Por Arturo Roti
Éramos unos chavos de 12, 13 años, cuando René “Tachito”, llegó una tarde al búnker con un tesoro prestado: el Made In Japan de Deep Purple, que le había sacado a escondidas a su hermano mayor, Joel. El búnker era la casa de Roberto “Tiko”, donde entre todos juntábamos nuestros discos y nos plantábamos las tardes después de la escuela nomás a escuchar. Ahí, en esa recámara, sonó por primera vez “Highway Star”, y algo se nos voló de la cabeza. El solo de Jon Lord nos dejó boquiabiertos, pero lo que hacía Ritchie Blackmore en esa guitarra se nos quedó grabado para siempre. Desde ese momento fuimos acérrimos fans de Ritchie.
Por qué se fue de Purple (1975)
La salida se cocinó durante meses, pero se selló la noche del 7 de abril de 1975 en el Palais des Sports de París; uno de sus últimos shows con la banda, antes de anunciar formalmente el nacimiento de Rainbow. Blackmore había peleado por convertirse en el líder de facto de Purple, y prácticamente corrió al vocalista Ian Gillan y al bajista Roger Glover para meter a David Coverdale y Glenn Hughes. La jugada le salió al revés: Coverdale y Hughes trajeron con ellos un funk y un soul que a Blackmore lo hartaron cada vez más rápido. Años después lo resumiría así: “sentía que la banda ya no jalaba parejo como proyecto musical, se había vuelto un comité”. Hasta le llegaron a rechazar canciones porque otros miembros no querían ceder créditos de autoría.
La formación de Rainbow
Se fue a formar Rainbow con Ronnie James Dio para retomar el control creativo completo. Se llevó consigo a toda la banda de Dio, Elf, y grabó el álbum debut en Múnich en menos de un mes. Pero apenas terminado el disco, corrió al bajista y al baterista por no convencerle su forma de tocar, dejando solo a Dio del lineup original. Ya desde ahí se veía venir el patrón que lo perseguiría toda su carrera: control absoluto, o nada.
El regreso a Purple en los ochenta y la segunda salida
Volvió en 1984, como parte de la reunión de la Mark II clásica, y participó en cuatro álbumes más antes de irse definitivamente en 1993. La segunda salida repitió el mismo guion: diferencias creativas y personales, con la banda queriendo un sonido más progresivo mientras Blackmore se aferraba al hard rock de siempre.
La última vez que tocó con Purple, antes de Wantagh
Las tensiones estallaron en noviembre de 1993, en plena gira europea. En un show en el NEC Arena de Birmingham que la banda estaba grabando para lanzamiento oficial, Blackmore ni siquiera salió al escenario cuando arrancaron con “Highway Star”; apareció a la mitad de la canción, tocó de forma errática, y le aventó un vaso de agua a un camarógrafo que sintió se le había acercado demasiado. Siguieron con él unos días más y se separaron definitivamente tras el show del 17 de noviembre en Helsinki, Finlandia, con tan poco tiempo antes de una gira por Japón que tuvieron que meter a Joe Satriani de emergencia para cubrirlo.
La noche del reencuentro
El 12 de agosto de este año, en el Jones Beach Theater de Wantagh, Nueva York, Deep Purple traía en curso su gira para presentar Splat!, su disco más reciente. Nadie en el público sabía lo que se venía… o casi nadie. Un día antes, Blackmore lo había soltado él mismo, a medias, en un live de Instagram junto a su esposa Candice Night: “Es un secreto y no quiero que nadie lo sepa, pero probablemente me suba a hacer un encore con la banda Deep Purple”. Y remató con ese humor seco tan suyo: ”No he tocado rock en 25 años, en realidad. Va a estar bien ver otra vez a los viejos. Creo que todos vamos a andar en muletas y sillas de ruedas, aunque creo que el resto está bien”.
No fue una llamada telefónica la que destrabó todo, sino un gesto casi absurdo: Blackmore contó que le mandó a Ian Gillan lo que él mismo describió como ”mi paloma de inteligencia artificial” hasta Portugal, donde el cantante andaba, para preguntarle si podía subirse al escenario. Gillan aceptó.
Cuando llegó el momento, Blackmore salió y la banda arrancó ”Smoke on the Water” —la misma canción que llevaba su firma desde 1972— la misma que sonó a medias aquella última noche en Birmingham antes de que todo se rompiera. Esta vez no hubo vasos de agua volando. Gillan cantó una parte del tema con el brazo sobre el hombro de Blackmore, y al terminar le dijo al público: “Gracias, Ritchie… fue un placer. Nos vemos en el bar”.
Blackmore, que sigue en recuperación de un infarto y no toca en shows propios desde noviembre pasado, lo resumió después con una frase que dice más que cualquier crónica: fue a sanar heridas, y resulta que no había ninguna herida que sanar. Ahí estaba, otra vez, el vato que unos años antes nos había volado la cabeza siendo unos chavitos, nada más que ahora eran dos señores de más de setenta años reconociendo, en silencio y con una sola canción, que el tiempo ya les había ganado la partida a los rencores.
La paloma
Uno se pasa la vida creyendo que el orgullo es una forma de fuerza. Blackmore tardó 33 años en descubrir que no era así, que la verdadera fuerza estaba del otro lado, en subirse a un escenario sin saber si le iban a cerrar la puerta en la cara. Y no la cerraron. Cuando dos hombres que se dedicaron media vida a no hablarse encuentran, al final, que ya no queda nada que perdonar, algo se nos revela a todos los demás: que las heridas que más nos cuesta sanar casi siempre son las que ya sanaron solas, y que lo único que faltaba era alguien con el valor de ir a comprobarlo.
Si el guitarrista más terco del rock clásico, pudo bajar la guardia a los ochenta y un años y decir “aquí no había ninguna herida” el resto de nosotros ya no tenemos excusa. Esa llamada pendiente, esa disculpa que seguimos posponiendo, ese silencio que ya dura más años de los que debería: ahí sigue, esperando su ”Smoke on the Water”. No hace falta una gira mundial ni un escenario de quince mil personas. A veces basta con mandar la paloma.


