La ‘Frankenstrat’ del Pupitre: Mi Tributo a Eddie Van Halen

Inspirado por la mítica guitarra "Frankenstrat" de Eddie Van Halen, llevé mis plumones Esterbrook y comencé a dibujar sobre el pupitre. Líneas rojas y negras se entrecruzaban en perfecta armonía, como las de la icónica guitarra que había visto en los videoclips.

febrero 1, 2025

Por Arturo Roti

Uno de los episodios más extraños y memorables de mi vida ocurrió cuando me expulsaron de la secundaria. No fue por mal estudiante, ni por ser una mala influencia; fue por una serie de eventos que se salieron de control. Corría el segundo año de secundaria, y aunque era un chico inquieto y ruidoso, siempre cumplía con mis tareas y sacaba buenas notas. Mi mejor amigo, Carlos, y yo, éramos inseparables, pero también sabíamos que para sobrevivir en una secundaria algo ruda, había que hacer las paces con la «banda de la mala influencia».

En mi barrio, si te rajabas en una pelea, perdías el respeto. Por eso, siempre encaré las cosas con firmeza y, afortunadamente, me gané el reconocimiento de mis compañeros. Sin embargo, mi verdadera pasión no estaba en las peleas ni en las travesuras: era la música. Desde niño, fui un fanático empedernido de los guitarristas. Eddie Van Halen era mi héroe absoluto, y mi fascinación por él marcaba cada aspecto de mi vida, incluso en la escuela. Fue esa pasión la que, sin querer, me metió en problemas.

Los pupitres de la secundaria eran horrendos. Planos, grises, aburridos… una tortura visual. Un día, mientras veía aquel trozo de madera tan triste, decidí darle un poco de vida. Inspirado por la mítica guitarra «Frankenstrat» de Eddie Van Halen, llevé mis plumones Esterbrook y comencé a dibujar sobre el pupitre. Líneas rojas y negras se entrecruzaban en perfecta armonía, como las de la icónica guitarra que había visto en los videoclips. Después de horas de trabajo, mi pupitre ya no era un simple pedazo de mobiliario escolar; era una obra de arte. Para mí, era un tributo a Eddie, un grito de rebeldía y creatividad. Pero esa misma obra me metería en más problemas de los que podía imaginar.

El problema llegó cuando algunos compañeros llevaron sus bromas demasiado lejos con otro alumno. Yo ni siquiera estaba cerca del desastre, pero al parecer, ser amigo de ellos me convertía automáticamente en cómplice. Esa culpa por asociación bastó para que me llevaran entre las patas. Para colmo, en el momento del interrogatorio, el subdirector decidió revisar mi cabello. En esa época lo usaba largo, pero lo disimulaba pegándolo con limón (un truco que, según yo, funcionaba perfecto). Sin embargo, un jalón bastó para dejar al descubierto mi melena. Fue como echarle leña al fuego: la santa regañada que me llevé aún resuena en mi memoria.

El subdirector me gritaba mientras sus ojos parecían buscar algo más para culparme. Entonces, alguien notó mi pupitre. Supongo que para ellos fue algo tan insólito como encontrar una guitarra eléctrica en una escuela de secundaria pública. Lo llevaron directo a la dirección, y ese mismo día, escoltaron a mi casa para hablar con mis padres.

Ya en casa, intenté defenderme. Les expliqué a mis padres que no tenía nada que ver con lo que había pasado, que incluso tenía testigos que podían corroborar mi versión. Para mi suerte, mis otros compañeros hablaron a mi favor, y finalmente la escuela aceptó que no había participado en el incidente. Pero el daño ya estaba hecho.

Dos días después, me pidieron regresar para presentar un largo examen y evaluar mi aprendizaje. Al entrar a la dirección, me encontré con una imagen que hasta hoy me parece surrealista: la paleta de mi pupitre estaba colgada en la pared, como si fuera un trofeo. Mi Frankenstrat improvisada ahora decoraba la oficina del director. Por un lado, me sentí orgulloso; por otro, me molestó que se apropiaran de mi obra sin entender su verdadero significado.

Presenté el examen, saqué un 99 y, al final, el director me hizo una pregunta que no olvido: «¿Por qué te juntas con alumnos problemáticos?». Lo miré fijamente y respondí: «¿No ve la zona donde está ubicada la escuela?». Mi respuesta lo dejó callado por unos segundos. Al final, me reingresaron, pero para entonces yo ya había decidido no volver. Mis padres habían gestionado mi traslado a otra secundaria.

Ese día dejé atrás una etapa complicada de mi vida, pero también dejé mi primer tributo a Eddie Van Halen, colgado en la pared de aquella dirección. Años después, cuando me enteré de su fallecimiento en 2020, recordé ese pupitre. Recordé las horas que pasé dibujándolo, el orgullo que sentí al ver cómo mi amor por la música transformaba algo tan común en algo único. Eddie fue mi primer héroe de la guitarra, y sigue siéndolo. Este 26 de enero, fecha en la que habría cumplido años, lo recuerdo con el mismo respeto y admiración de siempre.

Puede que ya no tenga aquella Frankenstrat improvisada, pero el legado de Eddie vive en cada riff, en cada solo, y en cada uno de nosotros que alguna vez encontramos inspiración en su música.

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