Por Daniel Espartaco Sánchez
Pensaba que Bong Joon-ho era un plato preparado con repollo fermentado, salsa de anchoas y chile en polvo, pero luego recordé que se trataba del director y coescritor de Parásitos (2019), aquella película que ganó tantos premios allá en los felices años anteriores a la pandemia. ¿Y por qué no?, me dije, el señor Bong Joon-ho ya es sinónimo de calidad, ¿no? Así que compré los boletos, palomitas y refresco de dieta para encontrarme frente a otra película de ciencia ficción distópica que me quedó mucho a deber.
Mickey Barnes (Robert Pattinson) es un muchacho no muy brillante al que su mejor amigo, Timo (Steven Yeun), convence de poner un restaurante de macarrones franceses porque en el futuro “serán más populares que las hamburguesas”. Y es por esta razón, que le debe dinero a un mafioso que amenaza con desmembrarlo con una sierra eléctrica. Así que se presenta como voluntario para un viaje de colonización a un lejano planeta congelado en una expedición comandada por un empresario y líder religioso mesiánico, el caricaturesco, pero demasiado convencional como villano, Kenneth Marshall (Mark Ruffalo) y su manipuladora esposa, Ylfa (Tony Collette), pues ya se sabe, como sucede en cualquier distopía que se precie de serlo, la tierra ya es casi un lugar inhabitable. El personaje de Marshall, por cierto, se queda corto frente a la realidad de un Elon Musk con una motosierra y catorce hijos, cuyos nombres parecen sacados de una secta que espera el regreso de la nave nodriza, y que, además, quiere mandar personas a colonizar Marte.
Mickey no tiene la beca de Jóvenes Destruyendo el Futuro, así que, para ser aceptado en la expedición, firma un contrato como expendable, pero no para salir en una de esas horribles películas con Sylvester Stallone. Pese a las implicaciones éticas, bla, bla, bla, en esta realidad distópica se ha desarrollado una tecnología para preservar la memoria de un ser humano en una especie de disco duro y reimprimir su cuerpo una y otra vez. Así, Mickey es reimpreso en varias ocasiones, de las que además conserva memoria. Es utilizado con fines de estudio y exploración: probar vacunas para virus letales, exponerse a la radiación cósmica, gases ultravenenosos, etcétera. Situaciones tan extremas y humillantes como las que un trabajador tiene que pasar hoy en día para mantener su trabajo. El género exige que el espectador vea los paralelismos entre esta distopía y la realidad y se crea muy listo por llegara a esta brillante conclusión. En fin, que el protagonista es humillado una y otra vez en el primer acto, un flashback demasiado largo y con demasiada información y, para colmo, con voz en off, en donde se supone que el espectador debe sentirse identificado con el personaje de Pattinson, principalmente porque apela al recurso ya muy barato del personaje bueno y tonto, como Forrest Gump, pero con mala suerte. Algo así como el schlemiel (cómico) y schlimazel (trágico) de la tradición judía, pero en el espacio. Y este es el principal defecto de la trama, te importa un carajo lo que le pase a este muchacho atrapado en esta distopía genérica. Y es durante una exploración del planeta de hielo llamado… (no nos importa realmente) que Mickey 17 cae en un agujero y es rescatado por una oruga monstruosa, que resulta ser amigable, cuyas crías son tan adorables como cachorritos golden retriever, pero inteligentes. Segundo recurso barato, apelar al aspecto kawai de estas criaturas, algo que ya había hecho George Lucas en El regreso del jedi, aunque peor. Resultado: todo el mundo odia a los ewoks, pero nadie podría odiar a estas criaturas, pese a su aspecto insectoide. Un diseño brillante, debo admitirlo, pero cuyo uso resulta vulgar en la trama. Y todo en detrimento de Mickey-Patinsson, pues nos importa un carajo lo que le pase a este, pero por favor, no toquen a los «creepers», nombre con el que los bautiza el sobreactuado y dientón Ruffalo. Todo esto nos lleva a una serie de preguntas: ¿en dónde está el autor de Parásitos?, el filme que nos llevó a todos al límite del estrés, ¿le comió el cerebro un «creeper»? ¿Acaso no podría haber hecho algo mejor con 118 millones de dólares?
Los creepers rescatan a Mickey 17 y este logra llegar a la nave, en donde se encuentra con Mickey 18, que tiene una personalidad límite. Como lo creían muerto, lo han reimpreso otra vez. Aquí debo hacer una pausa para decir que la película está adaptada de una novela publicada en el año 2022, Mickey 7 —muy pocos para Bong y por eso le agregó diez más—, por lo que estamos frente a una adaptación llena de explicaciones técnicas y la información es, fue y siempre será tan aburrida que, cuando se presenta en exceso en una historia, le llamamos infodumping, algo en lo que caen siempre los escritores malos y novatos de ciencia ficción, que por desgracia son muchos (y están entre nosotros: podría ser tu vecino, o tu mejor amigo. Denúncialos). Mickey 17 está llena de infodumping, de tal manera que, cuando 17 se encuentra con 18, exclama: Oh, no, somos “múltiples”, para dar pasó a una larguísima analepsis (flashback) que nos explica por qué la existencia de “múltiples” es un tabú que debe suprimirse con la muerte de ambos, algo que tendría que inyectar tensión en la trama, junto con la novia de Mickey 17, que se acuesta con 18. Momento que Pattinson aprovecha para demostrarnos sus cualidades actorales, sólo superadas por Lindsay Lohan en Juego de gemelas o Lucerito en Lazos de amor. Es hasta la mitad de la película que nos enteramos de que cada versión de Mickey ha sido ligeramente diferente, como cuando tu suegro te cuenta un chiste y ya casi al final del relato te dice que olvidó mencionar que en el avión también iba el papa Francisco. Ok, está bien, pero en pantalla sólo hemos visto morir al mismo Mickey tonto una y otra vez. Y la empatía se pierde si se vuelve costumbre ver morir a alguien. En este caso, concedo, se parece a nuestra realidad, sólo que el efecto ocurre de una manera involuntaria. Nos importa un carajo que te mueras, Mickey, total, te reimprimimos otra vez. Esta situación necesitaba de un director más experimentado, y se suponía que Bong lo era, pero estaba bajo los efectos de una enfermedad llamada SMC (Síndrome de Michael Cimino).
¿Y qué más? Agregue un par de escenas de humor negro al estilo de Parásitos y como es una película de ciencia ficción y la ciencia ficción debe ser “filosófica”, ponga unas cuantas de las grandes preguntas: ¿el hombre puede ser reemplazable?, ¿qué es el hombre? ¿qué se siente morir?, ¿vale más la vida de un hombre que la de una criatura no humana?, ¿somos seres fácticos arrojados al mundo?, bla, bla, bla, no importa, porque Bong juega con las grandes preguntas como si fueran tarjetitas de Yu-Gi-Oh!
—Y si no te gusta ésta, aquí tengo otra.
Y como es una película progresista, hay que agregar paralelismos con el capitalismo, el colonialismo, la destrucción de las especies, la alienación del hombre contemporáneo, etcétera, etcétera, tampoco importa. Las luces se encienden y nos quedamos solos frente a la pantalla vacía, como nuestras fútiles existencias. Pero por favor, que nadie toque a los creepers.
¿Vale la pena verla? No, y si en la fonda de doña Carmen la ponen, exige que te pongan Ventaneando para ver más detalles sobre la muerte de Daniel Bisogno.



