Por Arturo Roti
Qué difícil es escribir sobre el final de una banda que, en lugar de acompañarte en la vida, prácticamente la inventó para ti.
Porque no estamos hablando de cualquier grupo. No se trata de una moda pasajera ni de un fenómeno mediático que subió como espuma. Estamos hablando de Black Sabbath. Decir su nombre es convocar algo más profundo: un sonido, una sombra, un peso… una presencia que ha estado ahí desde que el heavy metal fue concebido.
Hablar del adiós de Sabbath es enfrentarte a algo que creías eterno. Es como si una montaña decidiera moverse. Como si el fuego dejara de arder. Porque si alguna vez pensamos que algo nunca moriría, era esto: esos riffs lentos y pesados como una losa, esa voz entre el delirio y el rezo oscuro, esa batería como martillo de herrero en el infierno.
Black Sabbath no fue solo una banda. Fue una grieta en la historia de la música. Fue el Big Bang del metal. Y por eso, escribir estas líneas tiene algo de sacrilegio, de tristeza… y de homenaje. Porque cuando ellos se despiden, también se despide una parte de nosotros. La parte que se forjó a fuego lento en esa atmósfera densa, en esa oscuridad sonora que solo ellos sabían esculpir.
Yo los descubrí siendo un chavito, a finales de los setentas, cuando cayó en mis manos We Sold Our Soul for Rock ‘n’ Roll. Aquel vinilo tenía algo hipnótico. La portada negra con letras rojas, el gatefold interior mostrando un ataúd abierto con una figura pálida que sostenía una cruz… parecía un mal augurio o una promesa oscura. Algo me decía que estaba a punto de entrar a un mundo del que no iba a salir igual.
Puse la aguja, sonaron esos tres acordes del infierno, ese tritono maldito, el famoso “intervalo del diablo”, y me quedé inmóvil.
«Black Sabbath» —la canción— no solo me voló la cabeza. Me hizo sentir que algo me observaba desde la penumbra. Y esa voz… la voz de Ozzy, como un alma en pena, era tan poderosa como perturbadora. Ese día cambió mi forma de escuchar música. Era una canción, pero también una maldición musical. Una atmósfera fúnebre, una tormenta. Ese día cambió algo en mí. Me atraparon. Me marcaron. Me enseñaron que la música también podía ser tenebrosa y espiritual al mismo tiempo. Que el miedo también podía tener ritmo.
Muchos dicen que Ozzy es Sabbath y con justa razón. Otros que sin Geezer Butler no hay letras ni alma. Pero si algo tengo claro es que Tony Iommi es el verdadero eje de la banda. El hombre que, tras perder dos dedos en una fábrica, redefinió el sonido de la guitarra distorsionada. Iommi nunca abandonó la nave. Fue el arquitecto de esa catedral oscura, el guardián del riff eterno. Si Black Sabbath fue una religión, él era su profeta.
Pero no todo fue oscuridad. La historia de Black Sabbath también es una historia de supervivencia: drogas, peleas internas, censura, accidentes, renacimientos. Cuando Ozzy fue expulsado en el ‘79 por exceso de excesos (algo irónico en Sabbath), muchos pensaron que era el final. Pero entonces llegó Ronnie James Dio, con su mística medieval, su voz de dragón, y parieron joyas como Heaven and Hell y Mob Rules. Más adelante, pasaron por sus filas Ian Gillan (Deep Purple), Glenn Hughes, Ray Gillen y Tony Martin, quien grabó discos tan subestimados como poderosos (Headless Cross y Tyr merecen su culto). Hubo incluso un breve —pero legendario— momento donde Rob Halford de Judas Priest se subió al trono sabbáthico para cubrir a Dio en 1992 y a Ozzy en el 2004… y la tierra tembló.
El fin de todo
El pasado 5 de julio de 2025, en el estadio Villa Park, Birmingham, la cuna del metal, Black Sabbath ofreció su concierto final: Back to the Beginning. Fue un ritual de despedida a lo grande, con la formación original: Ozzy, Iommi, Geezer y, sí, Bill Ward. Todos juntos de nuevo, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo para rendir tributo a su propia creación.
Para colmo, los días 4, 5 y 6 de julio los tenía apartados desde hacía semanas. Nos fuimos varios amigos y amigas a una quinta, lejos de la ciudad, rodeados de árboles, cerros, cielo abierto y nada de ruido más que nuestras carcajadas y alguna bocina sonando de fondo. Era una especie de retiro espiritual, aunque nadie lo dijo así… más bien, una escapada necesaria para respirar distinto. Pero en mi cabeza había una fecha que no soltaba: el 5 de julio, la noche del último concierto de Black Sabbath.
