Por Eduardo Ramírez
Como les encantaba jugar con las palabras, inventaron en esos días los juegos en el cementerio. […] Fue a buscar el diccionario de la Real Academia Española, en cuya tapa la palabra Real había sido encarnizadamente destruida a golpes de guillete.
Rayuela, cap. 40-41.
Amorfo. adj. Pasión del alma que no se manifiesta de forma específica.
Botín. n. Calzado alto hasta el tobillo utilizado por los ladrones.
Camaleón. n. Mueble blando y metamorfoseante que sirve para dormir. Cuando uno ronca, le responde con un rugido.
21/09/25. La película The Professor and the Madman (Safinia, 2019) me hace pensar en la extraña y tensa relación entre el esfuerzo épico de conformar un diccionario y el lenguaje vivo.
Esta película se centra en la relación entre James Murray, lingüista encargado del proyecto del Diccionario de Inglés Oxford y el Dr. William Minor, un cirujano militar que participó en la Guerra Civil que, a consecuencia de las barbaridades que presenció en ella, sufrió problemas mentales. Fue encerrado en un psiquiátrico por matar en una calle de Londres a un desconocido en un arranque paranoico.
Minor, en su encierro privilegiado —lo ubicaron en dos celdas para que cupiera su basta biblioteca—, pudo colaborar con más de 10,000 entradas para el Diccionario de Inglés Oxford.
El proyecto del diccionario Oxford hermanó dos obsesiones. La de Murray, de registrar la variedad y riqueza del lenguaje inglés. La de Minor que, en su remordimiento culpable —su asesinato dejó una viuda y 7 hijos huérfanos—, intenta poner orden en su desequilibrada mente con esta disciplina de búsqueda.
Murray, a través de un anuncio en los periódicos, pidió a los hablantes del inglés que mandaran palabras y un ejemplo de sus distintos usos y sentidos proporcionando una cita donde se mostrara su variedad y viveza. ¿Un prematuro antecedente de la cultura wiki?
En la Rayuela, Cortázar llama al diccionario, el cementerio. Ese lugar donde las palabras van a morir. Oliveira y la Maga toman un diccionario y, al azar, rescatan palabras en desuso, raras, y les asignan una nueva vida.
Al escribir una sección en una publicación de circulación interna, en un ejercicio de escritura a varias manos, alguna vez jugamos nuestra propia versión del cementerio. Alguien escogía una palabra del diccionario y cada uno escribía una definición de lo que ésta le sugería y la echábamos a un cesto. Al final leíamos las distintas definiciones y escogíamos para su publicación la que nos provocara mayor gracia.
Los diccionarios son pacientes.
La necesidad de mapear la riqueza del léxico en su permanente crecimiento e innovación, vuelve al diccionario un proyecto interminable, tal vez imposible.
Los hermanos Grimm, además de recopilar los cuentos populares del folklor, como filólogos se dieron a la tarea de elaborar el primer diccionario de alemán, profundizando en la etimología y la historia de cada léxico. Este proyecto empezó en 1838 (su primer tomo se publicó en 1854) y se terminó hasta 1961, cien años después de muertos los hermanos, con treinta y dos volúmenes.
En 1857, la Sociedad Filológica de Londres, ante la carencia de un diccionario adecuado, se da a la tarea de emprender el Diccionario de Inglés Oxford. En 1879 Murray es nombrado editor y para 1884 vio publicado el primer tomo (A-Ant). La primera versión final de diez tomos se publicó, tras setenta años de investigación, en 1928.
El diccionario trata de resolver la paradoja de que, aunque en él se cataloguen miles de palabras, se enfrenta a que los límites del lenguaje siguen siendo un territorio inexplorado y fascinante.
Los diccionarios no se leen de pasta a pasta. Al margen de la mesa de trabajo maduran y respiran pacientes. Esperan callados a que surja la curiosidad o la duda que nos atormenta lo suficiente para abrirlos pesados y buscar en ellos alguna guía o certeza.
Yo tengo siempre a mano dos diccionarios de símbolos (Cirlot y Chavalier), uno etimológico, uno de estudios culturales latinoamericanos, un ideológico (Casares), uno de las artes (Azúa) y hasta un breve diccionario del surrealismo editado por Breton. Un poco más lejos, pero a no más de un metro de mi mesa esperan tres diccionarios filosóficos (Abbagnano, Savater y Voltaire), junto a las guías iconográficas (no siempre consulto palabras, pero de eso tal vez escriba en otra ocasión).
Un diccionario nos propone formas distintas de acercarnos al libro y la lectura. En vez de seguir la lógica de soportar por decenas de páginas la actividad para entender lo que ese libro guarda para nosotros, nos propone atajos y salidas de emergencia.
Hay un orden arbitrario (el alfabético) que nos permite solo consultar un párrafo a la vez. Recuerdo el diccionario de mi casa familiar. Dos pesados tomos, ilustrados con grabados diversos y antiguos, acompañaban algunas entradas. A pesar de ser pesados y de cientos de páginas, en los bordes de sus páginas cada tomo tenía bocados y cejillas con la letra impresa que permitía localizar fácilmente las palabras que uno quería consultar. Por estas incisiones cada tomo me recordaba el teclado de un acordeón.
Sus grabados y esa facilidad de ir directo a los intestinos fue lo que desde niño me aficionó a hojearlo incluso sin leerlo. Solo por acceder a esa complicidad que me ofrecía esa otra manera de entrar y salir rápidamente, sin ningún fin.
Ese diccionario me enseñó que la lectura es también una suerte de delito. Tomar un cuerpo, penetrarlo sigiloso, destripar solo unas frases y salir corriendo por el callejón con el botín escondido en la mirada.
El diccionario vive en un territorio intermedio entre la razón y la locura, entre el constante brote, renovación y la obsolescencia, entre el juego de sentido y la muerte por falta de aliento.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Nothing Ahead | Pexels.



