Por Daniel Espartaco Sánchez
A treinta años de la muerte de la reina del tex-mex, aquel 31 de marzo de 1995, al mediodía, en Corpus Christi, Texas, uno podría preguntarse, ¿qué hubiera pasado si no hubiera recibido un disparo en la arteria subclavia, aquella que irriga la cabeza y las extremidades superiores, por parte de la Taurus 85 de cañón recortado, calibre 38, en manos de Yolanda Saldívar? Ahora mismo, Selena Quintanilla Pérez tendría 53 años, ¿habría triunfado en el mercado mainstream norteamericano, como era su sueño, o habría fracasado y, por lo tanto, seguiría relegada al mercado latino, ahora que el reguetón se escucha básicamente en todo el globo terráqueo? ¿Habría hecho duetos con Madonna, o Shakira o Beyoncé? No faltaría el hace veinte años inexorable Pitbull o bien, Maluma, qué se yo. ¿Hubiera actuado en el Supertazón en lugar de Bad Bunny? ¿Tendría su propia línea de perfumes? Pensamientos ociosos de un domingo por la noche, después de ver el documental Selena y los Dinos en Netflix, estrenado hace apenas un mes, más de lo mismo acerca de la malograda reina del tex-mex, con algunos asegunes.
Si algún centennial me preguntara qué edad tengo, le diría que me acuerdo del día en que Elton John salió del closet, de la muerte de Tupac Shakur, pero sobre todo de aquel 1 de abril de 1995, cuando mi pequeña ciudad despertó con la noticia de la muerte de la reina del tex-mex, el día que la tierra se detuvo (en un sentido figurado, claro), y la gente se enteraba de las cosas por el periodicucho local; vamos, que ni la muerte de Kurt Cobain caló tan hondo, 361 días antes, el 5 de abril de 1994. Era una mañana luminosa, de esas que te arrojan a la cara toda la belleza del mundo. Nadie debería de morir un día así, próximo a la resurrección de la primavera y del Nazareno. Chava, uno de los empleados de la limpieza, estaba desolado. No lo puedo creer, me dijo. ¿Qué cosa?, le pregunté. ¿No sabes?, me dijo. No, respondí. Se murió Selena. ¿Quién? ¿No sabes quién es Selena?, me miró ofendido. No, le respondí, y me sentí avergonzado de no saber quién era esa señora, a la par que Chava me mostraba una página doble del periódico, donde se consignaban todos los detalles de tan trágico deceso, minuto a minuto. Al centro de aquella página doble, había una fotografía de una muchacha de no malos bigotes, vestida con hot pants, top, chaleco de torero y una gorra de visera, que hubiera sido de policía de no ser por sus costuras doradas. Acto seguido, guiado por un espíritu humanitario al respecto de mi ignorancia, pero sobre todo pedagógico, Chava sacó su grabadora made in China de la marca “Somy”, con reproductor de cedés y me puso “Como la flor”, “Amor prohibido”, “Baila esta cumbia” y un largo etcétera, canciones que yo había escuchado todas en el transporte público. Y a partir de ahí, la reina del tex-mex no dejó no sólo de sonar en el trabajo sino básicamente en todas partes durante semanas y semanas, meses. El pueblo bueno y sabio lloraba a su ídola muerta, y la lloraba, quiero pensarlo, de manera sincera. ¿Habría pasado de moda Selena si no hubiera muerto aquel 31 de marzo de 1995? ¿Se habría apagado su luz entre tanta competencia? Eso es algo que ya sólo concierne al campo de la especulación ociosa, un domingo por la noche, después de ver Selena y los Dinos, el documental de Netflix.
Por lo demás, más de lo mismo, el documental aporta muy poco a la leyenda áurea de Selena Quintanilla, sin alejarse en ningún momento de la hagiografía oficial. Invaluable es la historia del origen de Los Dinos de Abraham Quintanilla, la forma en que A.B. Quintanilla compuso algunas de las canciones emblemáticas, el archivo familiar de videos caseros, donde vemos a Selena crecer y ganar experiencia en el bajo mundo de la música, cómo aprendió español, cómo fue que el grupo se conectó con la cumbia tras un primer fracaso en México en el show de Johnny Canales (take it away). Poco o nada agrega a lo que ya sabemos, miel sobre hojuelas, sin claroscuros, donde Yolanda Saldívar aparece como un mero deus ex machina narrativo, con el timing perfecto, y, por eso, Selena y los Dinos se suma a la larga retahíla de producciones que, desde la esfera privilegiada de la blanquitud, intentan vender lo más sagrado de la cultura popular a los mismos blancos, siempre ávidos de una identidad que no poseen, ya sea Juan Gabriel, los tacos o las garnachas o Selena Quintanilla Pérez. No falta una lágrima final, el legado de aquella muchacha que apenas conoció la fama. Y merece que hoy en día Chava le haga su propio homenaje con una enorme bocina comprada a plazos impagables en Coppel, y una memoria USB que contenga “Como la flor”, “Amor prohibido”, “Baila esta cumbia” y un largo etcétera, para desgracia de sus vecinos.



