Volver a casa

En la vida de quienes emigran hay un punto de no retorno. O mejor dicho, la migración es el punto de no retorno. Emigrar es la distancia que perdura en el tiempo y el espacio hasta el punto de borrar las referencias familiares y reconfortantes del reconocimiento de uno mismo en el otro.

abril 11, 2026

Por Virginie Kastel

En la vida de quienes emigran hay un punto de no retorno. O mejor dicho, la migración es el punto de no retorno. Emigrar es la distancia que perdura en el tiempo y el espacio hasta el punto de borrar las referencias familiares y reconfortantes del reconocimiento de uno mismo en el otro. La emigración forma parte de mi herencia.

Olvidar los rasgos familiares de las personas que comparten nuestro ADN, olvidar las costumbres que reúnen alrededor de la mesa. Olvidar quién se es, o aferrarse a una definición que ha perdido sus puntos de referencia. Para un migrante, el tiempo se detiene, y con él, su cultura deja de evolucionar al tiempo que se fortalece.

Para mi abuela, esa ruptura violenta marcó su vida de forma dramática; a pesar de vivir en Francia, crecimos en la Italia de los años cincuenta. No somos contemporáneos de las personas y la sociedad que nos rodean. Ese anacronismo me fascina y lo asocio a los animales disecados que mi padre encuentra en las carreteras por las noches. Aprendo a hablar con el silencio de los muertos en los ojos vidriosos del zorro, del búho, de la ardilla y del jabalí del comedor. El bosque encantado de nuestro interior.

Para un italiano, la familia es la unidad de medida del grupo. Mis hijos son franceses, mi vida está aquí. Me oigo decir esta misma frase 35 años después, al hablar de mi propia vida. Mi abuela no volverá a vivir a Italia, nunca dejará de añorar su tierra y a las amigas que dejó atrás cincuenta años antes de que yo naciera. Mi otra abuela habla en alemán en secreto con sus hermanas, y cuando las pillan, se callan; de niñas, durante la guerra, hablar alemán está prohibido. Así que yo crezco y soy testigo de algo que no entiendo, pero que observo con gran atención. No se trata solo de la migración, sino del desarraigo provocado por las guerras, los miedos y las esperanzas que habitan bajo mi piel y la de mis primos, y que también explican nuestras adicciones.

Volver a casa. Hace poco me estremecí al conocer un italiano que viene de un pueblo cerca de Roma. Hay muchas formas de perderse o de encontrarse. Los brazos del italiano, la entonación de sus vocales, la forma de su nariz puntiaguda y redondeada que solo existe en Italia, su absoluta falta de paciencia y su machismo vanidoso me hicieron sentir, por un momento, el calor de un lugar familiar de la infancia. De eso se trató nuestro encuentro; no hacía falta repetirlo. La posibilidad del regreso se presenta siempre de manera inesperada. Quienes regresan a casa han terminado de emigrar.

Virginie Kastel Ornielli es curadora, docente y editora en Tresnubes Ediciones. Fue coordinadora general de artes visuales de San Pedro Garza García (2021-2024), donde dirigió el Centro Cultural Plaza Fátima. En 2020, obtuvo el Reconocimiento Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Entre sus proyectos curatoriales destacan: Tres maneras de desdoblar un cuerpo, de Miriam Medrez, en el MACT; Impermanente y frágil, en Casa Frissac, Tlalpan (mayo-julio 2024); Estados mentales, de Chuma Montemayor, en Ciudad Victoria (agosto-noviembre 2024); y Ver con las manos, en la Galería Emma Molina, Monterrey (diciembre 2024). Actualmente, se desempeña como gerente de exposiciones y publicaciones del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO).

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