Por Daniel Espartaco Sánchez
¿Qué hace un anciano apoyado en un bastón, en medio de la banqueta, mirando hacia la nada? Muchas veces, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, me hice esa pregunta. Para mí, era uno de los grandes misterios de la humanidad, junto a ese de por qué los avestruces esconden la cabeza en un hoyo, y aquel otro, quizá más importante, de si el foco de un refrigerador se apaga realmente al cerrarse la puerta o permanece encendido cuando nadie está ahí para verificarlo, en medio de un bosque. Lo cierto es que es muy común toparse con esta escena.
Hay una bonita película de los estudios Ghibli, Haru y el reino de los gatos, que publicistas menos talentosos de otros países titularon El gato regresa. Haru es una niñita que salva a un gato de morir atropellado. Y como en Alicia en el país de las maravillas, pronto descubre que existe un mundo fantástico, paralelo al nuestro, habitado por gatos humanoides.
Bonita, sí, y con una premisa algo ingeniosa, pero bastante floja, con un final demasiado largo y sentimental. Por cierto, ¿por qué en todas estas ficciones infantiles de mundos fantásticos tiene que haber monarquías y además absolutas? ¿Qué hay de malo con una monarquía constitucional? ¿Y qué tal una democracia parlamentaria? El reino de los gatos bien podría haber tenido un congreso, elecciones, partidos políticos y hasta un sistema de representación proporcional. Incluso una gata hembra (con A de mujer) como presidenta.
Bueno, como en esta película, algo parecido ocurre desde el momento en que uno entra a una tienda de ortopedia, escoge un bastón lo suficientemente robusto, lo paga y sale a la calle apoyándose en él: es cuando comprendes al anciano del que hablé al principio. Resulta cómodo apoyarse en un bastón en medio de la banqueta y mirar hacia la nada, especialmente cuando hace frío y hay un poco de sol. Uno puede quedarse ahí apoyado un buen rato con la mente en blanco, como un gran reptil inequívoco en busca de algo de calor. “Si dos se besan, el mundo cambia”, dice Octavio Paz. De igual manera cambia el mundo cuando uno entra a la cofradía del bastón.
De pronto parece que estás en el mejor de los mundos posibles, es decir, una especie de Canadá tropical: los automóviles se detienen ante nuestro paso de tortuga primigenia, hombres, adolescentes, niños y ancianos te saludan con respeto, se hacen a un lado y hasta te piden perdón (como en Canadá), como si llevaras el tatuaje o el anillo de una sociedad secreta de temibles conspiradores o asesinos. ¡Y HASTA EN EL METRO TE CEDEN EL LUGAR (ya no te pasa lo mismo que a “la de lentes, la pasada de moda, la aburrida, la intelectual, la que prefiere una biblioteca a una discoteca”, como cantó el Cisne Blanco de Jocotenango)!, como me ocurrió el otro día con una señora que a ojo de buen cubero se cargaba unos veinte años más que yo.
Y por supuesto, los miembros de esta cofradía hemos aprendido a reconocernos, no necesitamos asambleas, ni partidos políticos, ni mafias literarias, como lo hacen los poetas. Ya no te sientes “solo como Octavio Paz en una disco de moda” (Cisne de Jocotenango dixit). Permanecemos en silencio en espera de los acontecimientos, cuando el mundo por fin necesite de nosotros y venga de rodillas a pedirnos no una mano, no, qué va, una mano y un bastón. Los líderes mundiales lo saben. Donald Trump lo sabe, Vladimir Putin lo sabe, Xi Jinping lo sabe. Si dos ancianos con bastón nos detenemos uno frente al otro en medio de la calle es porque estamos fraguando algo. Basta una señal, un movimiento de cejas apenas perceptible para reconocernos, apenas una agitación del pulgar que se apoya en el mango del bastón, como antaño los antiguos cristianos lo hacían en las catacumbas.
Porque no somos simplemente personas con dificultades para caminar o individuos que un día decidieron comprar un instrumento de apoyo. Somos la resistencia. Somos el último bastión frente a los embates del capitalismo. Los perritos nos temen. Los políticos corruptos nos temen. Nos temen el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes. Somos nosotros, la sal de la Tierra, quienes heredaremos el Reino. No tenemos nada que perder, más que nuestros propios bastones. “Dadme un bastón y moveré al mundo”, dijo Arquímedes.
Y existen toda clase de bastones.
Los hay de madera, de caña, de acero inoxidable e incluso de cáñamo. Los hay con empuñaduras de plástico, de oro, de marfil y con diamantes. Hay bastones con alma de acero y bastones que además sirven como sombrillas; y también sombrillas que sirven como bastones. Moisés abrió el mar Rojo con un bastón en la mano. Los bacilos que ponen de rodillas al mundo tienen forma de bastón. Existen bastones reales, bastones papales y bastones ceremoniales. Hay bastones que pueden ocultar un mecanismo capaz de disparar una bala de pequeño calibre, con el cual algún caballero podría asesinar a un emperador o a un archiduque de un tiro a quemarropa. Todos los terribles profetas del Antiguo Testamento usaron bastones para aniquilar a los sacerdotes de Baal. Mi abuela, por ejemplo, deshace tormentas con un bastón, cura el mal de ojo y, si es necesario, arranca los ojos de los cocodrilos y patea el trasero de los monos.
El enigma de la esfinge algo tiene que ver con esto. Pero la respuesta tradicional habla del hombre que camina primero con cuatro patas, luego con dos y finalmente con tres. Nosotros conocemos la verdadera respuesta: existen maravillosos hombres que tienen hasta seis patas, porque tienen dos piernas y un bastón de cuatro apoyos y dos más cuatro son seis.
Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.
Fotografía: Thirdman | Pexels.


