Por Arturo Roti
Descubrí a «Rush» en 1980, cuando era apenas un niño de 12 años. Fue un momento que quedó grabado para siempre en mi memoria. Estaba viendo el programa RG en TV, conducido por Adrián Peña, en aquel viejo Canal 12, y de pronto apareció el video de Tom Sawyer. Desde la primera nota, el tema me atrapó por completo. Era algo distinto, poderoso, único. Pero más allá de la música y la mística del trío canadiense, hubo algo que se quedó conmigo: el baterista. Ese tipo, Neil Peart, era un monstruo detrás del kit. Su técnica, precisión y estilo eran algo de otro mundo, y me dejó completamente fascinado.
Unos días después, mientras me preparaba para ir a la escuela, me topé nuevamente con «Rush». Esta vez, el Canal 8 transmitía videos de rock por las mañanas, y ahí apareció Closer to the Heart. Algo me llamó la atención de inmediato: Neil lucía diferente. Tenía un bigote espeso y una larga cabellera que le daba un aire completamente distinto al tipo que había visto en Tom Sawyer. Por un momento pensé que era otro baterista, pero no, era él. Y, como siempre, tocaba con una maestría abrumadora.
En esa época, yo y mis amigos de entonces —Tiko, René, Pepe y yo— comenzábamos a adentrarnos en el mundo del rock. Éramos apenas unos chiquillos de 12 y 13 años, pero con una curiosidad insaciable por la música. En nuestro barrio había un chico al que todos llamábamos «El Zurdo». Él era como el sabio musical del lugar, y solía prestarnos discos de todas las bandas que admiraba. Fue gracias a él que pusimos nuestras manos en el álbum doble en vivo de «Rush», All the World’s a Stage. Ese disco fue nuestro pasaporte al universo de la banda y, en particular, a la genialidad de Neil Peart.

Pero hoy no quiero hablar de «Rush» como banda. Hoy quiero hablar de Neil. Porque no importa cuántos años pasen, Neil Peart sigue siendo el más grande baterista que el rock haya conocido. Su legado es inmenso y su influencia intocable. Dicen que nadie es indispensable, pero, en el caso de Neil, su partida dejó un vacío que nadie podrá llenar.
El hombre detrás del kit
Neil Peart no solo era un baterista virtuoso; era un filósofo del ritmo. Su apodo, «The Professor» (El Profesor), no era casualidad. Neil era el cerebro detrás de las letras de «Rush», las cuales estaban cargadas de referencias literarias, reflexiones filosóficas y cuestionamientos sociales. No era un simple músico, era un pensador, un intelectual que hacía de la batería su herramienta de expresión.
Su estilo de tocar era único. Combinaba técnica, velocidad y una precisión casi matemática. Cada golpe, cada redoble, estaba pensado al milímetro. Pero, a pesar de esa perfección, su manera de tocar no era fría ni mecánica. Había emoción, intensidad y un sentido de grandeza que hacía que cada canción de «Rush» fuera una experiencia épica.
Neil no era alguien que buscara los reflectores. Siempre se mantuvo alejado del protagonismo y la parafernalia del mundo del rock. Era reservado, introspectivo y, según cuentan, bastante tímido. No le gustaba dar entrevistas ni estar en el centro de atención. Prefería dejar que su música hablara por él.
El viajero incansable
Si hay algo que definía a Neil fuera del escenario, era su amor por los viajes en moto. Para él, recorrer las carreteras no era solo un pasatiempo, era una forma de vida, una manera de encontrar paz y reflexión. Durante las giras con «Rush», Neil solía viajar de una ciudad a otra en su motocicleta, mientras el resto de la banda lo hacía en avión. Para él, esas largas travesías eran una forma de desconectar del ruido y conectarse consigo mismo.
Esa fascinación por los viajes quedó plasmada en varios libros que escribió a lo largo de su vida. Neil era también un escritor consumado, y en obras como Ghost Rider: Travels on the Healing Road, relata cómo los viajes en carretera lo ayudaron a superar las tragedias personales que marcaron su vida.
Una tragedia devastadora
Hablar de Neil Peart es hablar también de su fortaleza frente al dolor. En 1997, la vida de Neil dio un giro brutal cuando su hija, Selena, murió en un accidente automovilístico a los 19 años. Solo diez meses después, su esposa Jackie falleció a causa de un cáncer que, según Neil, fue provocado por el inmenso dolor de haber perdido a su hija.
Destrozado, Neil decidió alejarse de todo. Vendió su casa, subió a su motocicleta y emprendió un viaje de miles de kilómetros por América del Norte y Central. Fue su manera de lidiar con la pérdida, de encontrar sentido en medio del caos. En ese tiempo, «Rush» quedó en pausa, y nadie sabía si Neil volvería a tocar. Pero, como el guerrero que era, Neil regresó. Volvió a los escenarios, a la música, y siguió entregando su arte al mundo.
El adiós al profesor
El 7 de enero de 2020, Neil Peart falleció a los 67 años tras una batalla contra el cáncer cerebral. Su muerte fue un golpe devastador para el mundo de la música. Neil había sido siempre una figura casi mitológica, alguien que parecía intocable. Pero, como todos los grandes, también era humano.
El legado de Neil Peart trasciende la música. Fue un maestro, un innovador y una inspiración para generaciones de músicos y fans. Su influencia se siente en cada baterista que busca algo más que ritmo, que quiere contar una historia con cada golpe de tambor.
Reflexión final
Neil Peart no solo tocaba la batería; la vivía. Su forma de tocar era una extensión de su filosofía de vida, de su búsqueda constante de significado y belleza. Para quienes crecimos escuchándolo, Neil fue más que un músico; fue un mentor, un guía, alguien que nos enseñó que la música no solo se escucha, se piensa, se siente y, sobre todo, se vive.
Hoy, cada vez que escucho un tema de «Rush», no puedo evitar imaginar a Neil en su moto, recorriendo una carretera infinita, con el viento como su único compañero y un paisaje eterno de montañas y estrellas. Así lo recordaré siempre: como un viajero incansable, un profesor eterno y el más grande baterista que el rock haya conocido.
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Foto: Neil Peart, por Larry Marano



