Por Eduardo Ramírez
Decidí que lo único que necesitaba era una habitación pequeña donde poder buscar mis propias señales.
Estaba solo, bebía cerveza y miraba la televisión.
La chica preciosa que decía que nunca te dejaría ha encontrado otras macetas donde poner los pies.
Cantó algo sobre un corazón que pasaba la noche fuera de casa y que volvía siempre por la mañana, destrozado en mil pedazos.
No volví a saber de ella, pero la verdad es que hubiera dado un brazo por recibir una de esas cartas que le mandaba a nadie.
Ray Loriga
25/09/26. ¿Quién soy? ¿Qué cabe dentro de un libro?
Tengo la fortuna de que algunas personas me abren las puertas de su casa. Me entregan llaves, me dan la confianza y libertad de estar como una maceta que da vida al rincón del cuarto o a su balcón. Me dejan moverme silencioso y callado como un gato. Su hospitalidad me abraza.
Me abren sus puertas y me permiten ser yo o ser otro con ellos.
Al entrar a las casas de los otros, mientras espero o en cualquier descanso, leo los títulos de los libros de su biblioteca. Paso mis dedos por sus lomos. Pienso que los libros trazan un mapa de la persona que los lee y atesora. Los libros son un espacio de encuentro. Brazos listos a abrirse.
Con el pretexto de trabajo viajo a una ciudad distinta a la mía y llena de magia. Me hospedo con un amigo. Mientras desayunamos, platicamos de mil cosas.
Me cuenta de un libro sobre la transición española y la literatura. En la contraportada el libro dice, “aunque hemos olvidado los elevados costes personales y sociales de aquellas luchas contraculturales, que llevaron a la marginación de la juventud democrática (suicidio, cárceles, SIDA, heroína), hay una deuda de memoria con sus sueños, que este libro estudia a partir de las voces de sus protagonistas y usando la literatura como guía de una democracia por venir”.
En algún momento, las responsabilidades de mi anfitrión, hacen que salga o se dedique a trabajar. Yo mientras, ando por su casa con sigilo, me dedico a mis cosas. Como vivo solo, no necesito atención permanente.
Sale por unos días de la ciudad y, aunque tengo la libertad y la llave para quedarme solo mientras regresa, ella me invita a su casa.
En la mañana mientras tomamos el café, me dice que tiene que atender unas reuniones de trabajo y que al mediodía podríamos salir a comer. Mientras, yo puedo andar solo por ahí. Husmeo su biblioteca y me topo con una novela breve, con capítulos de dos páginas que me permiten abandonarme a la lectura y abandonarla en cualquier momento sin terminar. El autor es un español que años antes un amigo me había recomendado apasionadamente.
Me instalo en su balcón mientras ella trabaja. Me camuflajeo con el paisaje en el silencio.
El personaje es un joven que se encierra en su cuarto para no enfrentar un mundo que se desmorona a su alrededor. En su cuarto toma cerveza, se inyecta heroína. Quiere ser una estrella de rock y desea rabiosamente a una chica rubia.
Esta trama me remite al libro que en el desayuno unos días antes me platicó mi amigo, de cómo la literatura en la transición terminó con parte de la juventud española. Esa coincidencia me engancha, pero no me sorprende.
Eso sucede todos los días en esa ciudad y en esas casas donde me abren su afecto y sus puertas.
Termina sus juntas, pero yo no puedo dejar así el libro. Se lo pido para, al regresar a casa de mi amigo, terminarlo.
Los libros con amplios márgenes me permiten imaginar otras escrituras.
En algún momento me doy cuenta, por los recurrentes subrayados que tiene el libro, que estoy haciendo otra lectura simultánea. Sabiendo que cada palabra fue antes acariciada por ella, por la profundidad de su mirada y su sensibilidad. Al dejarme leer su libro también me permite leerla. Sin saberlo me marca rutas sensibles por donde puedo transitar hacia su centro.
En los capítulos finales aparece una niña que escribe cartas y las echa al buzón dentro de un sobre blanco, sin nombre ni dirección. Creo que la lectura de su mirada sobre esta novela breve es una de esas cartas que esta niña puso sin dirección en el buzón y hoy pone en mis manos con este libro.
Al día siguiente, frente a un mezcal, me pregunta, sin que yo le haya comentado nada, ¿qué leíste de mí en esos subrayados? Se lo cuento todo. Desde ese momento el libro dejó de ser solo suyo. Ahora es nuestro.
¿Cuántos universos caben en un libro? ¿Cómo nos penetran y habitan?
¿Cuánto afecto cabe en un balcón, en una mirada, en un libro, en una maceta, en un abrazo?
Tan pronto llego a mi casa le mando un mensaje, “No he abierto la maleta. Sin mover ni acomodar nada me doy cuenta que ya tenías tu lugar aquí, que incluso me esperabas”.
Empiezo a acomodar los libros apilados que utilicé para preparar el trabajo que me permitió regresar a esta ciudad mágica. También le hago un lugar a los libros que me traje de este viaje. Es notable cómo un viaje cambia también el arreglo de mi propia casa y biblioteca.
En mi mesa de trabajo me esperaba la primer novela que escribió Loriga y que hace más de diez años un amigo me entregó para compartir su gusto y tender un lazo más entre nosotros.
¿Quién soy? ¿En qué me he convertido?
¿Soy una maceta que vive y crece en el balcón o el cuarto de otras personas o éste que lee, toma cerveza y ve televisión entre sus empolvados libros?
Hoy, que ya retomé más formalmente mi rutina en mi ciudad, de algún modo sigo sintiendo que estoy leyendo en tu balcón, mientras tú echas a andar tus proyectos desde tu espacio de trabajo.
Mi hogar está donde está un diálogo, un afecto, un libro, unos brazos, un cuarto, unas sábanas, una mirada siempre abierta a hacerme sentir como en casa, a recibirme y dejarme ser.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Fotografía: Francesco Ungaro | Pexels.


