Por Arturo Roti
Hay canciones que uno escucha y no sabe por qué se le quedan grabadas. Canciones que, con el paso del tiempo, se convierten en cápsulas de memoria, espejos del alma. Y entonces llega un día —como hoy— en que vuelves a escucharlas, pero esta vez con otro corazón, otro peso, otra edad. Y entiendes. Entiendes todo.
Against the Wind, de Bob Seger & The Silver Bullet Band, llegó a mi vida de la mano de mi hermano Carlos, mi «Big Bro». Era 1980. Él compró ese vinilo, y desde la portada —ese azul cielo y esos caballos corriendo sobre el agua con su reflejo— ya se sentía algo distinto. Era libertad, era profundidad… era una promesa de que la música podía decir más de lo que sabíamos poner en palabras. Carlos lo ponía en el tocadiscos, y yo, niño aún, me sentaba a escucharlo con toda la atención del mundo, como si se tratara de un ritual. Lo era.

Entonces no lo entendía del todo, pero «Against the Wind» se convirtió en uno de esos temas que envejecen contigo. Que se abren, que se revelan con los años. Que cobran sentido cuando has vivido. Hoy, con mi hermano ya en otra dimensión, lo escucho y cada verso me atraviesa como una ola que no avisa.
«The years rolled slowly past / And I found myself alone / Surrounded by strangers I thought were my friends…»
«Well those drifter’s days are past me now / I’ve got so much more to think about / Deadlines and commitments / What to leave in, what to leave out…»
Cada palabra es una fotografía en sepia de lo que uno siente cuando el mundo ha girado demasiadas veces. Cuando la vida se ha llenado de pendientes y decisiones, y lo único que sigue constante es ese viento que no deja de soplar, esa resistencia interna, ese impulso de seguir corriendo. Contra el viento.
Carlos siempre fue ese tipo de persona. Fuerte, noble, callado, íntegro. El mayor de todos nosotros, el que ponía el ejemplo sin decir que lo estaba haciendo. Tenía ese brillo de los que lideran sin necesidad de imponer. Lo admirábamos por muchas razones: lo divertido, lo espontáneo, pero sobre todo, por cómo te hacía sentir que podías ser mejor.
Hoy todo eso regresa, como una película que corre sin pausa mientras suena «Against the Wind».
Y esa línea final que Seger canta como un suspiro:
«I’m older now but still runnin’ against the wind…»
Porque al final, “Against the Wind” no es solo una canción sobre correr. Es una metáfora de vivir. Bob Seger no está hablando de velocidad, sino de resistencia. No canta sobre ganar, sino sobre mantenerse en pie cuando todo empuja en contra. La vida, lo sabemos bien, no tiene un guion claro. Uno se va alejando poco a poco de casa, se pierde entre compromisos, entre decisiones difíciles. Uno se rodea de gente que cree conocer, pero con el tiempo descubre que muchas eran solo sombras pasajeras. El viento —ese que sentimos al crecer, al equivocarnos, al perder a los que amamos— nunca deja de soplar. La canción nos recuerda que, aunque los días de juventud y libertad queden atrás, aunque ahora tengamos más que perder, seguimos corriendo. Porque eso es vivir: no dejar que el viento te venza, aunque lo sientas en el alma. Aunque duela. Aunque estés solo. Aunque ya no corras tan rápido como antes. Lo importante es seguir avanzando. Seguir corriendo contra el viento.
Carlos ya no está corriendo en este plano, pero estoy seguro que allá donde esté, el viento aún lo empuja hacia adelante. Quizás ahora galopa junto a esos caballos de la portada, libre como siempre fue. Libre como su espíritu. Libre como la música que nos dejó.
Y yo, mientras tanto, sigo aquí, con los ojos cerrados y los dedos en el teclado, tratando de escribir entre lágrimas y notas sostenidas. Porque si una canción puede ser un refugio, «Against the Wind» hoy es el mío.
Gracias, Big Bro.
Gracias por enseñarme a correr, incluso cuando el viento sopla en contra.
Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.
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