En arte, los aceptados como aptos son muy escasos y la mayoría termina en actividades no relacionadas al arte o en la enseñanza del arte, sin haber sido preparados para las actividades en las que sobreviven.
La educación de los artistas en el día de hoy es un fraude.
Luis Camnitzer
19/09/26. ¿La educación nos disciplina o nos emancipa?
La Universidad de Monterrey (UDEM) decidió cerrar la matrícula de su carrera de arte este verano. Un grupo de jóvenes graduadxs de esta carrera se pregunta catastróficamente, ¿cuál es el futuro de lxs artistas en Nuevo León?
Esta decisión privada y esta actitud catastrofista me hacen pensar algunas cosas.
1.
La profesionalización de los estudios de arte (su incursión en la educación superior y/o licenciatura) coincide en el periodo en que las universidades entran en crisis. A partir de sesentas se cuestionó su autoritarismo, su función hacia la sociedad, su asimilación por una sociedad mercantilista. Esta coincidencia de tendencias genera condiciones particulares.
La función de la formación universitaria es productivista: proveer de un empleo, acceder a un mercado de trabajo, proporcionar conocimientos, habilidades y relaciones que los vuelvan productivos, participantes activos de la economía de consumo.
La formación universitaria se vuelve un esquema transaccional, yo te doy mi tiempo y una paga :: tú me das un diploma. Se burocratiza. Se priorizan una serie de esquemas administrativos, de control, más que pedagógicos.
Más que basarse en técnicas, la producción artística se empieza a basar en teorías (del lenguaje, de la comunicación, del arte) y últimamente tecnológicas postindustriales (computacional, digital).
El acceso digital (Coursera, Ted Talks y demás formatos) a la información y el conocimiento, cuestiona la función de las universidades.
Particularmente la producción artística y su inserción en el circuito profesional activo, no requiere del título a diferencia de otras prácticas profesionales como la abogacía, la medicina, las ingenierías. Artistas destacados provienen de otros campos como la arquitectura, la pedagogía, la ingeniería, incluso.
Estas condiciones vuelven a los productores artísticos dependientes (de becas, premios, mecenas, redes de inserción, intermediaciones, asesores, revisores de portafolios) y los inserta en un círculo de precarización.
2.
Por esos días reviso —para su presentación— el catálogo-libro de la investigación-exposición Los grupos y otras revueltas artísticas, redes y colectividades en México, 1976-1985, en el MUAC de CDMX.
En uno de sus textos, Mónica Amieva establece, “el trabajo educativo de los grupos, fue más allá del mero cuestionamiento de los formatos, principios organizativos y modos de funcionamiento de la educación tradicional y de la cultura de este periodo. Buena parte de las obras con aristas pedagógicas de estas agrupaciones intentaron también acotar con estrategias participativas de cocreación la distancia entre arte, el artista y ‘el espectador’; retar las rígidas estructuras de los pilares de las instituciones educativas, culturales y museísticas, así como abrir nuevos canales de circulación de sus obras, con la finalidad de interpelar a los públicos hasta entonces marginales”.
Esta lectura me hace pensar en cómo conciben la función de la pedagogía estos “reclamos” contra el cierre de la carrera de arte.
¿Cómo es posible que productorxs ya graduadxs y maestros de la carrera de arte sientan que “el futuro del lxs artistas” se cimbre por esta decisión vertical de una institución privada, incluso reconociendo que su aportación formativa era deficiente?
En mi experiencia como alumno y como maestro me quedó claro que la real contribución pedagógica que obtuve y promoví de la educación profesional, no provenía de ni sucedía en sus aulas; sino en sus cafeterías y, sobre todo, en el espacio y experiencias que se daban al salir de sus instalaciones.
Esta orfandad evidencia una dependencia que asigna al otro (escuela, institución, figura patriarcal) la responsabilidad única de nuestro ejercicio y trascendencia profesional. Como si “lxs artistas” fueran el último eslabón de la cadena educativa, su única finalidad.
En un país con una desigualdad educativa como México (el grado de analfabetismo es de 3.7% y el promedio de escolaridad es de 10 años), haber terminado una carrera profesional es un privilegio y una responsabilidad.
¿Por qué nos sentimos desamparadxs al tener este privilegio?
¿Qué deberíamos estar haciendo para dejar fluir estos conocimientos y esta formación hacia estas otras comunidades desfavorecidas en vez de dirigir nuestra “producción” hacia una comunidad privilegiada y clasista para que las/nos consume?
¿Es posible aprovechar esta formación/posición para pensar y producir esquemas pedagógicos para que otros miembros desfavorecidos de la sociedad puedan beneficiarse?
3.
Llamó mi atención que, a la convocatoria tras esta pregunta sobre el futuro de lxs artistas, acudieran algunxs maestrxs de esta carrera, tanto de la universidad que tomó la decisión como de otras.
¿Atendieron la convocatoria porque también se sienten desamparadxs en su práctica docente que les da de comer?
¿Fueron a ofrecer sus servicios personales de asesorías y revisión de portafolios a estxs profesionistas huérfanxs?
¿Hay maestrxs que como parte de sus enseñanzas quieren prolongar la dependencia de sus alumnxs “formando escuela” y otros que promueven que sus discípulxs “superen al”/ya no dependan del maestrx?
¿Lxs maestrxs, universidades, instituciones, asesores lo único que hacen es ejercer la educación como un proceso cuyo objetivo es disciplinar, generar dependencia?
¿La educación nos disciplina o nos emancipa?
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Fotografía: cottonbro studio | Pexels.


