Carta de amor (1)

Entonces comprendí que mis intentos de fuga estaban acotados por los contornos de todo un sistema y que la libertad no se encontraba donde la buscaba sino en la sombra.

mayo 4, 2026

Por Virginie Kastel

La primera y única carta de amor que recibí en mi vida fue escrita por David, que era un año mayor que yo en la primaria. Era una carta escrita con tinta azul sobre papel rosa con líneas. Nunca olvidaré la emoción que sentí. A David le agradecí con un beso en la boca (sin lengua). A David lo besé por culpa. ¿Cómo no corresponder a un mensaje tan sincero? 

A partir de ese beso, mi vida amorosa tomó el giro inesperado y equivocado de salir con niños que no eran como David. De la respuesta que escribí por obligación debo haber aprendido a imaginar futuros posibles para un presente amoroso que no existía.  

Enamorarse demasiado y (demasiado pronto) de hombres (demasiado) ocupados de sí mismos forma parte de una herencia. Pronto me encontré habitando el destino de las madres de mis padres. Entonces comprendí que mis intentos de fuga estaban acotados por los contornos de todo un sistema y que la libertad no se encontraba donde la buscaba sino en la sombra. Nada logró apartarme de ciertas raíces: la vida sencilla, la maternidad, la inseguridad persistente, el desarraigo.

No creo que mi abuela le haya escrito una carta a mi abuelo, y menos aún a un hombre que, según entiendo, era iletrado. No fue necesario dejar por escrito la promesa del amor: se sabía que casarse implicaba permanecer hasta la muerte. Así fue como mi abuela envenenó a mi abuelo para salvarlo de su alcoholismo. Y no lo mató (con la ayuda de dios: sus palabras). 

Al final fue él quien perdió la cabeza a pocos meses de perderla a ella; lo encontraban deambulando por la casa, manteniendo un diálogo extraño con lo invisible. 

No conocí en mis abuelos una palabra de cariño o de cordialidad, y aun así no dudo del enorme amor que se profesaban. Mis abuelos hicieron un pacto que no muere con la vida; un amor duro, seco, analfabeta, un amor de granjero, obrero, solitario, un amor sólido como la vida que estuvo a punto de diluirlos al desplazarlos para siempre. Un amor que permanece y se expande ahora por las geografías de un mundo planetario. Un amor legado. Mis abuelos encontraron su destino al multiplicarse con los patrones de Dios. Y yo soy testiga de su pacto pudoroso, de su vida olvidada, de lo que vale la pena recordar. 

Virginie Kastel Ornielli es curadora, docente y editora en Tresnubes Ediciones. Fue coordinadora general de artes visuales de San Pedro Garza García (2021-2024), donde dirigió el Centro Cultural Plaza Fátima. En 2020, obtuvo el Reconocimiento Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Entre sus proyectos curatoriales destacan: Tres maneras de desdoblar un cuerpo, de Miriam Medrez, en el MACT; Impermanente y frágil, en Casa Frissac, Tlalpan (mayo-julio 2024); Estados mentales, de Chuma Montemayor, en Ciudad Victoria (agosto-noviembre 2024); y Ver con las manos, en la Galería Emma Molina, Monterrey (diciembre 2024). Actualmente, se desempeña como gerente de exposiciones y publicaciones del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO).

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