La unión

Nos invaden palabras que trazan las líneas generales de nuestra existencia singular e impersonal, nos invaden ciertos temas; Christine Angot, además, nos dice que esta tendencia de la vida a invadirnos, y no al revés, es el punto de apoyo de su novela Un amour impossible.

octubre 22, 2025

Por Virginie Kastel Ornielli

Uno de los lugares seguros de mi infancia es la imagen que me hago y rehago una, diez, cien veces, del encuentro de mis padres, y que siempre acompaña el hojear de su álbum de boda, ese día en que mi madre es la más bella de todas las mujeres con su vestido, el más caro de la tienda de Luxemburgo. Mi abuela casó a su primera hija por todo lo alto: el vestido de encaje fino, el mejor fotógrafo, la procesión de la familia que recorre la única calle del pueblo, perfectamente fotografiada también, la gran fiesta en el restaurante de mi abuela, la boda de mis padres es el gran día de la vida de mi madre y mi padre, y esta verdad no se verá desplazada por nuestros sucesivos y cercanos nacimientos. 

El pacto de amor de mis padres es casi como un eclipse sobre todo lo que lo rodea. Mis padres aceptan la alianza como se aceptaba antes, como un hecho indestructible a los ojos de todos, de Dios e incluso de la muerte. Esta certeza inquebrantable, incluso cuando ya no hay nada que esperar de nadie, nunca nos abandona y acompaña nuestra infancia como un hecho simple. Un hecho solo posible si en el centro existe un encuentro fuera de lo común. Los hijos de mis padres no se casarán. 

Supongo que el matrimonio no me interesa porque me he formado leyendo los textos de Simone de Beauvoir y Colette, y he visto lo suficiente a mi madre luchar en una vida en la que no había salida. Su falta de opciones era sobre todo simbólica. Mi abuela italiana decía: «Prefiero morir antes que divorciarme». También solía decir: «Ten solo un hijo». Mi abuela es una mujer sabia, la escucho y sus palabras marcan mi vida. Mis abuelos se conocen desde la infancia, mi abuela se escapa con él y es el único hombre que conocerá. Dice que lo eligió porque era guapo. Es cierto que mi abuelo es guapo. Mi abuela nos repite constantemente que es un error casarse solo por eso, que es mejor que sea feo y sea un buen marido, «ah, sí, claro, tengo hijos guapos, todos mis hijos son guapos». Ahora sé que el problema de mi abuelo no era su belleza. No es fiel y es alcohólico. La infidelidad es un derecho para esta generación de machos. El resto es la vida desesperada del migrante, del obrero, de su soledad marcada por la falta de palabras para describir las emociones, y todas esas otras cosas que las personas que tienen medios no piensan, no saben de la vida de los que carecen de todo. Nadie está a salvo de la adicción, pero esta se instala y se extiende fácilmente entre los obreros, entre las fábricas, entre los olvidados de la providencia. El alcohol hace que las personas sean irreconocibles a cambio de una evasión anónima y fugaz. Y yo, en medio de las palabras y el destino de mis antepasados, paso mi vida huyendo de los guapos, mientras que los hombres alcohólicos me atraen. 

¿De quién y de qué hablamos cuando intentamos formular la colisión física de dos cuerpos que se penetran de tal manera que se reproducen? Uno más uno es igual a uno. La física contradice al álgebra. Dos cuerpos se funden, y el principio de la fusión es tan poderoso que de él surgió el amor. Dos cuerpos forman un tercer cuerpo que será a imagen y semejanza de los dos primeros: ese otro cuerpo que contiene su información codificada en células, las cuales a su vez contienen toda la historia de la humanidad. La profundidad del vacío existencial que deriva de saberse un cuerpo es la que crea en nosotros esa necesidad de explicarnos y definirnos, más allá de la definición del amor en el centro de nuestra creación. 

Nos invaden palabras que trazan las líneas generales de nuestra existencia singular e impersonal, nos invaden ciertos temas; Christine Angot, además, nos dice que esta tendencia de la vida a invadirnos, y no al revés, es el punto de apoyo de su novela Un amour impossible. Más adelante, también afirma que esta novela es una novela sobre su madre. La novela comienza con el encuentro de sus padres. Esta novela es quizás la menos cruda de sus libros, simplemente intenta trazar las líneas generales, centrarse en la relación amorosa, humanizar el acto, comprender por qué su madre no vio nada, por qué su padre la abandona, vuelve, abusa de ella. ¿Amor? Todo esto se parece más a la desesperación ciega de una carencia que todas las vidas comparten en mayor o menor medida, mediante imágenes y palabras propias. Finalmente, tanto en la vida de mi madre como en la de mi abuela, y en la novela de Angot, entendemos que nos apegamos al otro porque ese vínculo reafirma una profunda creencia que tenemos de nosotros mismos. No hay nada más que nosotros mismos. 

Virginie Kastel Ornielli es curadora, editora en Tresnubes Ediciones, y docente. Fue Coordinadora General de Artes Visuales de San Pedro Garza García (2021-2024), donde estuvo a cargo del Centro Cultural Plaza Fátima. Obtuvo el premio al Reconocimiento Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2020. Ha curado las exposiciones independientes Tres maneras de desdoblar un cuerpo de Miriam Medrez en el MACT, Impermanente y frágil en Casa Frissac, Tlalpan (mayo-julio 2024); Estados mentales de Chuma Montemayor, en Ciudad Victoria (agosto-noviembre 2024); y Ver con las manos, Galería Emma Molina, Monterrey (diciembre 2024).

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