Por Arturo Roti
Kråkstad, Noruega. Abril de 1991. Una casa de madera a las afueras de Oslo. Adentro viven dos jóvenes que se dedican, con una seriedad que rara vez se le concede a la música extrema, a construir una banda que va a cambiar el rumbo del metal para siempre. Uno se llama Øystein Aarseth, aunque el mundo lo conocerá como Euronymous. El otro es Per Yngve Ohlin, sueco, veintidós años, que hace tiempo dejó de responder a ese nombre y solo contesta a uno: Dead.
Dead no interpreta un personaje. Ese es el primer error que hay que corregir antes de seguir contando esta historia, porque el mito lo ha simplificado hasta la caricatura: el vocalista gótico que se pintaba la cara de blanco y negro para parecer un cadáver reanimado. La realidad es más incómoda. Dead llevaba años enfermo —una depresión que ni él ni nadie a su alrededor sabía nombrar con propiedad, y que en la Noruega de finales de los ochenta tampoco tenía muchos lugares donde buscar ayuda—, y en algún punto decidió que su enfermedad y su arte eran la misma cosa. Enterraba su ropa de escenario para que oliera a tierra y putrefacción antes de un show. Guardaba un cuervo muerto en una bolsa y lo olía antes de cantar, para invocar, según decía, el aroma de la muerte. En un concierto en 1990 se cortó los brazos con un cuchillo frente al público hasta que la sangre le escurría por los codos, y cuando alguien del público le gritó que aquello no era más que un espectáculo, se giró y le lanzó pedazos de vidrio. Eso no era una pose. Era un hombre que llevaba mucho tiempo pidiendo ayuda en el único idioma que conocía.
El 8 de abril de 1991, Dead se encerró en su cuarto de la casa de Kråkstad. Se cortó las muñecas y el cuello. Dejó una nota “disculpen por toda la sangre, gracias” con una letra cuidadosa, casi caligráfica, como si el gesto final necesitara también estar bien ejecutado. Y luego tomó la escopeta de caza que guardaba en la casa y se disparó.
Fue Euronymous quien encontró el cuerpo y aquí es donde la historia deja de ser una tragedia personal y se convierte en otra cosa, porque lo que Euronymous hizo en los minutos siguientes es el primer ladrillo de todo lo que vino después. No llamó a una ambulancia. No llamó a la policía. Salió de la casa, caminó hasta una tienda, compró una cámara desechable, volvió y fotografió el cuerpo de su amigo antes de que nadie más lo tocara. Reacomodó algunos objetos alrededor —dicen que movió la escopeta para mejorar el encuadre— y disparó varias fotos.
Una de esas imágenes, años después, terminaría como portada de un disco en vivo de Mayhem: Dawn of the Black Hearts. La foto de un cadáver real, vendida como mercancía en las tiendas de discos del mundo entero.
Circuló también, desde entonces, otra versión de esa mañana: que Euronymous recogió fragmentos del cráneo de Dead antes de que llegaran las autoridades y con el tiempo los mandó engarzar en collares que repartió entre los músicos que consideraba lo bastante «dignos» de la escena. Esa parte —la de los fragmentos de hueso convertidos en joyería— la sostiene con insistencia Jørn «Necrobutcher» Stubberud, el bajista de Mayhem, que estuvo ahí desde el principio y que rompió relación con Euronymous precisamente por esto. Pero veamos lo que verdaderamente importa: un joven se mató, y su amigo, en vez de sentir horror, vio ahí una oportunidad material. Pruebas de autenticidad para vender a una escena que empezaba a competir consigo misma por ver quién estaba más cerca de la oscuridad real.
Esa es la primera pregunta que esta historia obliga a hacerse, y conviene dejarla plantada aquí, al principio, porque va a volver: ¿en qué momento una postura estética empieza a exigir sacrificios reales para seguir pareciendo legítima?
Después de la muerte de Dead, Euronymous abrió una tienda de discos en un sótano de Oslo. La llamó Helvete “infierno” en noruego— y ahí montó, sin proponérselo del todo, el cuartel general de lo que la prensa noruega bautizaría con el tiempo como el Inner Circle: una banda de adolescentes y veinteañeros, casi todos varones, casi todos criados en pueblos pequeños donde el aburrimiento y el frío eran los estados de ánimo por default, que se juntaban ahí a escuchar discos, hablar de satanismo y competir por ver quién odiaba con más sinceridad al cristianismo.
Ahí estaban Varg Vikernes, que grababa en solitario bajo el nombre de Burzum y que llegó a Oslo con una obsesión ya formada por el paganismo nórdico y la idea de una Noruega pre-cristiana pura que había que recuperar a como diera lugar. Ahí estaba Bård «Faust» Eithun, baterista de Emperor, dieciocho años, empleado de la tienda. Ahí rondaban también gente de Darkthrone, de Immortal, de Thorns —la banda de Snorre «Blackthorn» Ruch, que va a reaparecer más adelante en esta historia, y de manera decisiva.
Al principio, el eje ideológico del grupo era el satanismo que predicaba Euronymous: no un satanismo de broma, sino algo que él insistía en tratar como filosofía seria, con Nietzsche y con Crowley metidos en el mismo costal. Pero cuando Vikernes se afianzó dentro del círculo, la cosa empezó a partirse en dos corrientes que compartían el mismo odio —al cristianismo— pero no la misma meta. Para Euronymous, el enemigo era la fe cristiana como sistema de control moral. Para Vikernes, el cristianismo era, además, un invasor extranjero: la religión que había borrado la identidad vikinga original de Noruega, y había que expulsarla del territorio como quien expulsa a un ocupante.
