Por Eduardo Ramírez
Yo no he venido aquí a escribir, he venido a volverme loco.
Robert Walser
26/02/26. Por alguna razón me recomiendan/sugieren libros/escritores/prácticas que rondan y se derraman del campo tradicional de la escritura.
Por ahí de 2015, recibo un meil de una amiga. Me invitó a moderar unas mesas en un encuentro de editoriales iberoamericanas en el D.F. y Guadalajara.
En una intensa dinámica de casi dos semanas —como circo de barrio o compañía de cómicos—, un grupo de quince personas viajamos, convivimos y compartimos experiencias sobre el libro: su función, problemáticas y la necesidad de llevar la lectura más allá del acto íntimo/individual, hacia uno comunitario y comprometido.
En Guadalajara la convivencia se estrechó. En vez de hotel, nos alojaron un una casa-librería y en otro centro cultural con espacio para residencias como una actividad paralela a la Feria del Libro.
El cuarto que me asignaron tenía un archivo completo de la editorial Joaquín Mortiz (de las colecciones Nueva Narrativa Hispánica, Cuadernos y El Volador) con la que en los setenta inicié mi afición a la lectura. Esos días escribí un texto (El sueño del lector) en el que describí la experiencia de (no) dormir en ese lugar que tenía en el centro una esfera de cristal donde se reflejaba y absorbía toda esa biblioteca.
La conversación y las experiencias excedían las sesiones de las mesas de discusión formales. Empezaban en el desayuno que compartíamos y terminaban en fiestas que nos desvelaban. Visitamos un centro de cultura digital, una imprenta tradicional, testificamos la realización de un manifiesto de libreros tercos y «diminutos», asistimos a una exposición conformada por piezas hechas con elementos gráficos de libros (los grabados de sus portadas, sus lomos coloridos). Para el evento de cierre portamos camisetas que cada uno hicimos con nuestra postura hacia la edición («Vine por el re-FIL»; «Muera Random»; «No eres tú, es tu editorial»; «Editores anónimos, grupo de apoyo 24h»; «Casi todos sabemos leer, pero pocos sabemos amar»; «I FIL good», eran algunas de estas consignas).
Después de consultar con los editores su recomendación sobre un libro, aproveché, para darme una vuelta a la feria, una entrevista de radio sobre el encuentro. Ante la avasallante oferta, solo compré el que me recomendaron (La soledad del lector de David Markson) para continuar la reflexión sobre la lectura al finalizar el encuentro.
Desde la posibilidad que da la escritura digital he experimentado escribir textos colaborativos arrebatándonos el teclado frente a una sola pantalla o cada uno conectados en línea «reaccionando» a la escritura del otro como tocando jazz. Una escritura entrometiéndose en la otra hasta descarrilarla y llevarla a posibilidades y lugares de la práctica que sola jamás se alcanzarían.
Hace unos días una amiga me invitó a escribir a cuatro manos. Tomamos un tema de pretexto y, desde perspectivas distintas, hacemos el ejercicio/experimento de escribir sin mayor pretensión que disfrutarlo.
En una plática cualquiera, una amiga me recomienda a Robert Walser. Me manda algunas fotos de sus escritos a lápiz. En una rápida mirada me fascina su obsesión hacia la escritura. Esa ansia de llenar cualquier vacío en la hoja en blanco.
Mientras escribo esto, estoy revisando el último libro de lo que se convirtió en una serie. Pienso en el tema y la estructura que ha tomado cada uno para ser entendido. El primero lo escribí hace 17 años y lo abordé desde la escritura académica. Para el segundo, ocho años después, decidí estructurarlo como una serie de fichas de investigación ordenadas por temas de sentido contrapuesto con títulos que contextualizan su lectura. Según yo, este tercero quiero que sea como un caleidoscopio. Textos sueltos/fragmentos que al leer el nuevo/siguiente se conforme una nueva figura múltiple y siempre distinta, construida con los mismos elementos orbitando alrededor de ciertos ejes.
Cada problema/tema pide una forma de escribir acorde al panorama que se necesita evidenciar, vislumbrar, aclarar.
Hace unos días me invitaron a participar en un grupo de discusión. Revisamos el libro ¿Tiene Futuro la escritura? (Flusser, 1987). Mientras leo, pienso en libros/textos que proponen escrituras experimentales, fragmentarias, alternas a la linealidad de la academia ante el reto de la escritura virtual.
Recurro a mi biblioteca en la que encuentro algunas lecturas muestra de esa experimentación, esa búsqueda.
Me distrae siempre Mallarmé, Valery, Barthes, Salvador Elizondo, Beckett, Benjamin, Pessoa, Blanchot. Regreso a una especie de receptáculo/inventario y registro de estos intentos en El libro tachado de Patricio Pron.
Retomo la lectura detenida hace once años de La soledad del lector (su título en inglés es Reader’s block) de David Markson. Una novela de miles de frases aisladas, fichas vertiginosas sobre escritores/creadores, escritura/lectura, sin una narrativa clara. En la primer sesión rebaso la página en que me había quedado hace años. Me atraen la mayoría de los sentidos que antes eran un obstáculo. Leerlo es caminar entre un cementerio de creadores y sus contradicciones. Me sugiere otras lecturas.
Resultado. No puedo leer un libro a la vez. Salto de textos sobre arte o teoría de medios a novelas o poesía. No escribo un solo texto al mismo tiempo. Los «géneros» sobre los que escribo me piden cambiar de tono en un mismo día.
La lectura y la escritura más que una suma o construcción, un acto de abandono permanente.
Nerviosa, obsesivamente, salto de un libro/texto a otro al mínimo estímulo de una frase, imagen o una estructura que me sugiere/recuerda lo que veo o leo. Tengo una decena de libros/textos «abiertos»/abandonados a la vez. Retomo. Olvido. Abandono. Saco de y reacomodo en mi biblioteca/abro y mantengo en mi computadora escritos inacabados en una danza sin sentido.
¿Termino confundiendo tramas y tejiendo referencias sin ningún orden ni fin?
¿Esto es lo que llaman locura o solo su antesala?
Lo único seguro es que ya estoy viejo.



