Por Virginie Kastel
Desde hace poco, con cada respiración, me duelen los pulmones, que se quedan sin aire. He vuelto a fumar. Hacía diez años que no lo hacía y, hasta ahora, no pensaba que volvería a hacerlo algún día. He vuelto al cigarro, creo que por aburrimiento, porque C., a quien veía varias veces a la semana, lo hacía, y también porque desde hace tres meses ya no tomo. No puedo tomar por mi tratamiento. Así que fumo. Día tras día, voy recuperando los hábitos. Un cigarrillo con el café, luego dos. Otro por la tarde; los paquetes empiezan a vaciarse más rápido. Mientras esto ocurre y, al parecer, no hago ningún esfuerzo de voluntad para contenerme, intento no odiarme a mí misma. Has fracasado. Esa frase, que mi padre me dijo en otro contexto, vuelve a mi mente. Pongo en práctica mis conocimientos de psicología y me analizo, pero no bastan las circunstancias.
Me lleno la boca de humo porque me hace sentir bien y, al mismo tiempo, me da asco. Me pasa algo parecido con los hombres. Hace diez años, cuando pensé que había superado la adicción, llegué a la conclusión de que mis hábitos como fumadora tenían, en el fondo, una conexión con todas esas cosas que no digo. Empecé a fumar cuando era adolescente, por curiosidad. Pero la primera vez que le di una calada a un cigarrillo, fue mi abuela paterna quien me animó. Tenía cinco años, le pareció divertido. De mi familia paterna es de donde heredo el hábito de fumar; mi papá no fuma, con su asma apenas puede respirar, pero sobre todo porque para él, no fumar representa una victoria sobre lo que se negó a ser: un obrero del noreste. Rompe con ese destino casi seguro, pero el dolor que reprime recae, de todos modos, sobre nosotros tres. Sus tres hijos fuman, y por eso nos convertimos en la imagen no deseada. A veces, se nota cuando nos mira. Retrocedo en el tiempo con la esperanza de llegar al origen del mal.
La vida de obrero, agravada por la injusticia social, lleva a todo tipo de adicciones. La frustración, las jornadas sin descanso y la violencia contra el cuerpo: las observo desde lejos durante las visitas a la familia dos veces al año. Crecemos distantes, protegidos de esa influencia directa. Y, sin embargo, no nos despojamos de ella, porque está grabada en nuestros genes, en los recuerdos acumulados por nuestros antepasados. Más dolorosa que la desigualdad del presente es aquella que se instala en la continuidad de las generaciones. El legado genético no distingue entre el bien y el mal. Se multiplica en la infinidad de posibilidades celulares. Heredamos las adicciones igual que la belleza.
Las razones por las que debería dejar de fumar son abrumadoras. El malestar que siento todo el tiempo por el humo, por ejemplo. Las enfermedades, mi enfermedad. Un compañero de trabajo me recomienda que abra un cigarrillo y lo mastique. Que lo haga sobre el inodoro porque voy a vomitar. Con esta fórmula terminal en mente, sigo posponiendo el evento. Me imagino la escena varias veces y al final desisto. Debe haber otra forma de lograr mi objetivo sin sufrir: la hipnosis. Por más que sople en el micrófono de mi celular para que el algoritmo me dirija hacia esa persona, no pasa nada.
Cuando las cosas van mal, he adquirido la costumbre de hablar con mis muertos. Les pido perdón. Sobre todo a mi mamá. En muchos sentidos, no he estado a la altura de ella y ahora lo sé con certeza. La impotencia de no poder hacerlo mejor me oprime el estómago. La imagen de la adicción es esta: estar frente a uno mismo desde adentro, sin acceso a la vista. El miedo a la oscuridad, a la nada, a esa nada que nos devuelve la mirada.