Esa diferencia, que en una sobremesa cualquiera hubiera sido apenas una discusión filosófica entre chavos con demasiado tiempo libre, se volvió el motor de una campaña de incendios que sí tuvo consecuencias reales.
El 6 de junio de 1992, Vikernes prendió fuego a la iglesia de madera de Fantoft, una construcción del siglo XII, una de las joyas arquitectónicas de Noruega. La imagen del incendio —las llamas comiéndose una estructura de casi ochocientos años— circuló en la prensa noruega como un shock nacional, y dentro del círculo funcionó como una especie de disparo de salida. En los meses y años siguientes cayeron más iglesias de madera medievales: Holmenkollen, Skjold, Åsane, y una larga lista más. Algunas de esas construcciones nunca se pudieron reconstruir con fidelidad. Una fotografía de una de esas iglesias en llamas terminó en la portada de Aske («cenizas»), el disco de Burzum. El fuego, otra vez, convertido en mercancía.
Y en medio de esa espiral, el 21 de agosto de 1992, Faust —el baterista de Emperor, el empleado de Helvete de dieciocho años— se cruzó de noche en un parque de Lillehammer con un hombre llamado Magne Andreassen. No hubo pelea, no hubo robo, no hubo ninguna razón que un juzgado pudiera calificar de motivo. Faust lo apuñaló y lo pateó hasta matarlo, según confesó después, simplemente porque quería saber qué se sentía matar a alguien.
Deténgase un momento en esa frase. No es la frase de alguien defendiendo una causa, ni siquiera una causa monstruosa. Es la frase de alguien que había llegado a un punto en el que la curiosidad estética por la muerte —alimentada durante meses de discursos y competencia de quién era más oscuro dentro de un sótano en Oslo— ya no necesitaba ninguna justificación externa para convertirse en acto.
Esa es la segunda pregunta que esta historia deja plantada: ¿Cuánto tiempo puede una idea alimentar la fantasía de alguien antes de que esa persona deje de necesitar un pretexto para llevarla a la realidad?
Para 1993 la relación entre Euronymous y Vikernes ya se había podrido por dentro. Habían sido socios: Euronymous producía y distribuía la música de Burzum a través de su sello, Deathlike Silence Productions. Pero debajo de la sociedad comercial corría una rivalidad de ego que llevaba meses calentándose —discusiones por dinero, por quién tenía la autoridad moral de decidir qué era «verdadero» black metal, por quién de los dos merecía ser reconocido como el líder real del movimiento que ambos habían ayudado a construir.
La noche del 10 de agosto de 1993, Vikernes manejó desde Bergen hasta Oslo. Lo acompañaba Snorre Ruch, el guitarrista de Thorns. La excusa oficial era hablar de negocios relacionados con el sello. Lo que ocurrió al llegar al departamento de Euronymous fue un enfrentamiento que terminó con Vikernes clavándole un cuchillo veintitrés veces: en la cabeza, en el cuello, en la espalda.
Vikernes siempre sostuvo que actuó en defensa propia, que Euronymous lo había amenazado antes y que esa noche fue él quien se le fue encima primero. Un jurado, sin embargo, no encontró compatible esa versión con veintitrés heridas de arma blanca. Lo condenaron a veintiún años de prisión —la pena máxima permitida por la ley noruega en ese momento—, de los cuales cumplió dieciséis antes de salir por buena conducta en 2009. Ruch, el conductor esa noche, recibió una sentencia menor por complicidad.
Con Euronymous muerto, el Inner Circle dejó de existir como tal. No hubo un comunicado, ni una disolución formal: simplemente el centro de gravedad que lo sostenía —esa tienda, ese sótano, ese hombre que quería ser el sumo sacerdote de una religión que él mismo estaba inventando sobre la marcha— desapareció de golpe, apuñalado por uno de sus propios discípulos.
Han pasado más de treinta años. Faust salió de prisión en 2003 y volvió a tocar batería, primero con Dissection, luego en una lista larga de proyectos —Blood Tsunami, Djevel, Aborym entre otros—, Vikernes retomó Burzum en solitario apenas salió, sigue grabando discos hasta hoy y vive en Francia sosteniendo un discurso de nacionalismo pagano y extrema derecha que lo mantiene alejado de buena parte de la escena que él mismo ayudó a fundar. Cuando Hollywood contó esta historia en la película Lords of Chaos (2018), Vikernes salió a decir en un video que «todo en esa película está mal», y de paso soltó un comentario racista sobre el origen étnico del actor que lo interpretaba que dejó bastante claro que su discurso no había cambiado nada en tres décadas.
Y sin embargo el black metal noruego, el género en sí, sobrevivió a todo esto y se volvió una de las corrientes más influyentes y respetadas de la música extrema contemporánea. Bandas como Emperor, Dark Throne, Satyricon, Immortal, Enslaved demostraron que se podía heredar la estética sin heredar la locura. La música, al final, sobrevivió mejor que las personas que la hicieron posible.
Queda la pregunta, entonces, sin resolver del todo, porque creo que no tiene una respuesta limpia: ¿en qué momento una pose se vuelve identidad, y la identidad empieza a exigir pruebas de sangre para seguir siendo creíble? Dead se mató porque estaba enfermo, no porque el personaje se lo exigiera, pero Euronymous decidió que su cadáver era material para explotar. Faust mató a un desconocido para saber qué se sentía. Vikernes incendió iglesias por una idea de pureza que ni él mismo pudo sostener y terminó apuñalando a su propio socio.
El fanatismo, cuando no tiene ningún límite exterior que lo detenga —ni ley, ni comunidad, ni una sola voz adentro del círculo que se atreva a decir basta—, no se conforma con la estética. Tarde o temprano cobra una vida.


