Por Daniel Espartaco Sánchez
Tal vez sobre decir que llevo meses llevando a mi gato al veterinario, le hemos hecho toda clase de análisis e incluso un ultrasonido, y actualmente lleva un tratamiento homeopático gracias al cual ha vuelto a ganar algo de peso. Resultó alérgico al pollo y a la leche y al alimento carísimo que le había estado comprando. Ahora come uno tan especial que no se encuentra en ningún lado, por lo que resulta más dificil de conseguir que un pasaporte para salir de la Unión Soviética. Tampoco puede comer carne de res sino pescado. Salió con gustos finos y no le gusta ni la tilapia ni el basa ni la mojarra sino el cazón, el salmón, y el atún, pero no de lata. El salmón además tiene que ser salvaje, de Noruega o de Alaska, no el chileno, y no lo culpo. Mi novia lleva meses pendiente de la textura y la forma de sus heces como si se tratara de una ancestral forma de adivinación en un culto al dios Gato, del cual ella es la sagrada vestal consagrada a esta deidad caprichosa. Ya nomás le falta probarlas, como lo haría un rastreador comanche. Justo hoy estaba sentado en la sala y la escuché gritar. Yo no sabía si era un grito de dolor, alegría o rabia hasta que me dijo:
—Daniel, ven, tienes que ver esto.
Yo subí con el corazón en la mano, preparado para recibir una pésima noticia, pero ella saltaba de alegría como un personaje femenino de anime.
—Mira, ¿a poco no es una caca perfecta? —me dijo mientras le tomaba una foto para mandársela a la veterinaria.
Y así fue como celebramos que por fin las heces de nuestro gato tuvieran una forma y color óptimos. Así son las cosas, cuando éramos jóvenes soñábamos con tomar el paraíso por asalto y ahora, en la vejez, vivimos pendientes de las heces de nuestro gato.
Sin duda, una paradoja reciente consiste en que mientras nos deshumanizamos poco a poco también humanizamos a las mascotas, y muchas veces para mal. Y así, las mismas mascotas no son inmunes a la sociedad de consumo: les creamos necesidades que no tienen y les trasmitimos nuestras ansiedades. Y una industria florece alrededor de las necesidades que tienen los dueños de mascotas: toda clase juguetes, snacks, ropa, desfogadores de 200 euros y collares Swarovski de piedras preciosas. Les ponemos zapatos y les pintamos las uñas y los llevamos a la “perruquería”. Incluso me atrevo a decir que he visto mascotas víctimas del síndrome de Munchausen de sus dueños. “Usted no lo va a creer, pero hay escuelas de perros y les dan educación” cantaba Alí Primera allá por la década del setenta. De todo esto, y más, trata la nueva comedia de Netflix, Animal, protagonizada por Luis Zahera, dos veces premiado con el Goya, y su comparsa centennial, Lucía Caraballo. Digo “y más” porque Animal no trata solamente de animales sino de las diferencias generacionales, y de cómo una sociedad se ha vuelto loca, loca, loca. El resultado es hilarante, y trágico a la vez, como la vida misma. Fraudes ganaderos, hámsteres con embarazos psicológicos, lagartos con las uñas pintadas, animales salvajes, dueños de hurones que les quieren quitar las glándulas perianales, o que quieren someter a sus perros a operaciones innecesarias, todo con el fin de aliviar ansiedades egoístas: el hombre es el hombre del lobo.
Zahera es Antón, un veterinario de pueblo sin dinero que se ve forzado a trabajar con Uxía, su sobrina (Lucía Caraballo), en una tienda para mascotas que pertenece a una cadena global, llamada Kawanda, que a su vez pertenece a una enorme corporación. La trama sucede en Compostela y los alrededores rurales, y muchos diálogos están en lengua gallega, lo que le agrega una hermosa nota de color. Antón debe enfrentarse a la mentalidad corporativa y por ende a la ideología yanqui de el-cliente-siempre-tiene-la-razón aun cuando esto ponga en entredicho principios éticos básicos. Con algunas tramas autoconclusivas y un hilo de continuidad, la serie consta de nueve capítulos de media hora, por lo que resulta ideal antes de irse a dormir, mucho más que una ficción sobre Ed Gein, por ejemplo (aunque cada quien sus tétricos gustos). Antón no sólo debe lidiar con los dueños neuróticos de los animales, sino con el ranking de caritas enojadas, sonrientes y distópicas con los que estos califican al personal (vivimos en la época del ranking, todos estamos siendo “rankiados” en este momento), con la mentalidad centennial de su sobrina, sus frases de motivación personal, y los demás trabajadores de la tienda, la propia ansiedad, un terapeuta desapegado, y desfacer toda clase de entuertos veterinarios, sin que la serie ponga demasiado atención en los casos clínicos (a lo House) sino en la pura comedia de situaciones con un humor sutil y el uso de roll gags. Odio decir esto, pero la comedia española parece estar a años luz muy por delante de las deplorables comedias mexicanas. Los nueve capítulos quedan a deber de tan relajado que es el acento de toda la serie. ¿Habrá una segunda temporada? Espero que sí.
Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.
Imagen: Netflix.



