Carlos Santana y una guitarra sin pasaporte

El Mundial 2026 se juega en México, Estados Unidos y Canadá. De los tres, dos son países que literal y biográficamente, son la historia de vida de Carlos Santana.

mayo 16, 2026

Por Arturo Roti

Tenía yo quizás diez u once años cuando escuché por primera vez esa melodía. Era una quinceañera de las de antes, salón rentado, mesas largas con sus arreglos de mesa y el inevitable vals que abría la pista. Las damas y los chambelanes desfilaban con esa seriedad prestada que tienen los adolescentes cuando quieren parecer adultos, y de pronto, en la bocina soltó algo distinto. No era un vals. Era una guitarra que gemía despacio, con acento latino, pero también con algo de blues, algo triste y bello al mismo tiempo, una melodía que subía y bajaba como si estuviera contando una historia sin palabras. Me quedé quieto. No supe qué era. No supe quién la tocaba. Pero algo en ese sonido se me metió adentro y no se fue.

Años después entendería que lo que escuché aquella noche era «Moonflower», esa versión en vivo que Santana grabó en 1977 y que se convirtió, sin que nadie lo planeara, en el vals alternativo de toda una generación de quinceañeras mexicanas. Y junto a ella, inseparables, «Samba Pa Ti» y «Europa», las tres instrumentales, las tres de Santana, las tres con esa cualidad extraña de sonar íntimas y enormes al mismo tiempo.

La casa, la radio y los éxitos que sonaban

En casa sonaban «Oye Como Va», «Jingo» y «Black Magic Woman». Esos sí los conocía todo el mundo —eran los temas que ponían en la radio, los que estaban en todas partes—. Pero yo los escuchaba sin prestarles demasiada atención, como se escuchan las canciones que forman parte del paisaje antes de que uno aprenda a mirar. Eran de Santana, sí, pero Santana todavía no era nadie para mí, era solo un nombre que flotaba en el ambiente.

Lo curioso, y esto vale la pena contarlo, es que «Black Magic Woman» ni siquiera era de Santana en primer lugar. La escribió Peter Green, el guitarrista fundador del Fleetwood Mac original. Green la lanzó como sencillo en 1968, y fue un hit discreto en el Reino Unido. Santana la tomó, la puso encima de congas y timbales y percusión afrocubana, y la transformó tan completamente que hoy casi nadie recuerda el original. El propio Carlos lo explicó con una imagen perfecta: «Es como un chef, le metes un poco de orégano, jalapeños, ajo y cebolla». Así la cocinó Santana.

El hombre que se hizo en dos fronteras

Carlos Humberto Santana Barragán nació el 20 de julio de 1947 en Autlán de Navarro, Jalisco. Su padre, José Santana, era violinista de mariachi. A los cinco años aprendió violín, a los ocho guitarra. La familia se mudó a Tijuana y ahí el joven Carlos empezó a tocar en bares, absorbiendo blues norteamericano de T-Bone Walker, Muddy Waters y B.B. King. Más tarde se mudó a San Francisco, ciudad que en los sesenta era el centro de gravedad de todo lo que estaba cambiando en la música y en la cultura.

Lo que emergió de ese cruce de mundos fue algo que no existía antes: rock con alma latina, congas donde debería haber batería convencional, guitarra que sonaba a blues pero pensaba en ritmos afrocubanos. El Kennedy Center lo describió con precisión: «Música mundial verdadera antes de que el término existiera».

En Woodstock 1969 —uno de los festivales más importantes de la historia del rock— Santana tocó uno de los sets más memorables. El detalle que nadie cuenta en las crónicas oficiales: él mismo no lo recuerda. Su banda fue adelantada en el cartel mientras él había tomado LSD creyendo que tenía horas antes de salir al escenario. Tocó «Soul Sacrifice» en un estado alterado de conciencia que, paradójicamente, quedó grabado como una de las actuaciones más hipnóticas de ese evento histórico.

«Samba Pa Ti», «Europa», «MoonFlower» y el soundtrack latino de los setentas

Hay canciones que pertenecen a un lugar y a un tiempo de manera tan completa que es imposible separarlas de él. «Samba Pa Ti» —del álbum Abraxas, 1970— es un tema instrumental que Santana compuso, sin letra, sin explicación. Solo guitarra, solo melodía y sin embargo dice algo que las palabras no podrían decir tan bien.

