Alien: Earth: el xenomorfo de la era Disney ya no da miedo

Con una supuesta trama rocambolesca, alargadas escenas de suspenso, gore y otras tantas sentimentales, el Alien de la era Disney no da miedo, sino tedio.

agosto 28, 2025

Por Daniel Espartaco Sánchez

Con una supuesta trama rocambolesca, alargadas escenas de suspenso y gore, y otras tantas sentimentales, el Alien de la era Disney no da miedo, pero tampoco lo contrario, sino tedio, mucho tedio. Hay que ser muy fan de la franquicia para soplarse además una serie de televisión con estas características, con las típicas escenas de la saga —la baba en el hombro, el monstruo que te mira de frente, etcétera—, ¡inventen algo nuevo, por favor!

            —Debí quedarme en casa —dice soldado 1.

            —Traje extra panties para ti —dice soldado 2.

            (Risas grabadas).

            Todos lo sabemos, en el género, estos extremadamente inteligentes diálogos —nota: estoy siendo irónico— significan que estos amigables soldados serán los primeros en morir. Y así es. El genio detrás de todo esto: un perezoso Noah Hawley, creador de Fargo y Legion. El resultado: otra serie chafa de ciencia ficción de FX.

            Acto 1. Nave espacial, cámaras criogénicas, una amigable tripulación, pero sobre todo infodumping. En el futuro, nos dicen, la carrera por la inmortalidad tiene tres formas: los cíborgs (luego nos explican qué es un cíborg), y los synths, seres con inteligencia artificial, bla, bla, bla, y por último, los sintéticos, seres recargados con una consciencia humana. Es decir, ya desde el principio nos queda claro que los creadores de Alien: Earth no esperan mucho de nosotros como espectadores. No contentos con esto, ya en la primera escena nos explican que cuatro corporaciones controlan la tierra. No, cinco, la nueva, Prodigy, la que creó a los sintéticos, agrega alguien más, como si yo tuviera que explicarle a mi hija de seis años que cuatro corporaciones controlan su mundo de nativa digital —Meta, Google, Microsoft y Apple— y su madre me interpelara para decirme que no son cuatro, sino cinco, Tencent, la nueva, la china. Pero tomamos nota y seguimos adelante. Luego veremos que también hay tensiones entre los humanos y los synths y los cíborgs, y que la nave regresa a la tierra después de una recolección de especímenes para una de estas corporaciones. Y entre estos especímenes, ya sabemos cuál se encuentra. Por supuesto, se libera y mata todo lo que se mueve. Pero, ¿cómo hacer una serie con esta aburrida y gastada dinámica? Noah Hawley tiene la solución: en una asilada isla paradisiaca en la tierra, se encuentran los cuarteles de Prodigy, la quinta corporación comandada por Boy Kavalier (Samuel Blenkin), el clisé del loco excéntrico e infantiloide con mentón subdesarrollado y complejo de Peter Pan, literalmente. En su búsqueda de la inmortalidad y de la eterna juventud, vemos cómo un grupo de niños desahuciados con cáncer son traspasados a cuerpos sintéticos más fuertes, más veloces y más ágiles, que adoptan los nombres de los muchachos perdidos de Peter Pan, y comandados por Wendy (Sydney Chandler), por supuesto, la protagonista de la serie, que ha dejado su vida anterior y a un hermano, médico en una unidad de mercenarios al servicio de Prodigy, a quien observa a través de las cámaras conectadas a la red. «Te he observado todo este tiempo», le dice cuando se lo encuentra («e incluso cuando te masturbas», podría haber agregado). Estos muchachos perdidos a las órdenes de Boy «Peter Pan» Kavalier tienen ahora cuerpo de adulto, por lo que los actores que los interpretan deben actuar como infantiloides policías mexicanos en Eje Central, darse de patadas y golpecitos y reír como enanos.

La nave espacial del primer acto llega a la tierra y choca contra uno de los edificios corporativos de Prodigy, por lo que el escuadrón del hermano de Wendy debe abordarla e investigar lo que ha sucedido. Wendy teme por la vida de su hermano y va en su rescate: lo que sigue es lo de siempre: escenas de suspenso y sobresaltos en pasillos oscuros, computadoras con interfase de la época de Alien de 1979 («en el futuro nunca existió Windows 95», deberían de decir) y apariciones repentinas del xenomorfo en las poses que ya conocemos, mismas que dan tan poco miedo que en algún momento me hubiera gustado que el alien hablara para contar un chiste en lugar de enseñar su dentadura de metal. En menos de dos segundos, el xenomorfo destruye a dos soldados bien entrenados, pero se muestra increíblemente inepto y estúpido a la hora de descuartizar al escuálido hermano de Wendy (que todo el tiempo hace pucheritos) porque, de lo contrario, ahí se acabaría la trama y el «suspenso». El resultado, insisto, es otra serie chafa de FX.

El xenomorfo resulta tan ridículo —un tipo en un incómodo traje de goma, y una futura lesión cervical segura—, que, en comparación, las botargas sesenteras de Godzilla resultan hasta realistas. Por supuesto, no podían faltar los huevos como aguacates gigantes y un encuentro sentimentaloide entre Wendy y su hermano aterrorizado, malos chistes, y más diálogos genéricos, sin olvidar el monólogo también genérico del villano visionario de Boy Kavalier comiendo una manzana y sentado en una posición incómoda. Una vez más, el recurso de la manzana para mostrarnos el carácter nihilista del personaje, ese de «estoy hastiado y me importa un carajo todo salvo mi propio ego». «En realidad, cree a los sintéticos para ver si en algún momento puedo tener una conversación a mi nivel de inteligencia con alguien mas (mordida de manzana)», categoría en donde no parece entrar quien escribió esto. Luego de una decepcionante pelea entre Wendy y el xenomorfo, los aguacates gigantes son llevados a la isla de Prodigy donde ya todos sabemos lo que va a pasar. Sorprende ver que ya han pasado casi tres horas de metraje y todavía no ocurre nada interesante o nada que no se pueda resumir en un par de líneas.

¿Vale la pena verla? Sólo si tienes serios problemas de baja autoestima.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Imagen: Disney+

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