Seguimos de pie (aunque nos duelan las rodillas): Primer aniversario de Ojo Eléctrico

Hoy, al llegar a este aniversario en nuestro nuevo hogar editorial, me doy cuenta de algo simple pero universal: ya no somos aquellos chavos que se lanzaban a los conciertos sin pensarlo, pero seguimos ahí...

noviembre 20, 2025

Por Arturo Roti

¿Por qué seguimos yendo a conciertos?

Primer aniversario

Hace un año y un mes, Ojo Eléctrico se mudó de casa. Después de pasar por distintos espacios —cada uno con su historia y su aprendizaje— encontró alojamiento en la revista Posdata, donde nos abrieron la puerta con la calidez de quien te dice “bienvenido, aquí estás en tu lugar”. Y así ha sido: nos hicieron sentir en casa desde el primer día.

Hoy, al llegar a este aniversario en nuestro nuevo hogar editorial, me doy cuenta de algo simple pero universal: ya no somos aquellos chavos que se lanzaban a los conciertos sin pensarlo, pero seguimos ahí —en la fila, con la espalda cansada y las rodillas protestando— porque esto no es solo entretenimiento: esto es un ritual.

El sacrificio físico: filas eternas y cuerpos que crujen

Ir a un concierto nunca ha sido fácil… pero ahora tiene un costo que se siente en cada articulación. Caminamos lento, apostamos por “tenis cómodos” que luego nos traicionan, cargamos mochilas con más cosas “por si acaso”, y cada paso hacia el recinto, el estadio o la arena parece un pequeño ascenso al Everest.

Aun así, no fallamos.

Soportamos el sol, la lluvia o los vientos helados. Nos recargamos en barandales como peregrinos modernos. Y, pese a todo, sabemos que esos sacrificios no son una molestia: son el precio emocional de entrar al templo del ruido.

Porque en el momento en que se apagan las luces y truena el primer riff, todo ese dolor retrocede. La música tiene esa magia: anestesia temporal —pero profunda. De pronto, duele menos la rodilla que el recuerdo de no haber estado ahí.

La recompensa emocional: comunión, euforia y salud del alma

La ciencia nos respalda: Después de apenas 20 minutos de música en vivo, la gente reporta un aumento del bienestar mayor que el que genera el yoga o una buena caminata. Ir a conciertos no es un capricho: es nutrición emocional.

Los estudios también señalan que los conciertos fortalecen la empatía, reducen prejuicios y ayudan a procesar mejor la salud mental. Y fisiológicamente, el cuerpo reacciona más intensamente a la música en vivo que a cualquier playlist en casa.

En otras palabras: Tu alma se eleva aunque tus rodillas digan lo contrario.

El poder de la tribu: vibrar juntos

Los sociólogos lo llaman “efervescencia colectiva”: ese momento donde un estadio entero respira al mismo tiempo, grita el mismo coro y se abraza como si todos se conocieran desde niños. Es sagrado. Es humano. Es necesario.

En un concierto somos una tribu que carga recuerdos, dolores, nostalgias… y aun así brinca.

Como dicen por ahí: envejecer es inevitable; dejar de rockear, opcional.

Ecos de la Tribu: historias que duelen… pero sanan

Para este aniversario pedí a mis amigos que compartieran esas batallas que valieron la pena. Y vaya joyas que llegaron:

George Kntú revive la odisea del Iron Maiden del 25 de febrero de 2009 en el Volcán Universitario: “incienso”, adrenalina y una caminata de regreso que —según él— hizo en automático, sin saber cómo llegó vivo al hogar. Metal y misterio.

Elías Granados recuerda el MXMF VII en la Expo, donde dos días de lluvia nos calaron hasta los huesos. Entre escenarios, chelas y bandas agradecidas por nuestra necedad, ahí estábamos: él, Fernando Lázaro y yo, empapados y felices. Una edición brutal en todos los sentidos.

Viann Saldaña cuenta el Hell & Heaven 2018 en el Hnos. Rodríguez: ella y su hija salieron “arrastrando los pies entre el lodo”, pero felices porque vieron puro calibre pesado. Lluvia + metal + familia = memoria indeleble.

Jorge Bolaños aún siente el cansancio del viaje, la caminata eterna y la tormenta eléctrica que acompañó aquella presentación de Ozzy. Y cómo olvidar la frase de Elías: “tienen suerte de ver a tantas leyendas juntas en dos días”.

Vero Lazos lo resume con precisión: Faith No More, Paul McCartney… y las kilométricas caminatas antes y después. Los pies tienen memoria, y la suya es de concierto.

Antonio Carlín Lynch se aventó el Hell & Heaven 2018 bajo lluvia helada y granizo durante dos días y más de diez horas. Su recompensa: Tankard, Testament, Overkill, Gojira, Saxon, Judas, Megadeth, Dead Cross (con Patton y Lombardo), Deep Purple, Scorpions, Marilyn Manson… y Ozzy de cierre. “Me fui 45 minutos antes —dice— ya no pude, jajajaja”. Heroico.

Y claro, mis propias batallas:

El Primer Monterrey Metal Fest, con lluvia y un frío que cortaba, donde vi a Dio y a un cartel histórico que valió cada escalofrío.

Y el año pasado, Paul McCartney: siete horas de pie, ida y vuelta caminando al estadio, y un día siguiente donde no podía ni levantarme… pero cómo iba a perder la oportunidad de ver a un dios de la música.

Entonces, ¿por qué seguimos yendo?

Porque el dolor pasa.

Porque el concierto queda.

Porque el alma necesita estos rituales para recordar quién es.

Seguimos yendo porque ahí, frente al escenario, comprendemos algo que no cabe en una pastilla ni en una rutina de descanso:

la música sana, reconcilia, limpia, ilumina.

Incluso cuando al día siguiente caminamos como Robocop.

Un año de Ojo Eléctrico

Hoy celebro el primer aniversario en esta casa, agradeciendo cada lectura, cada comentario, cada historia que me comparten y cada noche de música que todavía se siente como la primera.

Y aunque duelan las rodillas, aquí seguiré: escribiendo, asistiendo, vibrando.

Gracias por este año.

Gracias por seguir siendo la tribu.

Y si tienes tu propia historia de concierto que te dejó adolorido pero feliz… quiero leerla.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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