«Europa (Earth’s Cry Heaven’s Smile)» llegó seis años después, en el álbum Amigos de 1976. La historia de su origen tiene su propio sabor: Santana vio a una amiga pasando una mala experiencia bajo los efectos de la mescalina y escribió una pieza que guardó sin título por un tiempo. Años más tarde, de gira con Earth, Wind & Fire en Manchester, la tocó en un soundcheck junto al tecladista Tom Coster, quien le ayudó a darle forma final. El título no es un homenaje al continente, hace referencia a Europa, la figura de la mitología griega seducida por Zeus transformado en toro.

«Moonflower» llegó en 1977 como álbum doble —mitad estudio, mitad en vivo— y en esa versión en vivo de la canción que le da nombre está quizás el Santana más puro: la guitarra sin adornos, sostenida, casi rezando. No es casualidad que fuera esa versión la que encontró su lugar natural en los salones de fiesta mexicanos. Había en ella algo que las baladas de la época no podían ofrecer: emoción sin palabras, intensidad sin drama, belleza sin explicación. Las quinceañeras la bailaban sin saber quién era Santana. No importaba. La música lo decía todo.

Estas tres canciones se convirtieron en el himno no oficial de toda una generación de celebraciones mexicanas, quinceañeras, bodas, bautismos. La guitarra de Santana como fondo de los primeros valses torpes y los primeros bailes en serio. Hay algo casi irónico en que el sonido que definió esos rituales sociales tan mexicanos viniera de un hombre que ya vivía en San Francisco pero que llevaba Jalisco tatuado en cada nota.

Los ochentas: cuando Santana se volvió una leyenda personal

A finales de los años ochenta fue cuando yo me adentré de verdad en la leyenda. No fue gradual, fue como cruzar una puerta. Empecé a escuchar Abraxas, Amigos, Moonflower, y entendí que aquel sonido de guitarra que me había detenido en aquella quinceañera de mi infancia tenía un nombre, una historia, una dimensión que yo apenas empezaba a explorar.

Tuve la fortuna de verlo en concierto en dos ocasiones en el ya extinto Auditorio Coca-Cola. Quien vivió esas noches sabe de lo que hablo. Santana en vivo no es simplemente un concierto de rock. Es algo que se parece más a una ceremonia. El hombre hace hablar a la guitarra. Cada nota sostenida, cada frase que construye y deja caer con una calma absoluta, tiene el peso de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y por qué en el Auditorio Coca-Cola, con ese sonido llenando cada rincón, entendí por qué la gente usaba la palabra «shaman» para describirlo.

El Mundial que no tiene a Santana

Y aquí llega el dato que me parece imposible de ignorar en este contexto.

El Mundial 2026 se juega en México, Estados Unidos y Canadá. De los tres, dos son países que literal y biográficamente, son la historia de vida de Carlos Santana. La tierra que lo vio nacer y la que lo hizo famoso.

Santana ya estuvo en un Mundial. En Brasil 2014 fue parte del himno oficial «Dar um Jeito (We Will Find A Way)» junto a Wyclef Jean, Avicii y Alexandre Pires, y actuó en la ceremonia de clausura en el Maracaná. Él mismo lo definió como «un honor compartir este mensaje de luz y esperanza en el escenario de la Copa del Mundo».

Para 2026 —el Mundial de su tierra, el que se abre en el Estadio Azteca con México como anfitrión— el lineup confirmado para la ceremonia inaugural incluye a Maná, Alejandro Fernández, Belinda, Los Ángeles Azules, Lila Downs, J Balvin y Danny Ocean. Maná es un nombre correcto, absolutamente correcto. Pero la ausencia de Santana en ese cartel, en ese Mundial, en ese Azteca, en ese México, es una de esas ausencias que también dicen algo.

Quizás nada dice. Quizás es solo logística, contratos, disponibilidad. Pero es difícil no pensar en aquel niño de Autlán de Navarro, hijo de mariachi, que cruzó fronteras con una guitarra y le dio al rock una voz que sonaba a todo el continente a la vez, y que hoy, cuando el mundo llega a su casa, no está en el escenario de bienvenida. En fin.

Una nota final

Recapitulando, aquellas melodías de los setenta nunca me dejaron ir del todo. Lo que sentí entonces, sin saber quién era Santana, sin entender nada de blues ni de jazz ni de ritmos afrocubanos, fue simplemente lo que hace la buena música: te para en seco y te dice que hay algo ahí que vale la pena conocer.

Tardé unos años en hacerle caso. Pero cuando lo hice, encontré a un hombre que reinventó canciones ajenas hasta hacerlas suyas, escribió temas instrumentales que se volvieron el soundtrack de los ritos más íntimos de México, y que lleva más de cincuenta años demostrando que la música, cuando es verdadera, no tiene pasaporte.

Carlos Santana y su guitarra no lo necesitan.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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