Rostros pintados

El maquillaje en el rock nunca fue una sola cosa. Cada escena lo usó para un fin distinto, y a veces para el fin contrario del que le precedió.

septiembre 10, 2026

Por Arturo Roti

Todo esto salió de una charla, viendo un video de una banda maquillada. Alguien soltó: “ahora todos se quieren maquillar para llamar la atención, parecen payasos, pero para eso se necesita tener madera”. Otro remató: “por eso me cagan los blackmetaleros”. Y un tercero cerró con la frase que de plano encendió el tema: «yo no me maquillaría del gato y la estrella» —todo esto por Kiss—  obviamente.

De esa discusión de sobremesa salió la pregunta que de verdad importa: ¿de dónde viene esto de pintarse la cara para subirse a un escenario, y por qué cada quien lo hace por una razón distinta? Porque no es lo mismo maquillarse para seducir que para parecer un cadáver, y ahí está la respuesta a por qué unos se ven “con madera” y otros de plano parecen payasos.

El maquillaje en el rock nunca fue una sola cosa. Cada escena lo usó para un fin distinto, y a veces para el fin contrario del que le precedió.

Todo arranca con un excéntrico, no con una tendencia. A finales de los sesenta, Arthur Brown se pintó el rostro de blanco y negro, se puso un casco en llamas y gritó “¡Fire!” mientras Londres apenas descubría la psicodelia. No buscó seducir a nadie: buscó oficiar un ritual. Ese gesto, mitad terror y mitad ceremonia, es la semilla de todo lo que viene después.

De ahí el maquillaje se divide en dos caminos.

Camino uno: seducción y personaje

Marc Bolan rompe el tabú en televisión abierta en 1971: delineador y rubor frente a las cámaras de Top of the Pops, sin pedir permiso. Ahí nace el glam como postura política tanto como estética, usar elementos “femeninos” en un rock que hasta entonces se vendía como varonil.

Peter Gabriel toma ese mismo lenguaje y lo dobla hacia la narrativa: en la gira de Genesis de 1972 aparece con alas de murciélago y maquillaje brillante para abrir “Watcher of the Skies”, y en la gira de “The Lamb Lies Down on Broadway” cambia de personaje disfraz tras disfraz. Su maquillaje cuenta una historia distinta en cada canción, un personaje que muta con el disco, nunca fue una marca fija.

Kiss convierte ese mismo impulso en franquicia. Gene Simmons cuenta el origen casi por accidente: una visita a Woolworth’s, maquillaje de payaso, dos estrellas mal alineadas sobre los ojos que terminan resueltas con una plantilla. De un ensayo en un loft infestado de ratas a llenar el estadio de Anaheim en año y medio. Ahí el rostro pintado deja de ser gesto y se vuelve identidad registrable, cada integrante toma un personaje fijo, por supuesto, vendible.

Twisted Sister lleva ese glam al extremo opuesto de lo “sexy”: Dee Snider construye una imagen de drag metalero, con sombra de ojos excesiva, rubor, lunar postizo y labial rojo brillante. Es el glam vuelto caricatura consciente, explota la ambigüedad hasta el grotesco, con el mismo filo combativo de sus letras.

Y en México, El Ritual ya se pintaba el rostro antes que Kiss o Alice Cooper, prueba de que el impulso no nació ni en Londres ni en Nueva York en exclusiva.

Camino dos: horror y muerte

Alice Cooper toma el terror de cine clase B y lo convierte en shock rock. Los Misfits heredan esa estética directamente de la revista “Famous Monsters of Filmland” y la traen al punk de finales de los setenta: pintura blanco y negro tipo cadáver, quince años antes de que esa misma imagen se vuelva sinónimo del black metal noruego.

King Diamond, en Mercyful Fate, convierte esa pintura en invocación, el ocultismo reemplaza al terror de cine clase B

Y llegamos a Dead, de Mayhem: No buscaba verse “cool” ni siquiera dar miedo, buscaba parecer, literalmente, un cadáver sobre el escenario. El dato que sorprende es el origen real de esa obsesión: Euronymous se enamora del look de la banda brasileña Sarcófago la primera vez que los ve en vivo, y decide que así deben verse todas las bandas noruegas como rechazo directo a la imagen “de calle” del thrash de la época, pantalón de mezclilla y tenis.

De ahí se expande el corpse paint como código de pureza: Mayhem, Darkthrone, Emperor, Satyricon, Immortal, Gorgoroth, Burzum. Después Dimmu Borgir lo lleva a producción de gran presupuesto, y fuera de Noruega lo retoman Watain, Marduk, Behemoth y Carach Angren. Tormentor, en Hungría, ya lo usaba desde 1987, antes de que la ola noruega estallara.

El giro irónico que cierra el círculo: varios de los fundadores ya no se pintan. Hellhammer, Necrobutcher y Ghul tocan sin corpse paint, mientras Attila Csihar, el más camaleónico del género, hasta se ha subido al escenario vestido de Bugs Bunny. El código que nació para negar la humanidad terminó dejando espacio para el disfraz sin dogma.

El toque final

Un rostro pintado puede ser ritual, seducción, personaje, marca, invocación o cadáver. El rock nunca se puso de acuerdo sobre qué significaba el maquillaje y quizás esa falta de acuerdo es justo lo que lo mantuvo vivo medio siglo.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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