Por Arturo Roti
Los ochenta llegaron con un sonido nuevo instalado en la radio. El synth-pop mandaba: Depeche Mode, Human League, Yazoo, Duran Duran. Las tarimas de teclados sustituían secciones enteras de metales y cuerdas, y una generación completa aprendió a bailar sobre esa textura fría y programada. El rock, que hasta entonces se defendía con guitarras, empezó a mirar de reojo esa tecnología. Y uno a uno, los veteranos fueron cediendo.
Queen abrió la puerta primero, y con más ironía que nadie. Desde su disco debut en 1973, cada portada llevaba una leyenda casi de manifiesto: “no synthesizers”. Era una declaración de principios, la prueba de que todo lo que sonaba imposible en sus discos salía de la guitarra de Brian May y de nada más. En 1980, con The Game, esa leyenda desapareció. “Play the Game” abre con un Oberheim OB-X, y con él Queen dinamitó su propia regla de piedra. El disco los llevó al único número uno de su carrera en Estados Unidos, cuatro millones de copias vendidas solo ahí. La lección quedó flotando en el aire para el resto del rock: la pureza tenía un precio, y el mercado pagaba mejor por lo otro.
Para 1986 la tentación había bajado hasta el metal, ese género que se sostenía sobre la idea de que dos guitarras bastaban para todo. Judas Priest y Iron Maiden llegaron ahí casi al mismo tiempo, cada uno por su ruta. Priest venía de ver a sus teloneros vender millones de discos mientras MTV decidía qué sonaba a la época y qué no; cuando Roland les ofreció probar su sintetizador de guitarra recién salido, Tipton llegó con uno a Marbella, donde empezaron a escribir. El disco que resultó, Turbo, iba a ser doble, con el nombre Twin Turbos, hasta que la disquera se negó a fabricarlo así. Maiden entró por otra puerta: Bruce Dickinson volvió de la gira más larga de la banda con un puñado de canciones acústicas, el grupo se las rechazó, y Harris, Smith y Murray usaron el descanso para meterle mano a equipo que hasta entonces no habían tocado.

Yo lo sentí como traición, no como evolución. El metal se sostenía sobre una regla que nadie había escrito pero que todos respetábamos: dos guitarras, y con eso alcanzaba para todo lo que hubiera que decir. Cuando esas guitarras empezaron a sonar como teclados, sentí que alguien había roto un pacto sin avisarme. No me preguntaba solamente por qué lo hicieron; me preguntaba por qué ellos, los que habían construido su identidad sobre ese sonido, ahora sonaban a lo mismo que sonaba todo lo demás en la radio.
La respuesta técnica es menos dramática que la traición que yo sentí. El estándar MIDI, apenas de 1983, había abaratado esa tecnología y la había puesto al alcance de cualquier banda con estudio. El sonido de Turbo se apoya en el Roland G-707; la intro de “Turbo Lover” sale de una Hamer A7 Phantom conectada a un Roland GR-700, con vocoder en los coros y una batería muy gateada debajo. Somewhere in Time fue el primer disco de Maiden con sintetizadores tanto de guitarra como de bajo, usados casi siempre como colchón de fondo y no como protagonistas. No era la guitarra la que desaparecía. Era su timbre el que se ampliaba, con una herramienta que la banda controlaba desde el mástil y no desde un teclado ajeno.
La prensa de la época no fue generosa. Turbo llegó al desconcierto y la hostilidad de buena parte de la crítica, y una porción de la fanaticada se alejó del grupo, aunque el disco terminó siendo oro en junio y llegó al lugar 17 de Billboard. Louder describe a Somewhere in Time como el disco más polémico de la carrera de Maiden hasta ese momento, y aun con la polémica llegó al top 3 en Reino Unido y al top 11 en Estados Unidos. Los discos vendían. El desacuerdo estaba en otro lado, en quienes sentíamos que el metal no debía sonar a lo que sonaba el resto del mundo.
Los dos discos fueron entrando a mis oídos poco a poco, sin que yo se los pidiera. Una canción se ganaba su lugar, pasaban los años, y otra llegaba detrás. Tuvieron que pasar más de veinte años para que aprendiera a disfrutarlos y a aceptarlos de verdad. Ahí encontré las joyas que en 1986 no quise oír: “Out in the Cold”, “Private Property”, “Locked In” y “Rock You All Around the World”, y hasta “Turbo Lover” con su pulso bailable; en Maiden, “Wasted Years”, nacida de un sintetizador y grabada casi sin uno, “Heaven Can Wait”, “Alexander the Great” y “Caught Somewhere in Time”.

El público del metal exige lealtad al sonido y castiga rápido a quien se arriesga. El tiempo suele ser más generoso que el estreno con esos mismos discos. Queen lo aprendió en 1980, Priest y Maiden lo aprendieron en 1986, y yo lo aprendí veinte años después que todos ellos. Este año los dos discos cumplen cuarenta, y sus autores cargaron con el rechazo mientras esperaban a que uno aprendiera a escuchar.
Los sintetizadores nunca se movieron de su lugar. Yo tardé más de veinte años en llegar.



