023. Actualmente es Vocal de Cine en Nuevo León, produce el podcast sobre arte y cultura Rodar el Trueno y la serie web La Generación del Sueño.

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