Una humilde propuesta

Sólo hay una forma de saber lo que tienen que padecer las personas con movilidad reducida y es literalmente padecer la movilidad reducida al menos por un tiempo.

agosto 21, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

Si Hammurabi —el sexto rey de Babilonia y uno de los primeros legisladores de la Historia— regresara del mundo de los muertos para establecer el orden en esta ciudad sin ley, llena de paganos y pecadores, y resucitara su famoso código, el código de Hammurabi (que no por algo lleva su nombre), yo con muchísimo gusto le sugeriría el siguiente artículo, adaptado, por supuesto, al lenguaje políticamente correcto de nuestra época:

Si una señora o señor se estaciona en el paso de peatones, o en las rampas para las personas con movilidad reducida, o en el lugar designado para que se estacionen las mismas, se le romperá una pierna para que viva en carne propia lo que es tener movilidad reducida.

O, lo que es lo mismo, la famosa ley del Talión, pues el propio Hammurabi afirmaba que los dioses lo habían elegido para traer justicia y proteger a los débiles (y quién es uno para cuestionarlo), algo que en teoría tendría que hacer un Estado que no duda en perseguirnos cuando no pagamos nuestros impuestos. Aun así, romper una pierna (o dos) me parece algo benigno comparado con la ordalía, un método muy recurrido por entonces (y que se ha vuelto a poner de moda), como aquella contenida en dicho código que decía que si un señor acusaba a otro señor de brujería, y no podía probarlo, el señor acusado de todas formas tendría que ser echado al río, que era el equivalente de entonces al linchamiento en redes sociales. Otro encantador apartado del código de Hammurabi dice que si un señor hace un agujero en la pared de la casa de otro señor, será enterrado vivo justo debajo de dicho agujero. ¡Qué!, pensará el lector, ¿la gente hacía hoyos en las paredes de los demás a tal grado de que había que ponerlo en un código? Tal parece que sí, lo cual se entiende si nos damos cuenta de que las casas estaban hechas de barro. Sin embargo, tendría mucho más sentido que algunas de las leyes todavía vigentes en Estados Unidos, como prohibir cantar en el baño en Pennsylvania, prestar la aspiradora al vecino (en Denver) o aquella de Florida que estipula que un elefante estacionado en la calle debe pagar la misma cuota de parquímetro que un automóvil. 

En cuanto a mi propuesta, estoy seguro de que el sexto señor de Babilonia estaría de acuerdo conmigo, pero mientras tanto —y la resurrección parece algo imposible, especialmente si el susodicho lleva ya como 4,000 años bien frío de tan muerto—, los que padecen de esta singular característica (la movilidad reducida), tendrán que soplarse a todos los impíos que cometen este tipo de infracciones, ya que los 83,000 policías de la Ciudad de México parecen ignorarlas (las infracciones) salvo cuando se acerca diciembre y policías y criminales también quieren su Navidad fighting the nation with their guns and ammunition.

Una pierna rota (o dos) podría ser una medida que ahora nos parezca demasiado draconiana, palabreja dominguera inventada en honor del arconte epónimo Drakōn, otro visionario legislador de la antigüedad, pero tal parece que la única forma de que nos pongamos en el lugar de los demás es precisamente ponernos en el lugar de los demás. Sólo hay una forma de saber lo que tienen que padecer las personas con movilidad reducida y es literalmente padecer la movilidad reducida al menos por un tiempo reducido. Este año, me rompí un pie y he tenido que ingresar a la cofradía de los que usan bastón. Desde entonces, sigo en espera de una operación que me convertirá en una especie de cyborg con clavos de titanio, algo que ya era mi sueño desde mi más tierna infancia: emular a Robocop. Esta es la razón por la que he tenido que padecer muchos inconvenientes al caminar por la calle, más allá de los contumaces y recalcitrantes automovilistas, como la falta de rampas, las escaleras eléctricas descompuestas del Sistema de Transporte Público o semáforos peatonales sin calibrar o inexistentes. Es decir, que escribo esto desde la superioridad moral de quien ya ha pagado su deuda con la sociedad.

Pero si no tenemos un rey de Babilonia, al menos tendremos que conformarnos no con los jardines colgantes de Babilonia, sino con el jardín flotante de Clarita Brugada, que sobrepasa en mucho a las siete maravillas del mundo antiguo todas juntas, que mi abuelo me hacía recitar de memoria y que a saber son (o eran): los susodichos jardines, el templo de Artemisa en Éfeso, el faro de Alejandría, el coloso de Rodas, el mausoleo de Mausolo, la estatua de Zeus en Olimpia y la pirámide de Giza, de las cuales, por desgracia, sólo nos queda esta última.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

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