Por Daniel Espartaco Sánchez
A quién no le gustaban aquellas películas de tortazos de Carlo Pedersoli y Mario Girotti, mejor conocidos por sus nombres en inglés: Bud Spencer y Terence Hill. Títulos como ¡Más fuerte, muchachos!, Juntos son dinamita, Dos superpolicías, Dos puños contra Río o Yo estoy con los hipopótamos, filme ecologista y pionero en su tipo. Si el domingo te habías perdido cualquiera de estos, el lunes, durante el recreo, estabas más condenado al ostracismo que el mismísimo Temístocles y mejor te valía beber algo de cicuta. Y no sólo era algo que tuviera que ver con la testosterona —puñetazos y más puñetazos—, la primera niña que me gustó se sabía de memoria el tema de El superpolicía nuclear de Terece Hill, “Super Snooper” de The Oceans, que iba más o menos así: He’s a super snooper / really super trooper / a wonder cop / a one like you never saw. O lo que es lo mismo, que ni ella ni yo teníamos antena parabólica y éramos hijos bastardos de la televisión pública. Todavía recuerdo la escena, casi al final, cuando, después de adquirir superpoderes, Terence Hill desviaba una avioneta en pleno vuelo, al mover los alerones desde afuera. Nuestros brazos prepubertos estaban a tan sólo unos centímetros uno del otro y hasta podía escuchar su respiración: fue uno de los momentos más felices de mi vida.
Bud y Terence disfrutaron de gran éxito en Europa, al grado de que cuando Bud murió en 2016, en Alemania casi declaran un día de luto nacional. Me entero de que tiene una estatua en Hungría, pero ese es otro cuento. Si Woody Allen tiene una España y Anthony Quinn en Chihuahua todo es posible.
Cuando yo tenía veinte años y era un muchacho confundido, comencé a escribir una historia que gracias a Dios nunca pude terminar. Había sido tanto el éxito capitalista de la dupla Spencer/Hill, que en el campo socialista, más concretamente en Yugoslavia, se había decidido desde estancias superiores —léase el mismísimo Josip Bros Tito— replicar la formula con dos actores locales, Ismail Mehmedović y Vuk Kovačić, que eran tremendamente parecidos a los originales (como dos gotas de agua). Es así como nace el yugowestern: Dva muškarca i jedan konj (Dos hombres y un caballo, 1977), Srce je ciganin (El corazón es un gitano, 1978) y Pleši, dovraga, pleši (Baila, maldita sea, baila, 1980); además de la película de tema contemporáneo, en donde Mehmedović y Kovačić interpretan a dos buscavidas que, reclutados por la policía, ayudan a capturar a una banda de contrabandistas: Ja nisam luzer (No soy un perdedor, 1981). El final es épico, con toda clase de tortazos en el Kalamegdan. Mehmedović y Kovačić son considerados héroes nacionales, pero una década después de la muerte de Tito, el país se ve sumergido en una guerra civil y fratricida. Mehmedović es bosnio y Kovačić serbio y nunca más vuelven a dirigirse la palabra.
El relato se interrumpe para hablarnos de Wong Kong-sang, un artista de artes marciales, mejor conocido en el mundo como Robin Wong, quien se encuentra deprimido porque después de cientos de películas —una docena por año—, no ha sido tomado en serio por la crítica, después de varias incursiones pretensiosas con el director de prestigio Chan Yun-fat. Piensa seriamente en el suicidio cuando recibe el guión de un joven director mexicano, Ramón Urueta, nieto de Chano Urueta, egresado del CUEC y gran admirador de Wong. Se trata de un wéstern con todas las letras, que transcurre durante la revolución mexicana. Aunque ya no es un muchacho, Wong interpretaría a un joven inmigrante chino que llega a un pueblito del norte de México, en donde un tío suyo tiene una lavandería. Wong huye de la miseria y la inestabilidad política en China para labrarse un futuro mejor. El trabajo en la lavandería es duro, pero se enamora de Xinyi, la hija de un prospero miembro de la comunidad china, quien lo desprecia por insignificante. La aparentemente anodina historia de amor continúa hasta que el forajido Pancho Villa llega al pueblo huyendo de las tropas de Pershing y del ejército constitucionalista. Pronto reúne a la comunidad china para exigirles dinero y poder financiar su revolución, cometiendo toda clase de actos de crueldad y secuestrando a la hermosa Xinyi. Wong huye al desierto malherido, su kung fu nada tiene que hacer frente a la Colt de Pancho Villa, pero ahí, en una cueva, se encuentra con dos forajidos gringos que lo ayudarán a vencer a Villa a mamporros y no poca picardía. Para estos dos papeles, Urueta ha pensado en Bud Spencer y Terence Hill.
—¿Se imagina esto, señor Wong? —le dice—, ¿Bruno Wong, Bud Spencer y Terence Hill unen sus fuerzas para luchar contra Pancho Villa?
Wong no lo piensa más —Spencer y Hill eran muy populares en Hong Kong y el continente— y compra el guión de Urueta por un puñado de miles de dólares. Contrata a Lubezki como fotógrafo, a Zhang Ziyi como Xiyi y para el papel de Pancho Villa ya está apalabrado Jesús Ochoa o Joaquín Cosío, no importa, como si hubiera alguna diferencia. Pero Spencer y Hill se niegan terminantemente a interpretar los papeles, no se tragan el uno al otro, además de alegar motivos de agenda, por lo que Urueta tiene una idea: hijo bastardo de la televisión pública, recuerda haber visto, durante su infancia, una oscura película yugoslava llamada Baila, maldita sea, baila…
—No se preocupe, señor Wong, si los originales Spencer y Hill no quieren, es posible una solución…
Y es así, como Urueta emprende un viaje a las ruinas de lo que fue la antigua Yugoslavia…
—¿Y luego? —me pregunta B.
—No lo sé —le respondo.
—¿Cómo que no lo sabes?
Estamos tomando un café en un Vips, es el año 1999, cuando la gente todavía tomaba cafés en el Vips. El Starbucks todavía no toma por asalto la ciudad y mi TDA no me permite no sólo terminar una historia, sino no terminar nada, gracias a Dios, ahora que lo pienso. Hace unos días compré una unidad externa para DVD para ver qué había en unos discos que encontré por ahí, fechados en el 2001, y ahí estaba el borrador, que fue directamente a la papelera de reciclaje. Después lo borré. Pero la realidad superó a la ficción, al año siguiente Jackie Chan estrenaría Shangai Noon, y resulta que sí existieron los Bud Spencer y Terence Hill del campo socialista, pero no yugoslavos sino húngaros: István Bujtor y András Kern. Cuando Bujtor murió, en Hungría fue declarado día de luto nacional. Lubezki ha ganado no sé cuántos Oscar a la mejor fotografía y tanto Joaquín Cosío como Jesús Ochoa siguen tan indistinguibles el uno del otro.


