Por Gilma Luque
(crónica de un exilio)
Es a finales de 1956, cuando la Revolución Húngara, también conocida como el Otoño Húngaro —que pedía límites a la policía secreta y cuestionaba al gobierno estalinista, entre otras cuestiones—, fue sometida por el ejército soviético, quien, con más de treinta mil soldados y más de mil tanques, invadió Budapest, entre otras regiones de Hungría.
En noviembre de ese año, aproximadamente 200 mil húngaros huyeron en calidad de refugiados, entre ellos la escritora Agota Kristof, junto con su esposo y su hija de cuatro meses de edad. Salieron por la noche rumbo a Suiza, por la frontera austriaca, con apenas dos bolsas, una con biberones, pañales y algunas mudas, y la otra con diccionarios. Ella tenía 21 años y dos de matrimonio:
Caminan en la oscuridad precedidos por un pasador de fronteras de nombre José, al cual conocen bien. Conforman un grupo de diez personas, entre ellos varios niños. Algunos proyectores y cohetes alumbran la noche de manera intermitente. Nadie habla, lo que rompe el silencio es el sonido de los petardos y tiros. Después de una hora andando, José se para y les dice que han llegado a Austria, que sólo deben seguir en línea recta y que encontrarán un pueblo. Abrazan a José y le dan el dinero que llevan, puesto que no sirve de nada fuera de su país. Continúan su camino adentrándose en el bosque, donde las ramas les arañan el rostro, se mojan los únicos zapatos que tienen y tropiezan a cada rato. Las linternas apenas alumbran los árboles, y a pesar de llevar ya mucho rato andando, no consiguen salir del arbolado. Es un muchacho del grupo quien sugiere detenerse, trepa a un árbol y cuando baja dice que ya sabe por dónde deben ir. Encuentran un camino sin ramas ni hoyos. De pronto los ilumina una luz penetrante, son los guardias fronterizos. “Somos refugiados”, dicen ellos. Lo que será su nueva identidad.
Los llevan a la plaza del pueblo donde hay más refugiados y los alojan con una familia de campesinos que los acoge de buena manera. Agota Kristof está segura de que en ese momento ella ya ha perdido gran parte de su vida: a sus padres y a sus dos hermanos. No se despidió, no les habló de su partida. No dijo adiós.
Al día siguiente toman un autocar que los llevará a Viena, y de ahí harán un viaje gratuito en tranvía a un centro de refugiados: un edificio grande con salas inmensas y jergones sobre el suelo, duchas comunes y un comedor. En la entrada hay una pizarra con anuncios de desaparecidos: familiares y amigos que se perdieron al atravesar la frontera. A partir de ese momento comienza una larga espera hasta encontrar un país de acogida.
Cuando toman un tren rumbo a Suiza ya casi es Navidad, al llegar les da la bienvenida una banda de música. Les ofrecen té caliente, chocolates y naranjas. Los alojan en un cuartel cerca de un campo de fútbol. Es domingo, y cuando concluye el partido, los espectadores van a ver a los refugiados —como si se tratara de otro espectáculo— y les regalan naranjas y dinero. Después de un mes en ese cuartel se van a Zúrich y después a Valangin donde, a Agota y a su familia les espera un departamento de dos piezas, previamente amueblado por los vecinos, y también les espera un trabajo en la fábrica de relojes. Ahí comienza una rutina que durará años: levantarse a las cinco de la mañana, tomar un té, cambiar a la niña, caminar o correr al autobús que la llevará hasta la fábrica, a cinco pueblos más lejos del suyo, dejar a la niña en la guardería, checar entrada, prender la máquina y pasar ochos horas haciendo lo mismo: perforar, perforar… Comer con los refugiados, recoger a la niña, regresar a casa en autobús, hacer las compras, la cena, acostar a la niña e intentar escribir. Es la misma rutina de Sándor Lester, el protagonista de su última novela titulada Ayer, también la misma tristeza y el mismo hastío. “¿Cómo hubiera sido mi vida si no hubiera dejado mi país?”, se pregunta Agota en la fábrica donde todos son amables con ella, con todos ellos, los refugiados. Les sonríen, les hablan, pero son incapaces de entender que los refugiados hablan otra lengua y que no comprenden nada de lo que se les dice.
Y es así como empieza el desierto.
