Por Daniel Espartaco Sánchez
Zoe Saldaña interpreta a Rita, una todavía joven abogada que trabaja en la defensa de un personaje influyente que ha asesinado a su esposa. Se odia a sí misma y al mundo por esto, y al estado de impunidad y violencia en México, pero eso no le impide cobrar cada quince días y vestir como oficinista de esos que comen en las fondas alrededor de Insurgentes. La vemos debatirse en medio de un juicio inexplicablemente oral y abierto al público, como en Estados Unidos, prueba de que ni el director ni los guionistas de esta historia tienen idea de cómo funciona el sistema legal mexicano. En su decálogo, Danilo Kiš dijo: “no escribas sobre los lugares donde estuviste como turista”. Lo mismo podría aplicarse al cine. La primera red flag, pero vamos a ignorarlo, también ignoraremos que Rita se pone a cantar en medio del juicio porque estamos ante ¿un musical? Aceptemos el reto, nos gustan los musicales. Todavía estamos dispuestos a entrar a la ficción. Luego vemos cómo Rita vive en un barrio pobre de la Ciudad de México que se parece a la colonia Roma, donde viven los extranjeros que vienen a hacer películas sobre lo mal que está todo en la Ciudad de México, desde hermosos departamentos que ellos han ayudado a gentrificar y que, de vez en cuando, escuchan la grabación de estufas, colchones, refrigeradores… y les parece harto pintoresca, y pos hay que ponerlo en el guion. Rita recibe una llamada misteriosa, el paso al segundo acto. Un tipo que habla como matón de Dick Tracy la cita en un puesto de periódicos para luego ser secuestrada y llevada a un descampado donde se encuentra con il capo di tutti capi del narcotráfico mexicano, un tal «Manitas». Este le dice cantando que quiere cambiar de sexo no sólo para cambiar de identidad, sino porque desde muy chiquito quería ser mujer. Y le pide que ella, precisamente ella, le ayude a gestionar esto en diferentes países y con diferentes médicos. Es decir, que para ser un capo de la droga y sobrevivir tienes que tener a tus órdenes a un ejército de policías, políticos, abogados, gestionadores de todo tipo, contadores y brokers, pero de manera inexplicable este capo recurre a una abogadita de tres al cuarto. Segunda red flag, pero todavía queremos entrar en la ficción. En este segundo acto, vemos a Zoe cantando por todo el mundo, desde Singapur a Israel organizando el cambio de sexo de su nuevo jefe. Se abre un debate por encimita de qué es ser un hombre y una mujer. No importa, porque como ya dije, nada más es por encimita. Así, todos los temas que se tocarán en esta película se harán por encimita: el cambio de sexo, la violencia, el narcotráfico, los desaparecidos, la culpa y la redención. ¿Quién necesita un tratamiento serio de algo en la sociedad del espectáculo, donde cualquier paparruchada hasta pasa por cine de arte? Y para no hacer el cuento corto largo, como dice mi tío David, todo sale muy bien, pero cuatro años después… Zoe/Rita ya no es una abogadita de tres al cuarto que compra sus trapos en Zara, y ahora vive en Londres rodeada de lujo y gente interesante cuando se le aparece «Manitas», es decir, el que fuera «Manitas», ahora llamada Emilia Pérez, un nombre que suena muy mexicano, ya se sabe. Esta le pide a Zoe/Rita recuperar a sus hijos, que, en el acto anterior, ya vimos que los quería mucho porque jugaba con ellos futbol, sin embargo, los manda con su madre (Selena Gómez) a vivir en Suiza, pero los extraña. Así que tiene la maravillosa idea de regresar a México con sus hijos y su esposa y hacerse pasar por una prima del «Manitas». Es decir, con recursos ilimitados se podría ir a vivir a cualquier parte del mundo, pero elige precisamente México. ¿Qué puede malir sal? Esta tercera red flag ya es más grande que la bandera soviética en la Plaza Roja. Y a partir de ahí, todo mal. Emilia está arrepentida por todo el mal causado, así que funda una ONG para buscar a los desaparecidos, se enamora de una mujer llamada Epifanía, porque, ya se sabe, a sí se llaman las mujeres que limpian los departamentos de los franceses que vienen a la Roma a escribir películas. Selena Gómez se enamora de un vividor, tal y como lo hace Sharon Stone en Casino, poniendo un supuesto punto de tensión en la trama, porque para entonces poco o nada nos importa la trama. Todo puede ocurrir y los arcos de los personajes son absurdamente débiles e inoperantes. Todo es miel sobre hojuelas hasta que… spoiler alert!, como si a alguien le importara.
Salvo el oportunismo respecto al tema de los desaparecidos, las críticas que he leído en redes me parecerían tan superficiales como la película misma. Porque, hay que decirlo, En busca de Emilia Pérez es una bonita película que pasea como un turista y sin respeto por temas vitales para otros: no denuncia nada que no se haya denunciado ya muchas veces hasta el hartazgo y reduce realidades complejas al más puro estilo Disney: ¿es posible la redención de un capo de la droga mexicano, responsable de miles de muertes, secuestros y torturas al transformarse en una mujer?
Me sorprendería que esta criatura de Frankenstein haya ganado dos premios en Cannes de no ser porque el jurado fue precedido por Greta Gerwig, por ejemplo, creadora de otra criatura similar a esta. Qué bonito es premiar producciones con ¿mensaje social? que toman temas tan relevantes como los desaparecidos y dan visibilidad a la comunidad transgénero, aunque lo haga de una manera superficial, existiendo precedentes mucho mejores. Y sin embargo, se trata de una película casi bien hecha, de no ser por el guion lleno de agujeros, a veces conmovedora, como el momento en que Rita y Emilia se reencuentran, con la que los mexicanos disfrutaríamos más si las partes que ocurren en México sucedieran mejor en Colombia, Ecuador, o cualquier otro país tercermundista. Resulta difícil, pero no imposible, obviar la ingenuidad de ciertos personajes, o la manera como en esta ficción está organizado el sistema penal mexicano, pero celebro que hayan contratado a Zoe Saldaña y su acento colombiano (aunque para justificarlo luego nos digan que es de Veracruz y que mejor no, de Dominicana) o Selena Gómez a pesar de su pésima pronunciación del español (las he escuchado peores). Todo esto podría obviarse incluso, pero lo demás no. Tal vez el origen del mal es que todo está construido alrededor de una premisa boba y fácil, al estilo de un capo de la mafia que está deprimido y va al psicoanalista. Es decir: un capo del narco mexicano cambia de sexo porque siempre ha querido en realidad ser mujer. Qué ironía si pensamos que un Chapo, por ejemplo, es la summa de la masculinidad tóxica. Qué buen chiste, ja ja ja, tan gracioso como estufas, colchones, refrigeradores…
Otro apunte: los diálogos son mucho más naturales que en muchas películas mexicanas, independientemente del acento. Felicidades al genio que los adaptó y que no veo en los créditos. La sintaxis de los mismos es de lo más parecido que he escuchado al habla mexicana en una producción, sin necesidad del exceso de palabrotas como en las de Luna y García. Gascón, Zoe y Selena hablan con la sintaxis mexicana, más allá del acento que tengan. Pero en resumen: En busca de Emilia Pérez es otro producto blanco y progresista lleno de las buenas intenciones con las que, según dicen, está adoquinado el camino al infierno.
Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.
Foto: Netflix.



