Cónclave: hay algo podrido en el Vaticano

Pero, ¿es posible tener un mensaje además de un buen guion, personajes verosímiles y una trama redonda, incluso ser visualmente no sólo atractiva sino hasta preciosista? La respuesta podría ser Cónclave (2024).

enero 27, 2025

Por Daniel Espartaco Sánchez

Guiones irregulares, cabos sueltos, caprichos, personajes inverosímiles. Parece que últimamente la ausencia de ciertos requisitos básicos, que conformen una película merecedora de un premio o el reconocimiento de la crítica, es perdonable si el mensaje es positivo, abraza una causa y la fotografía y la música resultan atractivas para el público. Pero, ¿es posible tener un mensaje además de un buen guion, personajes verosímiles y una trama redonda, incluso ser visualmente no sólo atractiva sino hasta preciosista? La respuesta podría ser Cónclave (2024) del director alemán Edward Berger (Sin novedad en el frente, 2022), cuyo guion está adaptado por Peter Straughan de una novela del best seller británico de Robert Harris. Uno puede tener prejuicios acerca de este autor, y de una trama que se desarrolla en el Vaticano, el blanco favorito de los conspiranoides, pero Cónclave nos mantiene sentados durante dos horas sin sentir un sólo cosquilleo de tedio o aburrimiento. La bola en la ingle incluso se atrevería a afirmar que es de lo más rescatable del 2024. 

            El papa ha muerto, y Ralph Fiennes representa al neurótico cardenal Thomas Lawrence, el deán encargado de organizar el cónclave de cardenales electores que nombrarán a un sucesor. Y el colegio de cardenales está dividido en dos bandos, el de los conservadores, que quieren regresar a la Iglesia anterior al concilio Vaticano II, y el de los liberales, que no tienen problemas con todos esos temas polémicos que aman los liberales y odian los conservadores: el aborto, la homosexualidad, el control de la natalidad, etcétera. Es decir, más o menos como pasa en todo el mundo. A su vez, ambos bandos están divididos por su apoyo a las diferentes personalidades que veremos en pugna: un cardenal italiano conservador, Tedesco (Sergio Castellito); un italiano liberal, Bellini (Stanley Tucci); un inglés corrupto, Tremblay (John Lithgow), al que acusarán de simonía y al que, como ciertos políticos mexicanos, le encanta comprar votos; y uno africano, Adeyemi (Lucian Msamati), quien tiene escondidos algunos pecadillos de la juventud. Todo se complica al aparecer un cardenal nuevo, Benítez (Carlos Diehz), que nadie conocía, un mexicano, cardenal de ¡Kabul!, Afganistán, nombrado por el papa in pectore, en secreto, para protegerlo de los talibanes, que trae consigo todo el discurso de la teología de la liberación; todos estos personajes tipo, como en un juego de rol. O en un chiste: un italiano, un inglés, un keniano y un mexicano entran a un bar. Un personaje que brilla por su ausencia es el del propio papa muerto, que era liberal, pero “el Richard Nixon de los papas”, dice Tucci, pues espiaba a sus cardenales y dejó armada una red de maquinaciones para sacar del juego a un par de aspirantes a la manera de un whodunnit escrito por Agatha Christie, porque los personajes podrían parecer complejos, pero realmente no lo son, tan sólo representan ideologías: el liberal puro, el fascista, el casi socialista, el corrupto, el liberal bien intencionado, pero dispuesto a transar en favor de la razón práctica, el cínico libertino y ¡lotería! Y por supuesto, es imposible no mencionar los grandes temas de la iglesia, como el papel de las mujeres en ella, el abuso de menores, la corrupción, pero se dejan de lado con singular alegría.

Para todos los que se preguntan cómo funciona un cónclave de cardenales, y cómo se elije un papa, cuál es el protocolo y los procedimientos de votación, ya vale la pena verla desde el punto de vista didáctico. Yo no sabía hasta qué grado se aislaba un cónclave, por ejemplo, ni cómo se producía el humo blanco, ni todas las medidas de seguridad: las ventanas selladas, la prohibición en el uso de celulares, etcétera. Aunque eso finalmente los puedes ver en Youtube. Y para aquellos a los que no les interesa nada de esto, podríamos enmarcar a Cónclave como un thriller político en donde ni siquiera hizo falta matar a alguien ni demás trucos baratos para sostener una trama con intriga y tensión dramática, además de una fotografía competente que se apoya en la atmósfera fría de los escenarios: la capilla Sixtina, las habitaciones de los cardenales, mármol frío y gris; y el vestuario, como las túnicas rojas de los cardenales con paraguas blancos, bajo la lluvia, en el patio de la capilla, entre muchas otras imágenes. Pero el resultado finalmente es simplista e ingenuo, todo se reduce a un universo manejable a conveniencia del espectáculo, que no hace justicia al intrincado mundo de tejemanejes que deben de estar tras de la elección de un papa y que el mundo no conocerá nunca realmente. Cónclave no aporta nada a las polémicas que rodean a la Santa Sede, pero cosas muy graves se tocan de manera superficial, porque hay que hacerlo, y el final —que no puedo mencionar— no pasa de ser otro artefacto argumental para cerrar una historia bien trazada, y este es justamente el problema: es tan esquemática que no se asemeja a la vida.  Es inverosímil que un discurso emotivo cambie el resultado de una votación de cardenales con lo que está en juego en una elección de Estado (pues el Vaticano es un Estado): esto nomás podría pasar en una película anglosajona. Supongo que debe ser la magia del cine.

¿Vale la pena verla? Sí, en un México-Puebla si tu celular se quedó sin batería y olvidaste traer algo divertido para leer.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

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