Desde que despertamos ese sábado, entre la charla, las cervezas y el almuerzo, mi amiga Melva y yo ya andábamos acelerados con el tema. Éramos los más clavados, los que traíamos el corazón en Birmingham. Queríamos ver aunque fuera un cachito. Los demás, entre risa y buena vibra, se unieron al plan. Hicimos lo posible por encontrar señal, logramos verlo en el celular y después, como un milagro tecnológico en medio de la naturaleza, mandamos la señal a la televisión.
Ahí estuvimos, viendo fragmentos de Anthrax, Gojira, Pantera y algunos supergrupos. Pero yo ya había decidido algo desde antes: ese concierto, el final de todo, merecía otro tipo de atención. Sin spoilers. Sin interrupciones. Sin distracciones. Lo vería en casa, a solas, con el respeto que se le tiene a un ritual.
Y así fue. El lunes por la mañana, con el cuerpo descansado, las luces apagadas y un buen desayuno en la mesa, me senté frente al televisor como quien se prepara para recibir una revelación. Porque así lo sentía: no solo era un concierto… era el epílogo de una era.
La despedida fue una misa negra y gloriosa. Luego del vendaval sonoro de Slayer, el show de Guns N’ Roses y la maquinaria precisa de Metallica, llegó el primero de los platos fuertes: Ozzy Osbourne, ahora como solista. Las pantallas se fundieron en negro y, de pronto, el escenario se abrió desde las entrañas. Emergió Ozzy, como salido de las profundidades mismas del infierno, sentado en una silla de piel oscura que parecía un trono gótico, con detalles de un pequeño demonio alado en el respaldo.
Acompañado por Tommy Clufetos en la batería, Mike Inez en el bajo, Adam Wakeman en los teclados y el feroz Zakk Wylde en la guitarra, Ozzy se aventó una descarga de clásicos que prendieron al público desde el primer segundo: «I Don’t Know», «Mr. Crowley», «Suicide Solution», «Mama, I’m Coming Home» y, por supuesto, «Crazy Train». La multitud coreaba cada verso, cada riff, como un ritual de despedida.
Y cuando pensábamos que el momento no podía escalar más, la pantalla mostró con letras titánicas el nombre que lo inició todo: Black Sabbath. El verdadero adiós estaba por comenzar. Ozzy fue flanqueado por sus hermanos de guerra: Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, quienes subieron al escenario para cerrar con broche de plomo este capítulo legendario.
«War Pigs», «N.I.B.», «Iron Man» y «Paranoid» se dejaron caer como meteoritos sobre el público, desatando lágrimas, abrazos y puños en alto.
Ver cantar a Ozzy desde su trono de sombras, sabiendo que era la última vez y con sus limitaciones actuales fue conmovedor, aún así comandaba con esa chispa intacta, con ese brillo salvaje en los ojos que parecía gritar: “Aún estoy aquí, cabrones”.
Y entonces llega la pregunta inevitable:
¿Qué sigue después de Sabbath?
¿Quién toma la batuta? La respuesta no es fácil. Nadie puede ocupar su lugar. Hay grandes bandas, viejas y nuevas, pero el origen es irremplazable. Lo que ellos encarnaron —esa mezcla de oscuridad, espiritualidad, rebelión y arte— no se reproduce, se honra. Su legado es una montaña desde la cual todos los demás miran hacia abajo. Y aunque haya quien intente llegar a la cima, Sabbath siempre estará ahí, en lo más alto, como los primeros en encender la llama.
Su historia no solo es musical. Fue cultural. Fue visceral. Fue una afirmación de que lo marginal, lo extraño y lo sombrío también tienen su lugar. Que el rock puede ser más que diversión: puede ser un espejo del alma, un descenso a lo profundo, un exorcismo sonoro.
Hoy, Sabbath se despide. Pero su sombra queda. En cada riff pesado que suena, en cada adolescente que encuentra consuelo en la distorsión, en cada portada oscura que insinúa algo prohibido… ahí están ellos. Ahí seguimos nosotros.
Así que gracias, Sabbath. Por los sustos. Por los riffs. Por las pesadillas.
Por enseñarnos que la oscuridad también puede ser arte.
Y porque aunque ustedes bajen el telón… el eco de su sonido nos seguirá retumbando en el alma. Para siempre.
Porque, a fin de cuentas, el metal no sería lo que es sin ellos…
ni nosotros seríamos quienes somos sin haberlos escuchado.
Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.
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Foto: Wikipedia.



