Por Marcel del Castillo
Ahí vamos, otra vez, a una reunión de artistas que se hacen preguntas sobre la precariedad laboral, profesional y académica, de una actividad cada vez más necesaria para la relación política de la sociedad, pero que cada vez tiene menor importancia para una colectividad absorta en su devenir productivo. ¿En cuál ciudad? Monterrey, pero puede ser cualquiera del centro y sur del continente.
En mis tiempos en Venezuela, la precariedad artística no era una circunstancia, era una característica. Ser artista era, es, desarrollar una actividad a todo riesgo, con un soporte institucional casi nulo, ideologizado, y un mercado del arte débil, con la mirada fija en el pasado. Pocos espacios de creación, producción, difusión y de pedagogías del arte y el pensamiento, que, para mí, que entré tarde a todo esto, me parecía lo “normal”. Ser artista tenía el precio de la libertad en cualquier ámbito: hazlo como puedas.
Cuando llegué a México, mis ojos brillaron ante el despliegue institucional, económico y educativo en torno a las artes y la cultura. Una cartografía con una capacidad de producción, distribución y exposición impresionante. Con sus aciertos y desaciertos, pero con mecanismos para mantener e impulsar la creación artística a banda ancha entre todas las disciplinas. Y, hoy 13 años después, sigue siendo así. Lo que pasa es que una cosa es mirar desde afuera y otra desde adentro. Ya con tanto tiempo dentro del circuito del arte en México comienzas a percibir sus fricciones y fracturas, así como sus oportunidades y posibilidades para cambiar e irse acomodando a los tiempos y pensamientos contemporáneos.
La primera de ellas es que casi todo el sistema está configurado para un arte producido desde la academia. Lo que se traduce en una exclusión monumental de prácticas laterales, periféricas, orgánicas y viscerales. Esta fisura es de una proporción que requeriría de un replanteamiento general de todo un sistema que por años ha considerado la producción artística y de pensamiento domesticada por la academia y los discursos validados.
En segundo lugar está la pedagogía en el arte, tanto en cantidad como en calidad. Tanto dentro de la academia como fuera de ella. En estos años han disminuido las escuelas y universidades que aportan generaciones de artistas, en Monterrey se canceló la licenciatura en Artes de una de las universidades más importantes de la región y otras instituciones pequeñas e independientes que no logran sobrevivir en el contexto económico y cultural de nuestro tiempo. Para qué ofrecer estudiar arte si no hay campo laboral, cultural o mercado institucional y comercial que aguante la superpoblación de artistas. Y, por otro lado, para qué ir a una universidad, a un laboratorio experimental, si “todo el conocimiento” que te puede otorgar un maestro está en YouTube. Y aquí creo que está el punto central que a veces luce borroso. Posiblemente la crisis y precarización artística tiene una de sus causas en cómo está funcionando la pedagogía del arte.
¿Cómo y para qué se forman los artistas? Las instituciones y organizaciones han sido reducidas a espacios y aulas donde se enseña a “hacer arte”, a pensar la práctica artística como una fábrica de objetos homologados, bellos y subjetivos que tienen cabida en la sociedad que no los necesita y los que se venden requieren un marketing especializado como cualquier otro producto de consumo.
¿El problema del arte de nuestro tiempo es técnico? ¿O es un problema de pensamiento y sensibilidad? ¿Está en problemas? Desde mi lugar planteo la segunda opción. El tecnocapitalismo que requiere y celebra habilidades sin pensar y sin sentir pero producidas en serie y en cantidad es el devenir de nuestro tiempo. Y la pedagogía no puede estar para generar fuerza de trabajo para esos objetivos, sino para confrontarlo.
La precariedad profesional empieza en la cabeza y termina en el estómago, porque lamentablemente la que comienza en el estómago no alcanza a la educación. Un camino lleno de dificultades, fricciones, imposibilidades, rechazos y gestiones económicas adversas no sucede en el mundo del arte, sucede en el mundo global que habitamos. Por lo tanto, no es una patología particular, sino que nos adversa desde todos los frentes. Y es ahí donde una pedagogía del arte pudiera intervenir, si la producción no se limita a la creación de objetos sino de conocimiento, de estrategias de pensamiento y comunicación, de creación situada y atravesada por sus circunstancias, estaríamos frente a otros retos.
Sin embargo, no es así. Pareciera que ni a las instituciones, ni a algunos artistas les interesa ese cambio. Por un lado, una metodología educativa anacrónica y de jerarquización del conocimiento, y por otro lado, un alumnado que se vale de su capital social o que más bien lo que busca es cómo prepararse para participar y entrar en un sistema clientelar de puestos burocráticos y concursos oficiales, es decir, estrategias, fórmulas y conocimientos prácticos y aplicables inmediatamente.
Y aquí aparece el tercer punto: el círculo de la mediocridad. Una pedagogía mediocre gesta profesores mediocres y estos, a su vez, un alumnado mediocre, que tarde o temprano serán profesores, directores, talleristas y coordinadores independientes o en instituciones públicas. Es decir, un círculo vicioso de mediocridad que imposibilita las propuestas y discursos artísticos que rompan o confronten un sistema homologado y comodificado. ¿Qué proyectos se apoyan económicamente? ¿Qué se valida institucionalmente? ¿Qué se exhibe? ¿Que queda relegado a un gesto ideológico?
La pedagogía en el arte no es solo para los artistas, es también para gestores, curadores, museógrafos, mediadores, divulgadores y un larguísimo etcétera. De ahí su enquistamiento, y de ahí que algunos escasos agentes de nuevas generaciones, planteen reuniones y temas que parecen anacrónicos o recurrentes, pero resulta que son también contemporáneos porque el círculo de mediocridad los acecha. Pero para evitar eso no podemos recurrir al victimismo ni a fórmulas populistas: aumento de apoyos financieros, que el Estado participe más, que se involucre la empresa privada, que las universidades valoren a los maestros, etc. Sí, todo eso hace falta, pero no soluciona el problema de fondo, que es que debemos intervenir planes y currículos de estudio, provocar pensamiento crítico y sensible y no solo aprender formas de hacer.
No logro ver esto como algo coyuntural sino sistemático y constante. Al arte no le queda otra que cambiar permanentemente, porque la humanidad cambia, porque los entornos económicos y políticos cambian y el planeta también. Estos síntomas de los que escribimos hoy son fáciles de detectar porque están quietos, inamovibles, entonces ahí es donde debemos trabajar, en sus raíces, más allá de políticas críticas que denuncian o maquillan logros superficiales, sino un medio artístico interconectado con su tiempo y su contexto. Si navega sólo en las aspiraciones, ilusiones y fórmulas artísticas estorba, se transforma en basura estética prescindible para un mundo ocupado y cambiante.
Marcel del Castillo es artista, curador y docente. Vive y trabaja en Monterrey. Sus prácticas artísticas son espacios de especulación y juego entre documento y ficción. En la actualidad su trabajo se ha enfocado en la representación de las vinculaciones culturales al agua en México.
Fotografía: Vitaly Gariev | Pexels.


