Por Gilma Luque
Un texto sobre Blanco de Han Kang
No te mueras. No te mueras, por favor son las palabras que de manera inevitable les decimos a aquellos a quienes amamos y van a morir. Se las decimos aún ya muertos porque el deseo no merma. Se las hemos dicho a cada muerto que nos habita. Esas fueron las palabras que la madre de Han Kang le dijo a su primogénita sietemesina antes de que falleciera a las dos horas de nacer. Las únicas palabras que escuchó en su breve estancia en un mundo frío donde su madre la arropaba con cariño y miedo.
Esta escena, una pequeña envuelta en una tela blanca e improvisada como batita de recién nacido, es el hilo conductor de Blanco de Han Kang, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2024. Nacida en Gwangju, Corea del Sur, en 1970, Han no necesita presentación, pues todos sabemos que es autora de La vegetariana, El profesor de griego, Actos humanos, entre otros, además de varios libros de cuentos y poemas. Sabemos que ha ganado, además del Nobel de Literatura, múltiples premios nacionales e internacionales; que comenzó su carrera como novelista en 1994, al ganar un concurso literario del diario Seoul Shinmun y que su obra ha sido traducida a más de treinta idiomas. Sabemos que al escribir no busca encontrar respuestas sino sostener preguntas como por qué el mundo es tan violento y doloroso, y al mismo tiempo tan bello. Sabemos que le interesa saber qué es el amor y que esa respuesta la supo desde pequeña, pero tomó conciencia de ella muchos años después, tal como lo cuenta en su discurso de aceptación del Nobel: al mudarse, encontró sus diarios de niña y un libro de poemas fechado en 1979. El verso que llamó su atención fue el siguiente: ¿Qué es el amor? Es el hilo dorado que conecta nuestros corazones. Entonces recordó que se mudó a Seúl un año antes de la masacre de Gwangju, en 1980, y que ella y su familia siguieron de cerca las atrocidades del ejército con un sentimiento de culpa por la gente que se quedó y vivió toda clase de injusticias y violencia. Años después, publicaría Actos humanos y le daría voz a las víctimas, voz a los muertos. ¿Puede el presente ayudar al pasado? ¿Pueden los vivos salvar a los muertos? Así fue como les prestó a los muertos la vida que latía a través de su cuerpo. Y así, en cada libro escrito busca la justicia, la memoria, el amor y lo bello.
En Blanco también necesitaba darle vida a alguien, su hermana mayor. Durante una temporada en Varsovia, comienza a escribir un listado sobre lo blanco: manta de bebé, sal, nieve, helada, arroz, canas, mortaja, luto. Se encuentra en una ciudad ajena, donde se reencuentra con sus recuerdos y, por lo tanto, con el duelo irresuelto por la muerte de su hermana mayor. Compara la ciudad de Varsovia, reconstruida sobre ruinas y cubierta de nieve, con ella misma… sabe que la memoria es lo único que nos queda ante la muerte, que hay espíritus con los que tenemos que vivir.
Su madre se embarazó cuatro veces, pero murieron al nacer la primogénita y después un varón. La tercera fue Han y el cuarto su hermano menor. Desde que su madre le contó la historia, ella se siente una sustituta y también con el deber de prestarle su cuerpo a la hermana muerta. El padre no habla mucho de eso. Sabemos que, a la mañana siguiente de la muerte de la niña, la llevó envuelta en la manta blanca que sirvió de mortaja, para enterrarla y que la nieve cubriera la tierra.
Han Kang supo durante su estancia en Varsovia que ya no podía esconderse, que tenía que escribir, que ya no tenía más remedio que adentrarse en el libro no escrito aún. Con un sin fin de imágenes hermosas, de descripciones de pájaros, de la niebla, de peces congelados nos da testimonio de su propia destrucción, de la de su madre al perder a la hija, de los estragos de un parto sin continuidad; entonces Han se permite imaginar otra historia, donde la madre amamanta a la pequeña que no muere. Porque a veces necesitamos imaginar lo imposible para alimentar a los espíritus de nuestros muertos y se pregunta ¿será que siempre imitamos a los que no sufren? Mientras repetimos: no te mueras. Vive.
Blanco es una despedida y una aceptación sin importar el género, pues un libro sólo tiene la forma de lo que dice.