El desierto social, cultural. El silencio y el vacío. Ese hermoso país no es otra cosa que un desierto para los refugiados, el desierto que han atravesado para llegar a la asimilación. No todos soportan el vacío, la nostalgia, entonces comienzan los suicidios: uno, dos, tres… En Ayer se suicida Vera, una joven de 19 años que en la vida real se llamaba Giséle, después Robert, que se cortó las venas en la bañera, y Albert, quien se ahorcó. Magda abrió la llave del gas y metió la cabeza en el horno. Hay tantos velorios que el encargado de la taberna le dice a Sándor: “Ustedes los extranjeros, siempre están haciendo colectas para las coronas, van a entierros sin parar”. Él le responde: “Cada uno se divierte como puede”.
Sin embargo, es en ese desierto donde Agota Kristof escribe.
Escribe poemas y obras de teatro, y en 1983 acepta trabajar en la escuela de teatro del centro cultural de Neuchâtel. Tiene que escribir una obra para quince alumnos. Va a los ensayos que comienzan con una serie de ejercicios de expresión corporal. Ejercicios que le recuerdan a los que hacía cuando era niña con su hermano y una amiga: ejercicios de silencio, inmovilidad, ayuno; los mismos ejercicios que practican los gemelos, Lucas y Claus, una vez que su madre los deja en la casa de la abuela, a la que llaman la bruja, en la novela El gran cuaderno. Kristof comienza a escribir relatos breves sobre su infancia, sin imaginar que algún día esos relatos formarían parte de esta novela. El libro que le permitiría a Kristof cruzar otra frontera: la del éxito.
Cuando terminó de escribir la novela, por consejo de alguien cercano, la mandó a tres de las grandes editoriales en París: Gallimard, Grasset y Seuil. De las dos primeras recibió una carta de rechazo, pero una tarde de noviembre, tan fría como la vez que salió de su país para no volver nunca más, recibió una llamada telefónica de Gilles Carpentier, de Éditions du Seuil, para decirle que hace mucho tiempo que no leía algo tan bello y que la iba a publicar. El libro se tradujo a cuarenta idiomas.
La iban a publicar a ella, que por algún tiempo se creyó una analfabeta por no saber escribir ni leer en francés, lengua que hablaba a la perfección. Parecía una broma que a los 26 años no pudiera leer, cuando había comenzado a leer a los cuatro en su lengua materna, cuando antes de salir de Hungría, el tiempo se le iba en leer como si de una enfermedad se tratara. Hacía lo que fuera para que su madre la castigara mandándola al salón, donde su padre daba clases a niños de todas las edades y los grados. Entonces el padre, con el recado de la madre en la mano, mandaba a la niña a leer a un rincón.
Después de cinco años en Suiza, Kristof conocía las palabras, pero era incapaz de reconocerlas, así que decidió comenzar la escuela —al mismo tiempo que su hija mayor—, y dos años más tarde obtuvo el certificado de estudios franceses. Y es entonces cuando lee a Voltaire, Victor Hugo, Sartre, Camus, Michaux, Ponge, Sade. Lee todo, pues la enfermedad de la lectura ha vuelto.
Agota Kristof no eligió el francés como lengua, le fue impuesto por el destino, pero decide aceptar “El desafío de la analfabeta” y escribir en ese idioma.
Aunque La analfabeta es el único libro que en el título lleva la leyenda de relatos autobiográficos, podemos ver en el resto de sus obras, por ejemplo en la trilogía titulada Claus y Lucas, mucho de su vida: el exilio, la guerra, el desamor, la soledad, el hastío y también la supervivencia. Lo mismo sucede en Ayer, su última novela, que también parece ser autobiográfica, ya que dice en una entrevista que aunque sea un hombre el que narra, es ella la que sintió todo aquello: el tedio de la fábrica, la soledad, la impotencia, el extraño. No sabemos si la historia de amor entre Carol y Sándor —Line y Tobías— sucedió, si es una metáfora de la espera y de lo imposible; si ella es Caroline, pues el personaje es hija del profesor de escuela básica en un pueblo, tiene dos hermanos y se casa con un profesor de historia con quien procrea una hija, y trabaja en la fábrica de relojes. O es Sándor, que tiene una infancia terrible, que huye de su país, que trabaja en una fábrica de relojes y pasa mucho tiempo de su vida solo, hasta que se casa con alguien a quien nunca amó y tiene dos hijos, aunque prefería la soledad.
Sin embargo, eso es lo que menos importa, pues Kristof escribe desde el alma, donde todo es posible, incluso aunque nada haya sido cierto. Nos habla desde su propia guerra, desde el exilio, lo que parece más una suerte de sino que de huida.



