Cada niño con su torta: el negocio de los libros de autor

Muchas de estas supuestas editoriales me ofrecen leer y publicar mi manuscrito en tan sólo 24 horas. ¿Será que debo mandarles mi novela total de ochocientas páginas? ¿Realmente la leerán con atención y corregirán el completo desastre en tan exiguo tiempo?

marzo 5, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

Debo de encontrarme en uno de los puntos más bajos de mi existencia, pues, como en aquella película, Minority Report, las redes sociales me anuncian tratamientos para la disfunción eréctil y la calvicie o, en el peor de los casos, opciones para publicar mi propio libro. Desde imprentas digitales que me imprimen cien ejemplares hasta editoriales patito de las que nunca había escuchado hablar.

He notado ciertas tendencias en este ecosistema. Muchas editoriales llevan el nombre de alguna bestia amigable: Ediciones de la Marmota, Ediciones Liebre de Marzo, Ediciones del Gato Misifuz o Ediciones del Puerquito Valiente. Otras más han sido nombradas con sustantivos en plural que suena harto pomposos. Así, en mi muro de las lamentaciones de Instagram, emergen editoriales llamadas Parteventos, Entresignos, Equinoccios, Solsticios y un largo etcétera. ¿Habrá una Editorial Etcétera?

Y muchas de estas supuestas editoriales me ofrecen leer y publicar mi manuscrito en tan sólo 24 horas. ¿Será que debo mandarles mi novela total de ochocientas páginas? ¿Realmente la leerán con atención y corregirán el completo desastre en tan exiguo tiempo? Si mi madre y mi novia me han dicho ya repetidas veces que no entienden nada de lo que escribo, que el teléfono es caro, que me dejen en paz.

Otras «editoriales» tienen un modus operandi aún más ruin. Se interesan por tu manuscrito, pero te dicen que están pasando por un mal momento, aunque por dos mil dólares (cuota de recuperación) no sólo publicarán tu libro, sino que lo presentarán en Madrid, Bogotá y Tombuctú. Conozco un par de autores que se dejaron engañar de esta manera, depositaron sus dos mil dólares, les mandaron 10 libros, y los demás se los vendieron a precios exorbitantes, pero no pudieron hacer las susodichas presentaciones en Bogotá, Madrid y Tombuctú, primero por la bendita pandemia, después por la guerra civil en Sudán, y más adelante porque simplemente ya no era política de la editorial, aunque se los hubieran prometido. Tío, te dicen, eso de presentar libros en Bogotá, Madrid y Tombuctú ya está muy fuera de onda. Lo de hoy es que tú mismo te autopublicites en redes y le muestres al mundo lo exitoso que eres.

Tampoco falta la editorial Beltenebros, que por cuarenta mil pesos sube tu libro a Amazon, pero si quieres algunos ejemplares impresos tendrás que comprarlos tú mismo en la plataforma on demand también a precios exorbitantes. De todo hay en esta viña de señor. Estas estafas son perfectamente legales y se anuncian en redes sociales, lo peor es que, en muchos casos, juegan con las expectativas y con los sentimientos de los incautos. Es decir, muchos de estos estafadores se venden no como editoriales de autor sino como profesionales en busca de talento: un grado más de ruindad. Y todo esto ocurre, incluso cuando hay autores que en realidad son buenos y que podrían publicar en algún otro lado sin necesidad de desembolsar veinte billetes con la efigie de Ben Franklin, pero no pueden hacerlo porque las editoriales de verdad están publicando chicas y chicos guapos con miles de seguidores en Instagram. Se acabaron los días de Maxwell Perkins y Kurt Wolff. Aunque una lección he aprendido de todo esto: si existe una industria tan ruin es porque existe una demanda.

Cuánto podrán ganar estos sujetos. Esquilmar 40 mil pesos a un incauto no es otra cosa que un acto de rapiña. También hay editoriales que apuestan porque cada autor ya venga con su torta bajo el brazo, como Editores TNT. Es decir, con la subvención de una secretaría de cultura para coeditar. A estas editoriales parece importarles poco si un autor es bueno o no, mientras venga con su torta bajo el brazo. Sé por experiencia que los buenos autores son malos llenando formularios, pero que los mediocres tienen un increíble talento para el papeleo. Habrá bellas y honrosas excepciones a esta regla.

Por último, acabo de recordar casos aún más irrisorios. «Editoriales» que, como el Cártel Jalisco Nueva Generación, se han diversificado en el negocio y ahora también son agencias de viajes. Vente con nosotros y no sólo publicaremos tu libro, sino que te llevaremos a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para presentarlo en nuestro stand de un metro cuadrado, como si la Feria del Libro fuera la Tierra Santa y tus pudorosos poemas el Santo Grial. El ávido autor ya se imagina chocando copas con Han Kang, Krasznahorkai y otros nobeles, pero termina por beber solo en el bar de un hotel de tres estrellas, mirando un aburrido partido de futbol.

Escribir un libro es como cantar. Todo el mundo cree que puede hacerlo, aunque pocos saben hacerlo bien. Basta con ir a un karaoke o mirar Facebook: cientos de miles de aficionados entusiastas que torturan a sus congéneres, amigos y familiares con su arte. Respecto a los escritores en ciernes, todo es culpa de aquel adagio de tarjeta Hallmark: ten un hijo, escribe un libro, planta un árbol. Lo que significa, produce otro ser humano que producirá toneladas de basura como tú y ayuda a deforestar el Amazonas, algo que no lograrás detener plantando «un árbol». De que todo el mundo tiene derecho a publicar un libro es algo de lo que estoy convencido. Quién decide quién es mejor autor que otros, pero cuando estoy frente a autores noveles que se quejan de que sus libros no se distribuyen de la manera correcta, etcétera, yo pienso en todas las obras que se perdieron en la conflagración de las invasiones bárbaras. Y es que finalmente, todo, incluyendo el Quijote o La Ilíada, se perderá irremisiblemente en un apocalipsis que cada día parece más cercano.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Pixabay | Pexels.

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