La muerte y lo que le sigue

Quizás el más allá sea incomprensible e inexpresable; el cine comparte el mismo inconveniente. Mi impulso es imaginarlo como oscuridad total o luminosidad pura, el blanco y el negro, como este texto, como una imagen sobreexpuesta o subexpuesta.

noviembre 1, 2026

Por Raúl Quintanilla Alvarado

Nadie sabe qué le sigue a esta vida, pero es natural imaginarlo. El problema es que el lenguaje de nuestra imaginación es el mismo que el de la vida: todo lo que podemos nombrar pertenece ya a este lado del umbral. Quizás el más allá sea incomprensible e inexpresable; el cine comparte el mismo inconveniente. Mi impulso es imaginarlo como oscuridad total o luminosidad pura, el blanco y el negro, como este texto, como una imagen sobreexpuesta o subexpuesta. Sería lo más sencillo. Pero toda luz implica ojos que la perciben. Aunque igual podría ser una voz sin boca, como en alguna pesadilla de Samuel Beckett. Espero que no.

Desde que digo “la vida después de la muerte” ya estoy imponiendo lo vivo en ese más allá. Aceptemos que no hay otra manera de concebirlo. Entonces, ¿será ese no-espacio un lugar figurativo? ¿Habrá ángeles alabando a Dios, antepasados flotando entre nubes, una sola luz palpitante o un lago de fuego? En A Matter of Life and Death, de los directores Powell y Pressburger, no se atreven a mostrar más que una escalera al cielo, y tiene sentido: la imaginación puede más que la representación, y así no caemos en imágenes de bajo presupuesto. Hollywood, gastando fortunas, imaginó el más allá en What Dreams May Come como una pintura al óleo y con grandes sets; no es una gran película, pero igual es admirable el esfuerzo de materializar lo imposible. Soul, de Pixar, al ser animación, pudo explorar espacios más increíbles y conectar lo que sigue a la muerte con lo que antecede a la vida. No son los primeros en especular sobre esa conexión, pero acaso sean los primeros en darle rostro a esa fantasía. 

Más creativa y con menos presupuesto, Después de la vida del gran director japonés, Hirokazu Kore-eda, imagina que al morir se nos ofrece la posibilidad de elegir el momento más feliz de nuestra vida y revivirlo eternamente. ¿Será más agradable habitar un solo momento o vivir el eterno retorno de una vida entera? Quizá un mismo momento, por feliz que sea, se vuelva insoportable si no termina nunca. ¿Y si ese recuerdo elegido fuera, por ejemplo, haber visto una película? Una historia dentro de una historia; una eternidad contenida en la oscuridad de una sala (una cueva y sus sombras).

Si en cambio imaginamos que permanecemos en este mundo como fantasmas hasta aceptar la muerte y ser absorbidos por la luz total, entonces Enter the Void ofrece una buena representación. Pero ¿qué pesadilla más terrible que un más allá con la forma de un filme de Gaspar Noé? Mejor pensar que uno mismo sería el director, el demiurgo de esa película; que uno mismo decidiera qué lo espera. Eso es, en cierto modo, What Dreams May Come, aunque allí sólo vemos la versión deprimida de Robin Williams y la que aprobaron los productores de Hollywood. Podría ser más asombrosa. 

Me parece que aún no existe una gran película que juegue con lo que hay al cruzar la frontera. Creo que lo que el cine ha capturado mejor es el viaje previo, el tránsito hacia el otro lado. Dead Man, de Jim Jarmusch, es un bello ejemplo de esa travesía hacia un territorio desconocido. Su banda sonora, creada por Neil Young, es una de las más hipnóticas de todo el cine; con ella basta para transportarnos al umbral. No nos da respuestas, pero en sus preguntas encontramos una extraña paz.

También el cine se enlaza con la vida después de la muerte de una manera más concreta: es el propio cine el que prolonga la vida de quienes participaron en él. Pensemos en los videos caseros de nuestros antepasados hasta una película muda, donde sabemos que todos los rostros que vemos ya están muertos. Pero siguen existiendo en nuestra memoria y en el celuloide. Aunque el cine también puede extinguirse: la cinta se degrada, el archivo digital se corrompe, la sala se vacía. Y nuestras memorias: basta una semana de noticias y modas nuevas para que se reemplacen. No tenemos un lugar asegurado en la eternidad. Quizás el cine sirve, más bien, para aceptar que todo desaparece.

Me viene a la mente The Purple Rose of Cairo, de Woody Allen, donde un personaje se sale de la pantalla, se enamora y ya no quiere regresar. Sus compañeros, atrapados en la misma escena, lo esperan angustiados: si apagan el proyector, desaparecerán. ¿Y si nuestra vida fuera esa película, proyectada por un desconocido, que en cualquier momento pudiera apagarse? ¿Nos espera la oscuridad de la pantalla? Digo, la pantalla es blanca, pero en la oscuridad… Y si estamos impresos en el filme o en ceros y unos, ¿podríamos decir que ahí seguimos, escritos pero no leídos? ¿Existir es ser visto?

Por lo menos yo considero la cámara una evidencia de que sí hay un más allá: no más allá de la muerte, pero sí más allá de nuestros ojos y nuestras vidas. Quizá el cine sea la única trascendencia que lleguemos a conocer. Quizá sea nuestra tumba luminosa.

A lo mejor, como dice el poema de Arseni Tarkovsky, el padre del gran director ruso: 

No hay muerte en la Tierra.
Todo es inmortal, todo.
No hay necesidad de temer a la muerte a los diecisiete,
pero tampoco a los sesenta.
La realidad y la luz existen,
pero no la muerte o la oscuridad.
Todos estamos a la orilla del mar actualmente
y soy de aquellos que echan las redes
cuando un cardumen de inmortalidad llega a la playa.

Raúl Quintanilla Alvarado (Monterrey, 1982). Desde los 17 años se ha dedicado a la producción audiovisual, con una filmografía de más de 500 cortometrajes y 7 largometrajes, en donde ejerce los puestos de productor, guionista, director, actor, fotógrafo, editor y colorista. Recibió el premio de adquisición en la Bienal Artemergente 2012 y el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2023. Actualmente es Vocal de Cine en Nuevo León, produce el podcast sobre arte y cultura Rodar el Trueno y la serie web La Generación del Sueño.


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