Por Eduardo Ramírez
Los aparatos ocupan el lugar del público.
W. Benjamin
07/04/25. Veo en televisión un concierto de piano de Daniil Trifonov (Bach: el arte de la vida, Film&Arts). Por efecto de la iluminación parece que él y el piano están solos en un amplio escenario; además, cuando las tomas enfocan la sala, parece vacía.
Imaginar al pianista dando un concierto en una sala vacía me hace pensar en la extraña y cambiante relación que existe entre producción y consumo cultural, en cómo esta relación modifica el proceso en ambos sentidos.
¿Qué implica la cercanía/distancia entre la producción y el consumo cultural?
Históricamente, al consumo directo/en vivo de la producción cultural (ya sea el carnaval o el rito) se le ha asignado un sentido esencial/comunitario que parece privilegiarlo.
¿Hay algo de este rito que quiere perdurar en el consumo, sea en la música a través de conciertos/festivales, lecturas en presentaciones de libros, la actuación en el teatro o el performance en las artes plásticas?
Hoy, la capitalización de las industrias culturales busca recrear esa experiencia extendida con los otros a través del consumo público (¿cobrando por la experiencia y evadiendo los derechos de autor que el consumo de la grabación implica?).
La reproductibilidad gana en la masificación a través de la mediatización del consumo (vía grabación, impresión). También expande la posibilidad de un consumo íntimo, individualizado vía la distribución y acceso de libros de bolsillo, vinilos LP o sencillos y medios de reproducción doméstica.
Esto definió un quiebre, un cuestionamiento en el consumo cultural. Lo que antes era rito, ahora podría ser mercantilización; lo que antes era proceso de sentido, ahora podría convertirse en uno más de los procesos que en su producción industrial capitaliza la emotividad que implica.
Entre la oralidad y la escritura, en los relatos se modificaron procesos como la memoria y el origen social del conocimiento (de los relatos orales de los sabios de la tribu a las bibliotecas). Pero también se trasladó el consumo hacia lo íntimo, la lectura en voz baja o en silencio, apunta San Agustín.
Como el cambio de la música entre los conciertos de cámara en los salones de la nobleza, pasando por los discos que llegaban a cada domicilio en la segunda mitad del s. XX, hasta los festivales masivos o las aplicaciones de streaming en los que actualmente se basa la industria musical.
¿Cómo altera la relación privado/público, sobre todo cuando en la ecuación entran las condiciones de capital?
Si ponderáramos el “costo/beneficio” (uso el concepto económico a propósito), ¿conviene más ganar audiencias por la reproductibilidad/grabación, a pesar de perder en poco la importancia de la experiencia del “en vivo”?, ¿esto implica su “democratización”?
Cada que veo en las redes sociales la reproducción de videos de un concierto en vivo, pienso que el concepto “en vivo” ya no existe, o cuando menos es hoy distinto por la mediatización de las cámaras de nuestros smartphones.
¿Más que el rito comunitario, el consumo a través de estos dispositivos está capitalizando la experiencia al mediatizarla; sobre todo al ligarla con la mercantilización de nuestros datos, so pretexto de visualizar/virilizarlos al darnos presencia en las redes sociales?
Como el oxígeno necesario para que persista la vida, ¿no será que la producción cultural requiere de cierta intimidad que las redes, el espectáculo y esa insistencia de producir capital, están asfixiando?
¿Cuánta intimidad nos queda todavía?
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Person Holding Smartphone, de Rahul Pandit | Pexels.



