Letra chiquita

Actualmente la página impresa es un collage de tamaños de letra que convoca distintas lecturas que, al subrayar la explotación de nuestras necesidades afectivas, aprovechan nuestra ignorancia y desestimulan nuestro acceso al conocimiento a través de la lectura.

octubre 19, 2025

Por Eduardo Ramírez

Una literatura que puede ser leída de manera consecutiva o lineal o de modo aleatorio, centrándose el lector en el texto principal o leyendo tan solo las notas a pie de página, que constituyen las digresiones y los desvíos de la larga conversación que este libro pretende ser.

Patricio Pron, El Libro tachado.

La tipografía juega un papel en la publicidad. Necesitamos imprimir trabajos que atrapen el ojo en nuestro mundo moderno, donde ideas y productos están constantemente compitiendo por atención. 

Emil Ruder, tipógrafo suizo

10/8/2025. En la hoja impresa el tamaño de la letra puede ser dibujo, diálogo, autoridad, digresión, prepotencia o engaño.

Durante la Edad Media muchos textos se conservaron gracias a los copistas y amanuenses. Tal vez porque no sabían leer ni escribir, para ellos el espacio de la página de estos manuscritos era un espacio estético. Así se estableció sobre todo a través de las letras capitulares.

En este mismo periodo, surge la glosa al margen de la página. Anotaciones que, como algunos hacemos en nuestro proceso personal de lectura, se sumaban como un diálogo con el texto[1]. La función de la glosa medieval era aclarar y hacer accesibles conceptos oscuros del texto litúrgico o filosófico; guiar la lectura y, de esta forma, fomentar el acceso al conocimiento y a los misterios de la fe para más lectores.

Poco a poco esta glosa —que no reivindicaba autoría— se transformó en la nota a pie de página en el discurso académico. De inicio era una forma de dar crédito a ideas o frase tomadas de alguien más o de añadir comentarios pertinentes fuera del flujo “natural” del texto para no enredarlo.

Dada la institucionalización y formalización del discurso académico, estas notas a pie parecen tener la función de legitimar un discurso que nada aporta al conocimiento, pues su objetivo es adquirir autoridad solo por evidenciar sus lecturas en ese “no lo digo yo, lo dice el otro”, al reproducir otros discursos académicos como extendiendo una tendencia, como si el discurso fuera moda o un falso reflejo en un palacio de espejos. Este fenómeno de construir autor(idad) a través del discurso de los otros, le llamo “ídolos con pies de página”.

Tal vez solo en el ensayo literario (no académico) las notas a pie mantienen esa función de diálogo, al generar interpretaciones o lecturas alternas a las generadas en el flujo discursivo central.

En una publicación que edité por siete años, en un número les pedí a los colaboradores que solo me enviaran una o dos notas a pie de página que, en sus lecturas recurrentes, les hubieran parecido más dignas o interesantes que el propio contenido principal. El diseño de ese pliego fue una retícula que remedaba sucesivas páginas sin texto, de tal modo que, solo al calce de cada una, se podían leer las notas que recibí.

En el ámbito legal la letra chiquita funciona como legitimación, y establece otra relación con la lectura. Mientras en el discurso académico es una manera de evidenciar ese acervo de lecturas que el autor ha acumulado; en el discurso de contratos y acuerdos, su objetivo es no estimular, desactivar y distraer la lectura.

Los incautos que, por alguna necesidad de acceso a algún derecho o servicio del que carecemos (trabajo, vivienda, crédito) o al querer formar parte de una comunidad social (acceso a redes sociales o a algún sitio para enterarse de la última tendencia) —marginados que nos sentimos— al saltarnos la lectura de esa letra chiquita, cedemos nuestros derechos y/o uso de nuestros datos personales.

Otro ámbito donde actualmente opera como engaño la letra chiquita es en la publicidad. En un extraño regreso al imperio de la estética sobre la hoja en blanco, la tipografía transforma la palabra, de forma a contenido. Lo demás, se margina y disminuye.

Detrás de la marca y el eslogan se invisibilizan los así llamados “legales”, las condiciones o excepciones con el pretexto de que “afean” el diseño o distraen el foco de lectura de la identidad de marca. Lo que termina haciendo la letra grande es construir una promesa idílica e incumplida de experiencia para sufragar nuestras necesidades y urgencias.

Ni hablar de la combinación entre publicidad y salud que acompaña a los medicamentos. Esos pequeñísimos impresos donde se especifica, en letra muy pequeña, los efectos secundarios y posibles riesgos que implica ingerirlos. Estos prospectos de los medicamentos es tal vez la lectura que hoy más ignoramos y evadimos dentro de esta sociedad medicada[2] solo para sentirnos mejor o dejar de sentir.

Actualmente la página impresa es un collage de tamaños de letra que convoca distintas lecturas que, al subrayar la explotación de nuestras necesidades afectivas, el extractivismo de nuestros datos personales, aprovechan nuestra ignorancia y desestimulan nuestro acceso al conocimiento a través de la lectura.

   

[1] Cuando —ya adulto— empecé a leer, era incapaz de rayar o hacer cualquier anotación en la página de los libros por el “respeto impuesto” a la letra impresa. Frases, pensamientos y pasajes relevantes que leí en esa época quedaron inaccesibles y extraviados en esa selva de palabras que ahora es mi biblioteca. Fue hasta años después que, tímidamente, empecé a marcar al margen y con lápiz algunas frases (ponía un punto al margen, ya muy atrevido, una breve palomita, dos o tres si el pensamiento era para mí más relevante). Ahora no puedo leer si no tengo una pluma en la mano para subrayar conceptos o frases, destacar nombres o fechas, generar preguntas y cuestionamientos que resultan en mi diálogo de lectura con el texto. En el colmo del descaro, hace unos años comencé un “proyecto” que consiste en escribir un libro sobre otro libro. Por la coincidencia entre la muerte de mi padre y un regalo de cumpleaños, empecé a escribir mis propias reacciones sobre el duelo en los márgenes del Diario de duelo de Roland Barthes.  

Casi para evidenciar mi condición de lector obediente, uno de los libros que más he subrayado y escrito en sus márgenes es El Libro Tachado de Patricio Pron (Turner, 2014). El título del libro de Pron y ese acto obsesivo de mi parte sobre la página escrita, me recuerda la serie fotográfica de Milagros de la Torre (Censurados, 2000). En ella presenta una serie de fotografías de páginas de libros medievales de la Biblioteca de Salamanca censurados por la Inquisición.

[2] Una excepción a esta ignorancia lectora la constituye el escritor español Juan José Millás que ha llevado su “afición” por leer prospectos médicos hasta convertirlos en una fuente literaria. “En mi casa, cuando yo me iniciaba en la lectura, había muchísimas medicinas y mientras mi madre se ponía ciega en la cocina de ansiolíticos, yo, sentado en la taza del retrete, me ponía ciego de prospectos. El prospecto es una fuente de inspiración y muestra de un modo magistral la herencia del pensamiento paradójico procedente de la literatura mística (‘vivo sin vivir en mí…’), puesto que hay ocasiones en las que la descripción de sus ‘efectos secundarios’ parecen mostrar que el medicamento al que acompaña puede producir justamente lo contrario de lo que sus ‘indicaciones’ dicen quitar”., declara en una entrevista.


Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Imagen: Adam Noor | Pexels.

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